El amanecer en el pabellón de caza no trajo luz, sino una penumbra grisácea cargada de una lluvia fina y persistente que golpeaba el techo de chapa como miles de agujas de acero. Sloane se despertó con el cuerpo entumecido sobre la cama de hierro, sintiendo el calor residual de Zadkiel a su lado. Se incorporó con lentitud, sintiendo el pinchazo familiar en su rodilla, un recordatorio de que su propia estructura estaba fallando. Miró a Zadkiel; dormía con el ceño fruncido, sus manos vendadas descansando sobre su pecho como si fueran reliquias sagradas. En ese momento, Sloane no vio al Rey del Caos, sino a un hombre que había incendiado su propio futuro para evitar que ella se quemara.
—Despierta, Thorne —dijo ella, su voz recuperando la autoridad gélida que utilizaba en el gimnasio de Oakridge—. El cronómetro no se detiene porque estemos en el fin del mundo.
Zadkiel abrió los ojos, orbes grises que tardaron un segundo en enfocar la realidad. Soltó un gruñido y se sentó, haciendo una mueca cuando sus manos rozaron las sábanas ásperas. Los vendajes estaban secos, pero la rigidez de sus dedos era evidente.
—Eres una mujer cruel, Kismet —dijo él, con una sonrisa ronca que no llegaba a ocultar el dolor—. Ni siquiera hay café en este agujero y ya quieres que empiece a saltar.
—No vamos a saltar. Vamos a reescribir tu forma de existir en una cancha —Sloane se puso de pie, ajustando sus leggings negros y su chaqueta técnica—. Si quieres jugar el viernes contra los Titanes, tienes que aprender a lanzar sin usar los dedos. Vamos fuera. La lluvia nos servirá para simular la falta de agarre.
Salieron al claro frente a la cabaña, donde el aro viejo y oxidado colgaba de la viga de un cobertizo abierto. El suelo era una mezcla de tierra batida y barro, una superficie traicionera que obligaría a Zadkiel a extremar su equilibrio. Sloane sostenía el balón desinflado entre sus manos, sintiendo la textura gomosa y fría.
—Escúchame bien —Sloane se colocó en posición de tiro, pero sin ejecutarlo—. Tu mecánica actual depende de la rotación que le das con la yema de los dedos en el último milisegundo. Eso ha muerto. Si intentas hacerlo, las heridas se abrirán y perderás el control por el dolor. A partir de ahora, el impulso nacerá de tus talones, pasará por tus rodillas y será catapultado por tus hombros y la palma de tu mano. El balón debe descansar en la base de tu palma, no en los dedos.
Zadkiel la miró como si estuviera loca.
—Eso va contra todo lo que me han enseñado desde que tenía cinco años, Sloane. Es un tiro de empuje, no un tiro de suspensión. No tiene arco.
—Tendrá arco porque usarás el ángulo de tu codo como un compás mecánico —replicó ella, lanzándole el balón—. Inténtalo. Posición de triple. No cierres la mano. Mantén los dedos extendidos y rígidos, como si fueran de madera. Usa la palma.
Zadkiel atrapó el balón con un gesto de dolor que le recorrió toda la cara. Se colocó a seis metros del aro. La lluvia le empapaba el cabello, pegándolo a su frente. Intentó el tiro. El balón salió con una trayectoria plana y golpeó el tablero con un estruendo metálico, rebotando hacia el barro.
—¡Otra vez! —gritó Sloane—. Has usado el hombro derecho más que el izquierdo. Tu eje está desviado cinco grados hacia la derecha porque intentas proteger inconscientemente tu mano dominante. Olvida el dolor, Zadkiel. El dolor es solo información. Úsala para corregir el ángulo.
—¡Es fácil decirlo para ti! —rugió él, recuperando el balón y volviendo a la marca—. ¡Siento como si me estuvieran clavando cristales en las palmas cada vez que toco el cuero!
—¡Entonces deja de ser un jugador de baloncesto y conviértete en una puta máquina! —Sloane se acercó a él, ignorando el barro que salpicaba sus botas—. En la cancha de los Kismet, el destino no se elige, se arrebata. ¿Vas a dejar que Silas gane porque te pican las manos? ¿Vas a dejar que Belial publique esas fotos porque no puedes ajustar tu centro de gravedad?
Zadkiel la miró con una furia salvaje. Esa era la chispa que Sloane necesitaba. Él volvió a tirar. Esta vez, el balón rozó el aro. El tercer tiro entró con un sonido seco. El cuarto también. La mecánica de Sloane, basada en la física pura y en la eliminación del error humano manual, estaba funcionando. Zadkiel estaba lanzando como un autómata, sus hombros moviéndose con una sincronización perfecta que compensaba la falta de tacto en sus dedos.
Entrenaron durante tres horas bajo la lluvia incesante. El cuerpo de Zadkiel emanaba vapor en el aire frío del bosque. Sus vendajes estaban empapados de agua y una mezcla rosácea de suero y sangre, pero él no se detenía. Había entrado en ese estado de trance donde solo existían el aro, el balón y la voz de Sloane dictando coordenadas.
—Descanso —ordenó ella finalmente, viendo cómo el pecho de Zadkiel subía y bajaba con violencia.
Se refugiaron bajo el saliente del cobertizo. Sloane sacó una toalla y comenzó a secar el rostro de Zadkiel. Sus miradas se cruzaron, y por un momento, la tensión del entrenamiento desapareció para dar paso a una intimidad cruda.
—¿Por qué este lugar, Zadkiel? —preguntó ella, acariciando con el pulgar la cicatriz de su ceja—. Dijiste que tu hermano...
Zadkiel suspiró, apoyando la espalda contra la madera vieja.
—Mi hermano era mejor que yo, Sloane. Mucho mejor. Tenía un tiro que hacía que el de los profesionales pareciera de aficionados. Pero él no tenía un "tablero perfecto" que lo guiara. Él solo tenía el caos. —Zadkiel miró hacia el bosque denso—. Se involucró con la gente equivocada para pagar las deudas de mi madre. Un partido amañado, una pelea en un callejón... y ahora está cumpliendo quince años en una prisión estatal. Este pabellón era su refugio. Aquí me enseñó a jugar. Aquí me dijo que, si alguna vez llegaba a la cima, nunca mirara hacia abajo.
Sloane sintió un nudo en la garganta. Entendió que Zadkiel no huía del éxito, sino del miedo a repetir la historia de su hermano. Su arrogancia era una barricada contra la desesperación.