El silencio que siguió al estruendo del pabellón de Oakridge no era un silencio de paz, sino el vacío sordo que queda después de un terremoto. Mientras los flashes de las cámaras de prensa seguían estallando como supernovas en la penumbra de la cancha, Sloane Kismet sintió que el suelo bajo sus pies, ese parqué que había sido su único hogar seguro, se transformaba en arena movediza. Su mano seguía entrelazada con la de Zadkiel; podía sentir el calor de su sangre, el sudor rancio de la batalla y ese temblor eléctrico que emanaba de él, una vibración de triunfo suicida.
—Suéltala, Thorne. Ahora mismo —la voz de Silas Kismet no necesitó un micrófono para resonar por encima del murmullo de la multitud. Había bajado del palco con la velocidad de un depredador que ve su presa escapar, y ahora estaba a pocos metros de ellos, rodeado por cuatro hombres de seguridad que parecían estatuas de granito negro.
Sloane miró a su padre. El rostro de Silas, siempre una máscara de bronce perfecta, estaba surcado por venas de una furia que ella nunca había visto. No era solo rabia; era la humillación pública de un hombre que había construido un imperio sobre el concepto del control absoluto. Ver a su "obra maestra", su analista perfecta, de la mano con el símbolo viviente de su fracaso, era un insulto que no podía quedar sin respuesta.
Zadkiel no retrocedió. Al contrario, apretó el agarre sobre la mano de Sloane, tirando de ella ligeramente hacia su pecho, en un gesto de posesión que hizo que el aire en el pabellón se volviera irrespirable.
—El partido terminó, Silas. Y el marcador dice que tu tablero se ha quemado —respondió Zadkiel, su voz era un rugido bajo, cargado de un desprecio que llevaba años madurando en las sombras—. Ya no puedes mover las piezas a tu antojo. Sloane ya no es una de tus estadísticas.
—Sloane —dijo Silas, ignorando a Zadkiel como si fuera una mancha de suciedad en el suelo—. Camina hacia el túnel. Ahora. Si cruzas esa puerta con él, juro por el nombre de esta universidad que mañana no quedará nada de tu futuro. Ni títulos, ni herencia, ni el apellido que te permite respirar. Serás una extraña en tu propia ciudad.
Sloane sintió el pinchazo agudo en su rodilla, ese dolor fantasma que siempre aparecía cuando el miedo intentaba paralizarla. Miró hacia la pantalla gigante, donde la foto de ella y Zadkiel seguía proyectada, una prueba irrefutable de su "traición". Luego miró a Belial Rook, que observaba la escena desde la banda con una sonrisa de victoria absoluta, capturando cada segundo con su cámara. Belial había ganado. Había logrado que el orden de los Kismet colisionara con el caos de los Thorne en horario estelar.
—El apellido no es lo que me permite respirar, padre —dijo Sloane, y su voz, aunque baja, cortó el murmullo de la prensa como una cuchilla—. Es lo que me ha estado asfixiando durante veintiún años.
Sloane soltó la mano de Zadkiel, pero no para alejarse, sino para dar un paso al frente, colocándose como un escudo humano entre su padre y el hombre que amaba odiar.
—Zadkiel jugó el partido de su vida. Ganó. Cumplió con el contrato que tú mismo redactaste —continuó ella, sus ojos fijos en los de Silas—. Si quieres destruirme, hazlo. Pero si tocas a Thorne, si usas tus influencias para arruinar su carrera profesional antes de que empiece, yo misma entregaré los registros de las cuentas offshore de la Fundación Kismet a la fiscalía. Sé dónde guardas los pecados, padre. Yo misma los clasifiqué.
El silencio que siguió fue absoluto. Incluso los fotógrafos dejaron de disparar. Silas Kismet palideció, una sombra de duda cruzando su mirada por primera vez en décadas. Sloane no solo estaba desertando; estaba revelando que conocía la arquitectura del desastre que su padre había construido para mantener el poder.
—Llevadla a casa —ordenó Silas a sus hombres, su voz ahora era un siseo gélido—. Por la fuerza si es necesario.
Pero antes de que los guardias pudieran dar un paso, Zadkiel se interpuso, su cuerpo masivo bloqueando el camino. Su mirada gris prometía una violencia que los hombres de Silas, a pesar de su entrenamiento, dudaron en enfrentar.
—Nadie pone un dedo sobre ella —sentenció Zadkiel—. Sloane, vete con ellos. Por ahora.
Sloane lo miró, confundida y herida por su sugerencia.
—¿Qué? No, Zadkiel...
—Mírame —él la tomó por los hombros, obligándola a centrarse en él, ignorando los gritos de la grada y la presión de los guardias—. Tienes que volver para destruir el sistema desde dentro. Yo no puedo entrar en esa mansión, pero tú sí. Mañana es la gala de los benefactores. Belial va a publicar esa foto en la portada del periódico de la ciudad. Si te quedas aquí conmigo ahora, serás una víctima. Si vuelves con él, serás el caballo de Troya.
Zadkiel le rozó la frente con los labios, un contacto fugaz que sabía a despedida y a conspiración.
—Ve con él, Reina. Haz que se sienta seguro. Y mañana, cuando el mundo esté mirando, prende la cerilla definitiva. Yo estaré esperando en las sombras de la oficina. Recuerda: el destino se arrebata.
Sloane comprendió el plan. Zadkiel no la estaba abandonando; la estaba infiltrando. Él sabía que el incendio necesitaba un tablero para arder con fuerza, y ella era la única que conocía los puntos de inflamación de la estructura Kismet.
Sloane se giró hacia su padre, recuperando su máscara de analista perfecta, aunque sus ojos seguían ardiendo con una luz nueva.
—Iré contigo, padre. Pero no porque me obligues. Iré porque quiero ver cómo intentas arreglar este desastre —dijo ella, caminando hacia Silas con una elegancia que lo dejó descolocado.
Silas, creyendo que había recuperado el control por miedo, hizo una señal a sus hombres para que la escoltaran. Mientras Sloane caminaba por el túnel de vestuarios, escuchó el último grito de la multitud, un cántico que ya no pedía canastas, sino que coreaba el nombre de los dos proscritos.