El Gran Salón de la mansión Kismet resplandecía con una opulencia que Sloane siempre había encontrado obscena. Lámparas de cristal de Murano colgaban del techo como estalactitas de hielo, arrojando destellos dorados sobre la élite de Oakridge: hombres con esmóquing que valían más que la beca de un estudiante y mujeres envueltas en sedas que ocultaban secretos tan antiguos como la propia universidad. El aire estaba saturado con el perfume de orquídeas blancas y el aroma metálico del champán caro, pero para Sloane, el ambiente olía a una pira funeraria a punto de ser encendida.
Ella se miró una última vez en el espejo de cuerpo entero de su habitación antes de bajar. Su padre le había enviado el vestido esa tarde: una pieza de alta costura en negro azabache, ceñida como una segunda piel, con un escote que terminaba en una "V" profunda y una abertura lateral que dejaba al descubierto su pierna derecha. Cada vez que caminaba, la cicatriz de su rodilla —su mapa del dolor— asomaba entre la tela, un recordatorio de lo que Silas le había arrebatado bajo el pretexto de "protección".
—La mecánica perfecta requiere sacrificio, Sloane —se susurró a sí misma, repitiendo el mantra de su padre con una ironía amarga.
Ajustó el pequeño auricular casi invisible que llevaba en el oído derecho.
—¿Zadkiel? ¿Me recibes? —preguntó en un susurro apenas audible.
—Fuerte y claro, Reina —la voz de Zadkiel llegó a través de la frecuencia privada, estática y peligrosa—. Estoy en el perímetro oeste, junto a la sala de servidores. Tu padre tiene más seguridad aquí que en un banco nacional, pero han cometido un error: creen que el peligro viene de fuera. No saben que el incendio ya está cenando en su mesa.
Sloane sonrió, una expresión que no llegó a sus ojos.
—Mantente en las sombras hasta que dé la señal. Belial Rook acaba de llegar. La veo por las cámaras del pasillo principal. Lleva un vestido rojo sangre... apropiado para alguien que viene a cobrar una deuda.
—Cuidado con ella, Sloane. Belial no solo quiere la noticia; quiere tu cabeza en una bandeja para regalársela a Silas.
Sloane cortó la comunicación y salió de su habitación. Cada paso por la gran escalera de mármol era una declaración de guerra. Al pie de los escalones, Silas Kismet la esperaba, impecable en su traje negro, con una copa de cristal en la mano y la mirada de un coleccionista que admira su pieza más valiosa.
—Estás radiante, hija —dijo Silas, ofreciéndole el brazo—. El escándalo del partido de ayer ha sido... digerido. He hablado con los editores. La foto de ese delincuente tocándote en la cancha será presentada como un intento de agresión que tú, con tu temple habitual, lograste neutralizar. Eres una heroína, Sloane. La víctima perfecta que supo mantener la compostura.
Sloane sintió una náusea violenta, pero entrelazó su brazo con el de su padre.
—Siempre pensando en la narrativa, padre. Es fascinante cómo puedes convertir un incendio en una vela decorativa con solo una llamada.
—Es el privilegio de los que construyen las reglas —respondió Silas mientras la guiaba hacia el centro del salón—. Esta noche, después del brindis, anunciaremos tu ascenso a Directora Ejecutiva de Gestión Deportiva. Será el clavo final en el ataúd de Zadkiel Thorne. Mañana, él será expulsado oficialmente y su registro será borrado. No existirá, Sloane. Nunca existió.
Entraron en el salón y el murmullo de los invitados se detuvo por un segundo antes de romperse en una salva de aplausos hipócritas. Sloane sonreía, saludaba y aceptaba copas de champán, mientras su mente recorría el algoritmo de destrucción que había diseñado.
Belial Rook se materializó entre la multitud como un espectro elegante. Se acercó a ellos, con una copa en una mano y su inseparable cámara colgando del hombro, aunque esta noche era solo un accesorio para mantener las apariencias.
—Silas, Sloane... qué estampa tan conmovedora —dijo Belial, su voz goteando veneno—. La unidad familiar restaurada tras el "incidente". Lástima que las cámaras no mientan tanto como los discursos de relaciones públicas.
—Belial, espero que disfrutes de la velada —dijo Silas con una frialdad cortante—. Tu artículo de mañana será una nota al pie en la biografía de mi hija.
—Oh, dudo que sea una nota al pie, Silas. He encontrado algo mucho más interesante que una foto en una cancha de baloncesto —Belial se inclinó hacia Sloane, bajando la voz—. ¿Sabías que el hospital donde te operaron de la rodilla recibió una "donación" anónima de cinco millones de dólares el mismo día que firmaste la renuncia a la investigación del accidente? Parece que tu padre no solo pagó por tu cirugía, Sloane. Pagó por el silencio del conductor que te embistió. Un conductor que, curiosamente, trabajaba para la empresa de logística de los Kismet.
Sloane sintió que el mundo se detenía. Ya sabía parte de la verdad, pero oírlo de Belial, ver la confirmación en la cara lívida de su padre, fue como recibir un golpe directo al corazón.
—¿Es cierto, padre? —preguntó Sloane, su voz era un hilo de acero—. ¿Me sacrificaste para no manchar el nombre de la empresa? ¿Me dejaste lisiada por un contrato de logística?
—Era lo necesario por el bien común, Sloane. Eras joven, no entendías el peso del imperio —Silas intentó tomarla del hombro, pero ella se zafó con un movimiento brusco.
—Se acabó —dijo Sloane.
Tocó el auricular.
—Zadkiel. Ahora. Pantallas principales.
En ese instante, las luces del Gran Salón parpadearon y se apagaron. Un grito de sorpresa recorrió la estancia. Segundos después, las pantallas gigantes que debían mostrar el video promocional de la nueva ala de la universidad se iluminaron con un brillo azul eléctrico.
No apareció el logo de Oakridge. Apareció un documento escaneado: el contrato de soborno, las fotos del peritaje ocultas durante años y, finalmente, un audio grabado apenas diez minutos antes en el pasillo, donde Silas admitía haber sacrificado la carrera de su hija por "el bien común".