Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 14: El Algoritmo del Deseo

El eco del beso aún vibraba en las paredes de cristal de la oficina, un sonido invisible que había pulverizado los restos de la lógica de Sloane. Cuando Zadkiel se separó apenas unos milímetros, lo suficiente para que sus narices se rozaran, Sloane sintió que el frío de la habitación regresaba de golpe, pero esta vez no lograba penetrar su piel. Estaba ardiendo por dentro.

Zadkiel no la soltó. Sus manos seguían ancladas a la puerta, encerrándola en un santuario de cuero, sudor y una promesa de destrucción mutua. Sus ojos grises, antes tormentosos, ahora estaban fijos en los labios de Sloane, como si estuviera calculando el peso de su rendición.

—Eso no estaba en tu pizarra táctica, ¿verdad, Kismet? —susurró él, su voz era un rasguido áspero que le erizó el vello de la nuca.

Sloane intentó recuperar el aliento, pero el aire se sentía escaso. Su mente, esa máquina de precisión que siempre encontraba la jugada ganadora, estaba bloqueada. El algoritmo había fallado.

—Zadkiel, vete. Ahora —logró decir, aunque sus manos, traicioneras, seguían aferradas a la sudadera negra de él, arrugando la tela sobre su pecho latente—. Si la seguridad entra y nos ve... si mi padre se entera de que estás aquí...

—Tu padre ya sabe que he ganado, Sloane. Por eso te encerró en esa mansión. Por eso te puso escoltas —Zadkiel soltó una de sus manos de la puerta y acarició la mejilla de ella con el pulgar, con una delicadeza que contrastaba violentamente con la agresividad de sus palabras—. Silas Kismet no tiene miedo de que yo te rompa. Tiene miedo de que yo sea el único que te haga sentir viva.

Sloane cerró los ojos un segundo, luchando contra la verdad de esas palabras. Toda su vida había sido una serie de movimientos permitidos, de expectativas cumplidas y de un dolor físico que ocultaba tras una máscara de eficiencia. Pero Zadkiel... él veía a través de la máscara. Él veía la rodilla que le dolía al cambiar el tiempo, el corazón que latía con rabia y el deseo de mandar todo su legado al infierno.

—No eres más que un caos necesario para el equipo, Thorne —dijo ella, intentando usar su tono de autoridad, pero salió como un ruego—. Mañana tenemos el partido contra los State Lions. Si no estás concentrado, si permites que Belial use esas fotos para distraerte...

—Belial Rook es un cuervo que se alimenta de carroña, pero yo soy el que sostiene el cuchillo —Zadkiel se alejó un paso, rompiendo la tensión física pero manteniendo la eléctrica—. Ella cree que tiene poder porque tiene una cámara. Pero no sabe lo que pasó en la cabaña. No sabe que la Reina se arrodilló por el Rey.

Zadkiel caminó hacia la pizarra táctica y, con un movimiento brusco, arrancó el cuchillo que sostenía el balón desinflado. El cuero viejo cayó al suelo con un golpe sordo, rodando hasta los pies de Sloane. Él examinó la hoja del cuchillo bajo la luz roja de emergencia, su perfil recordaba al de un ángel caído en medio de un campo de batalla.

—Mañana voy a salir a esa cancha y voy a destrozar a los Lions —sentenció él, volviendo su mirada hacia ella—. No por la universidad, ni por la beca, ni por tu maldito padre. Lo voy a hacer porque quiero que veas cómo se ve el control absoluto cuando nace del caos. Quiero que cada vez que anote un tanto, sientas que es un golpe contra la jaula en la que te tienen.

Sloane recogió el balón desinflado del suelo. Sus dedos recorrieron las palabras escritas en negro: "El destino se arrebata".

—¿Y qué pasará después, Zadkiel? —preguntó ella, su voz recuperando una nota de desafío—. El partido terminará, las luces se apagarán y seguirás siendo el chico con antecedentes que vive de prestado, y yo seguiré siendo una Kismet.

Zadkiel se acercó de nuevo, esta vez con una lentitud tortuosa. Se inclinó hasta que sus labios rozaron su oído.

—Después del partido, Sloane, el incendio habrá crecido tanto que ya no habrá Kismets ni Thornes. Solo habrá cenizas. Y tú y yo decidiremos si caminamos sobre ellas o si dejamos que nos consuman.

Sin decir nada más, Zadkiel se dirigió hacia la ventana que daba a las escaleras de incendios. Con una agilidad que desafiaba sus heridas, desapareció en la oscuridad de la noche de Oakridge, dejando tras de sí solo el rastro de su perfume y el eco de una declaración de guerra.

Sloane se quedó sola en la oficina, apretando el balón contra su pecho. Miró hacia las pantallas de seguridad que parpadeaban en el rincón. Por un segundo, creyó ver la silueta de un cuervo reflejada en el cristal de una de ellas. Belial estaba mirando. Silas estaba esperando. Pero ella... ella por fin estaba sintiendo.




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