Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 10: La Cena de los Culpables

La mansión Kismet se alzaba sobre la colina de Oakridge como un mausoleo de mármol y cristal, iluminada por focos que hacían que su estructura pareciera flotar sobre la oscuridad del bosque circundante. Dentro, el aire estaba saturado con el aroma de los lirios blancos y el barniz caro, una fragancia que a Sloane siempre le recordaba a los funerales antes de que el cuerpo fuera bajado a la tierra. Se miró una última vez en el espejo del recibidor. Llevaba un vestido de seda color esmeralda, de corte impecable, que ocultaba la rigidez de su rodilla y el temblor de sus manos. Su cabello estaba recogido en un moño bajo, tan perfecto que parecía una escultura.

—Estás radiante, Sloane. Casi pareces alguien que no tiene nada que ocultar —la voz de su padre, Silas, resonó desde la gran escalera.

Silas bajaba los escalones con la confianza de un rey que sabe que su trono está construido sobre secretos bien guardados. Llevaba un esmoquin que le sentaba como una armadura. Se detuvo frente a ella y le ajustó el collar de diamantes con una presión que rozaba la asfixia. Para él, ella no era su hija; era su mejor jugada, el activo que mantenía el apellido Kismet en la cima.

—Esta noche no es solo una cena, es una demostración de fuerza —continuó Silas, su voz bajando a un barítono peligroso—. Belial Rook cree que tiene una ventaja porque rescató ese disco duro del fuego, pero tú vas a demostrarle que los Kismet no negociamos con el caos. Y en cuanto a Thorne... asegúrate de que sus manos vendadas no toquen nada que no sea su cubierto. No quiero manchas de sudor ni rastro de su suciedad en mi mesa.

—Él se comportará, padre —respondió Sloane, su voz era un hilo de seda fría—. Es mi proyecto, recuerda. Yo controlo sus movimientos.

Pero por dentro, Sloane sentía que el hielo de su armadura se estaba resquebrajando. El timbre sonó, un tañido profundo que marcó el inicio de la ejecución social. Belial Rook entró primero, vistiendo un traje rojo sangre que gritaba desafío. Llevaba su bolso de mano apretado contra el costado, donde Sloane sabía que descansaba el disco duro, esa pequeña caja negra que contenía el fin de su mundo. Tras ella, Zadkiel Thorne cruzó el umbral. Se veía fuera de lugar en aquel entorno de opulencia, vistiendo una camisa negra que acentuaba la anchura de sus hombros y ocultaba los vendajes que subían por sus muñecas. Sus ojos grises escanearon la estancia con un desprecio mal disimulado, deteniéndose en Sloane con una intensidad que casi la hace flaquear.

—Qué casa tan encantadora, Silas —dijo Belial, entregando su abrigo al mayordomo—. Tiene ese toque de "aquí enterramos las verdades" que tanto me gusta para mis artículos de investigación.

—El periodismo es una profesión de ficciones, Belial. Pasa al comedor, espero que el menú esté a la altura de tus ambiciones —respondió Silas con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

La cena fue una tortura coreografiada. Se sentaron en la mesa de roble macizo, con Sloane frente a Zadkiel y Belial al lado de Silas. El sonido de los cubiertos de plata contra la porcelana de Limoges era el único ritmo en una conversación llena de indirectas y veneno sutil. Zadkiel apenas probó bocado; sus manos, aunque menos hinchadas gracias a los cuidados de Sloane, seguían siendo una debilidad que él intentaba ocultar manteniendo los brazos bajo la mesa.

—Me contaba Sloane que has tenido un accidente doméstico, Zadkiel —comentó Belial, llevándose una copa de vino a los labios con una elegancia depredadora—. Un incendio en los dormitorios justo cuando yo estaba a punto de publicar mi gran exclusiva. Qué coincidencia tan... ardiente, ¿no crees?

Zadkiel levantó la mirada, y por un segundo, el Rey del Caos asomó por debajo de su fachada contenida. Sus ojos grises se clavaron en los de Belial con una promesa de violencia que hizo que la periodista se tensara imperceptiblemente.

—La suerte es una estadística variable, Rook —respondió Zadkiel, su voz era un gruñido bajo que vibraba en la vajilla—. A veces las cosas se queman porque necesitan ser purificadas. El fuego tiene esa costumbre de borrar lo que sobra y dejar solo lo esencial.

—O de dejar al descubierto lo que otros intentan esconder entre las cenizas —replicó ella, golpeando suavemente su bolso—. Por cierto, Silas, he estado revisando unos archivos que logré salvar. Documentos que se creían perdidos en el divorcio de tu esposa. Cartas que nunca llegaron a su destino y que cuentan una historia muy distinta sobre por qué Sloane dejó de jugar.

Sloane sintió que el aire se escapaba de la habitación. Miró a Zadkiel, y él le devolvió una mirada de acero. Era la señal. Ella debía distraer a la víbora mientras él recuperaba el veneno.

—Padre, creo que Belial se refiere a la colección de correspondencia histórica de la universidad que mencionamos en el último informe de la junta —intervino Sloane, forzando una sonrisa que le dolió en las mejillas—. Quizás podrías mostrarle la biblioteca después de la cena. Hay un manuscrito original sobre la fundación de Oakridge que le interesaría para su biografía de la familia.

Silas, halagado en su ego de protector del legado, asintió con condescendencia.

—Una excelente idea. Belial, acompáñame. Zadkiel, quédate aquí con Sloane. No querrás forzar esas manos subiendo escaleras innecesarias. Además, mi hija aún tiene que explicarte algunas tácticas para el partido del viernes.

En cuanto Silas y Belial abandonaron el comedor, el silencio que quedó fue ensordecedor. Sloane se puso de pie, rodeando la mesa con pasos rápidos hasta llegar al lado de Zadkiel.

—Tienes que ir ahora —susurró ella, su aliento rozando la sien de él—. El bolso de Belial está en el salón principal, junto a la chimenea. Ella lo dejó allí para no parecer sospechosa frente a mi padre. Confía en que él la mantendrá ocupada en la biblioteca al menos diez minutos enseñándole sus trofeos.

Zadkiel se levantó, sus movimientos eran los de un depredador que ha estado esperando el momento de saltar. Se acercó a Sloane y le sujetó la nuca con una de sus manos vendadas, obligándola a mirarlo. Sus rostros estaban tan cerca que ella podía ver las motas de plata en su iris gris.




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