El rugido del pabellón de Oakridge era una bestia viva, un muro de sonido que vibraba en los huesos de Sloane mientras caminaba por el túnel de vestuarios. El olor era el de siempre: una mezcla de cera para parqué, palomitas de maíz y el sudor frío de la anticipación. Pero hoy, el aire quemaba. Las luces LED del techo parecían más blancas, más crueles, exponiendo cada grieta en su armadura de heredera.
Sloane vestía su traje de sastre azul marino, el uniforme de batalla que su padre aprobaba. Llevaba el cabello recogido en una coleta tan tirante que le tensaba las sienes, y su tableta digital estaba cargada con los algoritmos de defensa contra los State Lions. Sin embargo, bajo la seda de su blusa, su corazón seguía latiendo al ritmo del beso de la noche anterior. El "Algoritmo del Deseo" había infectado su sistema y no había parche de seguridad que pudiera borrarlo.
Al salir a la cancha, lo primero que sintió fue el peso de una mirada desde lo alto. En el palco privado, tras el cristal blindado, Silas Kismet presidía el evento como un emperador romano. A su lado, Belial Rook sostenía su cámara con una sonrisa de tiburón, ajustando el enfoque hacia la banda donde Sloane se detuvo.
—Concéntrate, Kismet. Los Lions no han venido a jugar, han venido a cazar —se dijo a sí misma en un susurro, apretando la tableta contra su pecho.
Entonces, él apareció.
Zadkiel Thorne saltó al parqué el último, ignorando el protocolo de presentación. No corría; acechaba. Llevaba la cinta negra en el pelo y sus ojos grises escanearon la grada hasta detenerse en Sloane por un segundo eterno. No hubo saludo, solo un asentimiento casi imperceptible que decía: "Mira cómo destruyo tu mundo para salvarte".
El silbato inicial cortó el aire y el caos se desató.
Los primeros dos cuartos fueron una carnicería táctica. Los State Lions jugaban sucio, buscando las costillas heridas de Zadkiel en cada bloqueo. Sloane veía en su pantalla cómo la eficiencia de su defensa caía. Silas, desde el palco, hizo una señal con la mano: quería que ella diera la orden de sentar a Zadkiel. El riesgo de una lesión permanente era demasiado alto para el "activo" de la familia.
Sloane miró la pantalla, luego miró a Zadkiel, que estaba jadeando cerca de la banda, con una mancha de sangre asomando por debajo de su camiseta.
—¡Thorne! —gritó ella, acercándose al límite de la línea lateral.
Zadkiel se giró, el sudor empapando su rostro.
—Tu padre quiere que te saque —dijo Sloane, su voz luchando contra el estruendo de la multitud—. Dice que eres un riesgo.
Zadkiel se acercó a ella, ignorando el balón que rebotaba al otro lado de la cancha. El calor que emanaba de él era sofocante.
—¿Y qué dice la Reina? —preguntó él, con una sonrisa sangrienta—. ¿Vas a obedecer al Rey de Kismet o vas a dejar que el Rey del Caos termine el trabajo?
Sloane miró hacia el palco. Silas la observaba con una expresión de advertencia absoluta. Belial Rook tenía el objetivo fijado en ellos, capturando la cercanía, la intimidad prohibida en medio del fragor del partido. Sloane sabía que si dejaba a Zadkiel en la cancha, estaba firmando su propia sentencia de exilio familiar.
—Rompe el sistema, Zadkiel —susurró ella, bajando la tableta—. No sigas mis jugadas. Arrebata el destino.
Zadkiel soltó una carcajada ronca que se perdió en el griterío y regresó a la jugada como un rayo oscuro. Lo que siguió en el tercer cuarto no fue baloncesto; fue una insurgencia. Zadkiel dejó de seguir las trayectorias marcadas. Empezó a improvisar, lanzando pases imposibles, rompiendo defensas con una violencia técnica que dejó a los Lions desorientados.
Sloane, en la banda, dejó de mirar los datos. Empezó a mirar la belleza del desastre. Zadkiel estaba anotando desde ángulos prohibidos, volando hacia el aro como si quisiera alcanzar el palco de Silas para arrancarlo de su pedestal.
Pero Belial no estaba mirando el marcador.
En el último tiempo muerto, antes del pitido final, el marcador gigante del pabellón parpadeó. No mostraba los puntos ni el tiempo restante. La pantalla se llenó de una imagen estática: era una fotografía de alta resolución de la noche anterior. No era el beso, pero era algo casi igual de condenatorio: Sloane y Zadkiel en la oficina, bajo la luz roja, con Sloane sosteniendo el balón desinflado y Zadkiel invadiendo su espacio personal de una forma que ninguna "analista" permitiría.
El pabellón enmudeció. Diez mil personas clavaron la vista en la pantalla y luego en la banda, donde Sloane Kismet se sintió, por primera vez, completamente desnuda ante su reino.
—Es el jaque mate de Belial —susurró Sloane, sintiendo que sus rodillas flaqueaban.
Zadkiel se detuvo en medio del parqué. Miró la foto, luego miró a Sloane. El odio en el rostro de Silas, visible incluso desde la distancia, era suficiente para helar la sangre de cualquiera. Los guardias de seguridad de Kismet empezaron a moverse hacia la cancha.
—Sloane, mírame —la voz de Zadkiel cortó el pánico de ella. Él caminó hacia ella, ignorando el silbato, ignorando a los árbitros y a los fotógrafos—. Te dije que el incendio nos cubriría a ambos. No bajes la cabeza. Una reina no se disculpa por arder.
Zadkiel le tomó la mano delante de todos, un acto de traición pública contra el apellido Kismet. En ese momento, la seguridad de Silas llegó a ellos.
—Señorita Kismet, su padre exige que se retire de la cancha inmediatamente —dijo el jefe de seguridad, un hombre que Sloane conocía desde niña.
Sloane miró la mano de Zadkiel entrelazada con la suya, sintiendo los callos de sus dedos y el calor de su victoria rebelde. Luego miró a su padre, que ya estaba saliendo del palco con una furia contenida que prometía un infierno personal.
—Dile a mi padre que el partido aún no ha terminado —respondió Sloane, irguiéndose con una dignidad que no nacía del apellido, sino de la libertad—. Y que, a partir de ahora, yo misma marcaré los tiempos.