Un año después.
El sol de la tarde en la costa de Oregón tenía una cualidad dorada y espesa, como la miel vertida sobre el océano. El aire ya no quemaba con la toxicidad de los pasillos de Oakridge, ni vibraba con la estática de las cámaras de seguridad. Aquí, el único sonido que dictaba el ritmo del día era el choque constante de las olas contra los pilares de madera del viejo muelle y, más cerca, el eco rítmico, seco y familiar de un balón de baloncesto golpeando el cemento.
Sloane Kismet estaba de pie en el borde de la pequeña cancha pública que habían ayudado a restaurar en el pueblo pesquero. Ya no vestía trajes de sastre azul marino ni ocultaba su mirada tras una tableta digital. Llevaba unos pantalones de entrenamiento desgastados y una sudadera gris con las mangas remangadas, dejando ver una pequeña pulsera de cuero que Zadkiel le había trenzado durante las noches de invierno en la cabaña.
Su rodilla derecha, la que una vez fue el epicentro de su tragedia y el instrumento de control de su padre, lucía una cicatriz que ya no intentaba esconder con medias de seda. Era su medalla de guerra. Había pasado meses en una rehabilitación real, lejos de los médicos pagados por Silas que solo querían "parchearla" para la foto. Ahora, aunque nunca volvería a la élite profesional, Sloane caminaba sin cojear. Había recuperado su equilibrio, no solo el físico, sino el del alma.
—Te estás quedando sin aliento, Reina. ¿Es que el aire del mar te ha oxidado los circuitos? —la voz de Zadkiel llegó desde el poste, cargada de esa ironía que todavía la hacía sonreír.
Zadkiel Thorne estaba en el centro de la zona, sudando bajo el sol, con el torso descubierto y la piel bronceada y marcada por las historias de su pasado. Los tatuajes de los cuervos en sus antebrazos parecían listos para emprender el vuelo. Se veía más grande, más sólido, pero sobre todo, más en paz. Ya no jugaba para escapar de la policía o de su propia rabia; jugaba porque, por primera vez en su vida, el parqué —o el cemento, en este caso— era su elección, no su condena.
—Sigue hablando, Thorne. El algoritmo dice que tu porcentaje de tiro libre ha bajado un 4% desde que desayunamos —respondió Sloane, lanzándole una mirada desafiante mientras recogía un balón que rodaba hacia ella.
Zadkiel soltó una carcajada limpia, un sonido que un año atrás hubiera parecido imposible. Se acercó a ella, tomándole el balón de las manos y atrayéndola hacia su pecho.
—El algoritmo puede irse al infierno. Estamos en el mundo real ahora, Sloane.
Se besaron con la parsimonia de quienes tienen todo el tiempo del mundo, un lujo que les fue arrebatado durante tanto tiempo. En ese beso no había urgencia de huida, sino la certeza del hogar.
Mientras tanto, en una celda de la prisión federal de máxima seguridad, Silas Kismet recibía su ración de comida en una bandeja de plástico. El hombre que una vez movía los hilos del deporte universitario ahora era solo el recluso número 8492. Sus manos, las que firmaron contratos millonarios y sobornos para destruir vidas, ahora estaban callosas de limpiar suelos.
No tenía visitas. Sloane le enviaba una carta al mes, no por amor, sino por un sentido de justicia poética: en cada sobre, incluía un recorte de periódico sobre los avances del nuevo programa de becas para atletas de bajos recursos que ella misma gestionaba con el dinero recuperado de la Fundación Kismet. Silas veía cómo su apellido se transformaba en algo que él odiaba: una herramienta para el empoderamiento de los "peones" que siempre despreció.
En otra parte del país, en una pequeña oficina de correos en el medio oeste, una mujer con el cabello teñido de un rubio barato y gafas oscuras clasificaba paquetes en el turno de noche. Belial Rook ya no sostenía una cámara de diez mil dólares; sostenía facturas de servicios que apenas podía pagar. Su nombre estaba en la lista negra de todos los medios de comunicación del país. A veces, en los momentos de descanso, abría una vieja carpeta en su portátil con las fotos de Oakridge, pero ya no sentía el triunfo de la primicia. Sentía el frío de la soledad. Ella había querido quemar el mundo para verlo a través de su lente, y terminó siendo consumida por su propio incendio.
De vuelta en la costa, la tarde empezaba a caer. Sloane y Zadkiel se sentaron en el borde del muelle, con los pies colgando sobre el agua fría.
—He recibido un correo de la asociación de baloncesto de Oregón —dijo Sloane, mirando el horizonte—. Quieren que dirija el campamento de verano para jóvenes en riesgo. Dicen que necesitan a alguien con una "visión táctica diferente".
Zadkiel la miró de reojo, con orgullo brillando en sus ojos grises.
—¿Y qué les has dicho?
—Les dije que aceptaría con una condición —Sloane se giró hacia él con una chispa de malicia—. Que el entrenador jefe sea un tipo problemático, con tatuajes de pájaros y una incapacidad patológica para seguir las reglas.
Zadkiel sonrió de medio lado y la rodeó con el brazo, pegándola a él.
—Creo que puedo conocer a alguien que encaje en el perfil. Pero adviérteles que el "Rey del Caos" no trabaja por menos de tres besos al día y una vida entera a tu lado.
—Trato hecho —susurró ella.
Sloane cerró los ojos, sintiendo la brisa en su rostro. Recordó la oficina en Oakridge, la lluvia en la cabaña, el estruendo del pabellón y el silencio de la traición. Todo aquello parecía ahora una vida ajena, una película que alguien más había protagonizado. El "Tablero Perfecto" se había roto, sí, pero con los pedazos habían construido algo mucho más fuerte.
Ya no había un destino que arrebatar porque ellas mismas eran el destino.
Zadkiel se puso en pie y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse. Sloane la tomó con firmeza, sin dudar. No necesitaba una tableta para saber que la jugada era ganadora. Se encaminaron hacia su pequeña cabaña, dejando atrás la cancha de cemento donde el balón descansaba bajo el aro, esperando el juego del día siguiente.