Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 13: La Jaula de Cristal de los Kismet

El silencio en la mansión de Silas Kismet no era paz; era el vacío ensordecedor que queda después de un bombardeo. Sloane estaba de pie frente al inmenso ventanal del salón principal, observando cómo la tormenta de la noche anterior se había transformado en una llovizna persistente que empañaba los jardines perfectamente podados. Se sentía como si ella misma fuera parte de la arquitectura de esa casa: transparente para el escrutinio de su padre, fría al tacto y diseñada para resistir presiones que romperían a cualquier otra mujer.

Hacía tres días que no sabía nada de Zadkiel. Tres días desde que lo dejó sangrando en el barro, con la descarga eléctrica aún recorriendo su cuerpo, mientras ella subía al coche negro de Silas como una prisionera de su propio apellido. La imagen de Zadkiel poniéndose de pie, con el balón desinflado en la mano y esa mirada de promesa sangrienta, se repetía en su mente como un video en bucle que no podía detener.

—Has tomado la decisión lógica, Sloane. Una Kismet siempre sabe cuándo sacrificar una pieza para salvar la partida —la voz de Silas, profunda y desprovista de cualquier rastro de afecto paternal, vibró a sus espaldas.

Sloane no se giró. El reflejo de su padre en el cristal era suficiente: un hombre que medía el amor en activos y la lealtad en resultados. Escuchó el tintineo del hielo contra el cristal de su vaso de whisky, un sonido que desde niña había asociado con el inicio de una reprimenda o una orden.

—No fue una decisión lógica, padre. Fue un rescate —respondió ella, su voz recuperando esa dureza de acero que era su única armadura—. Cumplí mi parte del trato. Estoy aquí, bajo tu techo, siguiendo tu agenda. El equipo masculino sigue bajo mi "análisis táctico" y no habrá más escándalos... por ahora. Ahora cumple tú la tuya: deja a Zadkiel Thorne en paz. Si uno solo de tus hombres vuelve a ponerle la mano encima, quemaré los registros de la fundación delante de los auditores. No me pongas a prueba.

Silas caminó hasta quedar a su lado, inundando el aire con su perfume costoso y el olor a tabaco rancio. Su presencia era una sombra que parecía devorar la luz de la estancia.

—Thorne es un activo valioso para Oakridge mientras rinda en la cancha. No me interesa un mártir, me interesa un trofeo. Sin embargo, Belial Rook está moviendo fichas que tú no controlas. Esas fotos de la cabaña... esa cercanía física no es "análisis táctico", Sloane. El consejo de administración está empezando a cuestionar si la Reina de la Cancha se ha dejado seducir por el Caos que se supone debe dominar.

Sloane apretó los puños tanto que sus nudillos blanquearon. Belial. La periodista no era solo un cuervo; era un parásito que se alimentaba de las grietas de su vida.

—Yo me encargaré de Belial —sentenció Sloane, enfrentando finalmente la mirada gélida de su padre—. Pero necesito que Zadkiel juegue el partido del viernes contra los State Lions. Si él no aparece, el vacío en la cancha confirmará todos los rumores. Necesito que el Rey del Caos esté donde todos puedan verlo, bajo mi mando.

—Aparecerá —aseguró Silas con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Un animal herido y orgulloso siempre vuelve al lugar donde cree que puede morder a quien lo lastimó. Solo asegúrate de que, cuando muerda, no sea a ti.

Esa noche, Sloane regresó al gimnasio de la universidad mucho después de que terminaran los entrenamientos oficiales. El edificio estaba en penumbra, iluminado solo por las luces de emergencia que bañaban el parqué de un tono rojizo inquietante. Necesitaba el olor a caucho y sudor, el único lugar donde sentía que las reglas, aunque estrictas, eran justas.

Al entrar en su oficina acristalada, el corazón se le detuvo. La puerta estaba entornada.

Sobre su pizarra táctica digital, donde antes residían esquemas perfectos de jugadas y porcentajes de eficiencia, alguien había clavado un objeto con un cuchillo de entrenamiento. Era el balón desinflado de la cabaña, el mismo que Zadkiel sostenía bajo la lluvia. Con pintura negra, alguien había escrito sobre el cuero desgastado: "EL DESTINO SE ARREBATA, NO SE HEREDA".

—¿Buscabas tu tablero de juegos, Kismet? ¿O venías a comprobar si el incendio seguía vivo?

Sloane se giró bruscamente, el aire escapando de sus pulmones. Zadkiel estaba sentado en la penumbra, sobre su escritorio de nogal, con una pierna colgando y la otra flexionada. Llevaba una sudadera negra con la capucha subida, pero no podía ocultar las vendas que asomaban por sus muñecas ni el hematoma que sombreaba su mandíbula. Sus ojos grises, antes tormentosos, ahora parecían dos brasas listas para consumir todo a su paso.

—Zadkiel... —su nombre salió como un susurro roto—. Estás loco por estar aquí. El equipo de seguridad de mi padre patrulla cada treinta minutos. Hay cámaras en cada ángulo de este pasillo.

—Tus cámaras ven lo que yo les permito ver, y tus guardias solo son hombres con uniforme que no saben lo que es cazar de verdad —él saltó del escritorio con una gracia depredadora, ignorando el evidente dolor de sus costillas—. Viniste por mí, Sloane. Te subiste a ese coche negro y te entregaste a ese monstruo para que me soltaran. El "tablero perfecto" se rompió por un jugador que no sigue sus reglas. ¿Por qué lo hiciste?

Sloane retrocedió hasta que su espalda chocó contra la puerta cerrada. La cercanía de Zadkiel era abrumadora; podía oler la lluvia, el metal y ese aroma a rebeldía que siempre emanaba de él.

—No podía dejar que te mataran por un error mío, Zadkiel. Eres mi proyecto, mi responsabilidad... —intentó decir, pero las palabras sonaron huecas incluso para ella.

Zadkiel se detuvo a escasos centímetros, atrapándola con sus brazos apoyados en la puerta, uno a cada lado de su cabeza. La diferencia de altura y envergadura la hacía sentir pequeña, pero no indefensa, sino expuesta.

—Mientes —dijo él, su voz era un ronquido bajo que vibraba en el pecho de Sloane—. No lo hiciste por el equipo, ni por la estadística. Lo hiciste porque cuando me viste en el suelo, te diste cuenta de que prefieres un mundo en llamas conmigo que una vida perfecta en una jaula de cristal con él. Te entregaste porque finalmente entendiste que el Caos es lo único real que tienes.




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