Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 11: La Arquitectura del Desastre

El rugido del Mustang de Zadkiel era el único sonido que se atrevía a desafiar el silencio sepulcral de la noche en Oakridge. Sloane no miró hacia atrás. No quería ver la silueta de su padre recortada contra los ventanales de la mansión, ni las luces de seguridad que parpadeaban como ojos acusadores. Sus manos, aún frías por el impacto de haber arrojado el disco duro al fuego, se apretaban contra el cuero desgastado del asiento. Sentía el rastro del olor químico de los circuitos quemados impregnado en su ropa, un perfume de traición y libertad que le revolvía el estómago. Había destruido las pruebas del incendio, pero también había incinerado la única conexión real con la verdad sobre su madre.

—No pueden seguirnos por la autopista principal —dijo Zadkiel, su voz era un gruñido bajo mientras cambiaba de marcha con una mano vendada, haciendo una mueca de dolor que intentó ocultar tras una máscara de indiferencia—. Tu padre tiene ojos en cada cámara de tráfico del condado. Si queremos desaparecer, tenemos que ensuciarnos los neumáticos.

Sloane lo miró. El perfil de Zadkiel estaba iluminado intermitentemente por las luces amarillentas de la carretera secundaria. Se veía salvaje, exhausto, con el rostro manchado por una mezcla de hollín y sudor, pero extrañamente vivo. Había algo en la forma en que sujetaba el volante, a pesar de sus heridas supurantes, que le recordaba a Sloane por qué él era el Rey del Caos. Él no temía a las cenizas; él se alimentaba de ellas. Ella, en cambio, siempre había sido la arquitecta de estructuras perfectas, y ahora caminaba sobre escombros.

—¿A dónde vamos, Zadkiel? —preguntó ella, sintiendo que el pánico empezaba a filtrarse por las grietas de su adrenalina—. Mi padre bloqueará mis tarjetas de crédito en cuestión de minutos. Llamará al decano de la universidad. Mañana seremos los parias de Oakridge. No tenemos nada.

—A un lugar donde los apellidos no valen el papel en el que están impresos, Kismet —Zadkiel giró el volante bruscamente, desviándose hacia un camino de tierra que se internaba en los bosques profundos que rodeaban el valle—. Mi hermano mayor tiene un viejo pabellón de caza. Está abandonado desde que él... bueno, desde que las cosas se torcieron con la ley. Nadie nos buscará allí porque oficialmente ese lugar no existe en los registros de la propiedad.

El trayecto fue un silencio denso, cargado de la electricidad estática que siempre quedaba después de una tormenta eléctrica. Sloane observaba cómo los árboles se cerraban sobre ellos como una bóveda gótica, ocultando la luna. Se sentía como si estuviera cruzando una frontera invisible hacia una dimensión distinta, una donde las reglas de la mecánica, la estadística y el orden social no tenían jurisdicción. Cuando finalmente se detuvieron frente a una cabaña de madera oscura, con las ventanas reforzadas y una chimenea de piedra que parecía un diente roto, el frío de la noche la golpeó como una bofetada de realidad.

Zadkiel bajó del coche con dificultad. Sus manos estaban empezando a sangrar a través de los vendajes blancos por el esfuerzo violento de conducir en terreno irregular. Sloane corrió hacia su lado antes de que él pudiera protestar, pasando el brazo de él por encima de sus hombros para servirle de apoyo.

—Déjame ayudarte, por una vez —dijo ella, sintiendo el peso masivo de sus músculos contra su costado—. No eres invencible, aunque te empeñes en parecerlo.

—Puedo solo, Sloane. No soy uno de tus proyectos heridos que necesita ser catalogado —respondió él, pero no la apartó. La cercanía de sus cuerpos, el calor que emanaba de él a pesar del ambiente gélido y el olor a tabaco y adrenalina, era lo único que mantenía a Sloane anclada a la tierra.

Entraron en la cabaña. El aire olía a pino viejo, a polvo acumulado de años y a un pasado que se negaba a morir. Zadkiel encendió una lámpara de queroseno que sacó de un armario, revelando un espacio espartano: una cama de hierro, una mesa de madera tosca y, en una esquina, un viejo aro de baloncesto clavado a una viga de madera, con la red deshilachada.

Sloane obligó a Zadkiel a sentarse en la mesa. Buscó en su bolso el pequeño botiquín de emergencia que siempre llevaba consigo desde el día de su accidente. Con una delicadeza que no sabía que poseía, comenzó a retirar los vendajes manchados de carmesí. Sus dedos rozaron la piel de Zadkiel y él se tensó, soltando un suspiro sibilante.

—Te has destrozado las manos por mí —susurró ella, sus ojos ámbar empañándose mientras veía la piel en carne viva y las ampollas reventadas—. ¿Por qué, Zadkiel? Podrías haberte ido de la mansión. Podrías haber dejado que Belial me destruyera y tú habrías seguido siendo la estrella intocable de Oakridge. Mi padre te habría protegido a ti con tal de salvar la temporada.

Zadkiel soltó una carcajada seca, una que vibró en el pecho de Sloane y rompió el silencio de la cabaña. Con su mano menos herida, le acarició la mejilla, dejando un rastro de calor que quemaba más que el fuego.

—Porque tú eres el único tablero que vale la pena salvar en este maldito juego, Kismet. Los demás son solo madera, barniz y apariencias. Tú... tú tienes un incendio dentro que ni siquiera sabías que existía hasta que yo llegué para prender la mecha. Y me gusta ver cómo ardes, Sloane. Me gusta ver cómo te conviertes en algo que tu padre no puede calcular.

—Voy a perderlo todo —dijo ella, bajando la vista hacia sus manos vendadas mientras aplicaba el ungüento—. Mi carrera como manager, mi legado, el respeto de la única familia que me queda.

—Tu padre no te respetaba, Sloane. Te poseía como si fueras un trofeo en su vitrina. Hay una diferencia abismal entre el respeto y la propiedad. —Zadkiel se inclinó hacia ella, obligándola a sostenerle la mirada—. Ahora eres libre por primera vez en treinta y siete años. Y la libertad duele más que cualquier fractura de rodilla, porque no tiene manual de instrucciones, pero es lo único que te permite saltar de verdad sin miedo a la caída.




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