Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 20: El Veneno en la Corriente

La paz en la costa de Oregón era una mentira hermosa, pero seguía siendo una mentira. Durante semanas, Sloane había intentado convencerse de que el sonido de las olas era suficiente para ahogar los gritos del pasado. Había empezado a dormir sin luz encendida, y su rodilla ya no protestaba con cada cambio de presión atmosférica. Sin embargo, esa mañana, el aire olía a ozono y a algo mucho más metálico, más familiar.

Sloane estaba sentada en el porche de la cabaña, con su tableta —la misma que juró no volver a usar para la guerra— sobre el regazo. No estaba analizando jugadas de baloncesto; estaba rastreando los movimientos bancarios de las cuentas fantasma de su padre que el FBI aún no había detectado. Ella sabía que Silas Kismet no era un hombre que guardara todos sus huevos en una sola cesta.

—Sigues buscando fantasmas, Reina —la voz de Zadkiel resonó desde la cocina. Apareció en la puerta con dos tazas de café humeante y esa mirada gris que siempre parecía leer sus pensamientos más oscuros—. Te prometí que el incendio se había apagado.

Sloane tomó la taza, pero no apartó la vista de la pantalla.

—Los incendios forestales a veces se quedan latentes bajo la tierra, Zadkiel. Viajan por las raíces y brotan donde menos lo esperas. Mi padre ha solicitado un traslado a una prisión de mínima seguridad por "problemas de salud". Y Belial... Belial ha desaparecido del radar del programa de libertad bajo fianza.

Zadkiel se tensó. Se sentó a su lado, dejando que el calor de su cuerpo le recordara a Sloane que ya no estaba sola en la banda. Pero su instinto de depredador, el mismo que lo hizo sobrevivir en las calles antes de Oakridge, se erizó.

—Si asoman la cabeza, se la cortaremos otra vez —sentenció él—. Pero hoy no. Hoy tenemos que bajar al pueblo. Los chicos del campamento esperan a su "analista táctica".

Sloane forzó una sonrisa y cerró la tableta. Pero justo cuando se ponía en pie, una notificación silenciosa iluminó la pantalla. No era un movimiento bancario. Era un correo electrónico de una dirección cifrada que solo una persona conocía. El asunto decía: "EL TERCER JUGADOR".

El trayecto hacia el pueblo fue silencioso. Zadkiel conducía la moto con una precaución que Sloane encontraba extrañamente conmovedora; él cuidaba de ella como si fuera el cristal más valioso del mundo, olvidando que ella era la que había diseñado la demolición de un imperio.

Al llegar a las canchas públicas, algo estaba mal. Los chicos no estaban jugando. Estaban amontonados cerca del tablero principal, susurrando entre ellos con caras de miedo. En el centro de la cancha, pintado con spray rojo sobre el cemento que tanto esfuerzo les costó restaurar, había un símbolo que hizo que a Sloane se le helara la sangre: un cuervo atravesado por una flecha dorada. El escudo de armas personal de los Kismet, pero deformado, convertido en una amenaza.

—Fuera de aquí. Todos —rugió Zadkiel, bajando de la moto antes de que se detuviera por completo.

Los jóvenes se dispersaron como pájaros asustados. Sloane se acercó al grafiti, sintiendo que el suelo volvía a ser de arena movediza.

—No ha sido mi padre —susurró ella, tocando la pintura aún fresca—. Él nunca mancharía el escudo de la familia. Esto es obra de alguien que odia a los Kismet tanto como nosotros, pero que tiene el poder para seguirnos hasta aquí.

—O alguien que quiere que creas eso —Zadkiel escaneó los edificios circundantes, sus ojos buscando un destello de una lente o el movimiento de una sombra—. Belial. Ella sabe que este símbolo te desquiciaría.

De repente, el teléfono de Sloane vibró en su bolsillo. Era una llamada de un número oculto. Ella miró a Zadkiel, quien asintió, con la mandíbula apretada.

—¿Diga? —la voz de Sloane era puro hielo.

—¿Te gusta la decoración, Sloane? —la voz al otro lado no era la de Belial. Era una voz masculina, joven, con un acento refinado que Sloane reconoció al instante, una voz que pertenecía a un pasado que creía enterrado bajo el asfalto del accidente—. El rojo Kismet siempre ha sido tu color favorito, aunque el negro del luto te sienta mejor.

Sloane sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Se apoyó en el poste de la canasta, sintiendo el metal frío contra su espalda.

—¿Dante? No... tú estás...

—¿Muerto? ¿En el extranjero? —la risa de Dante Kismet, su primo y el verdadero heredero que Silas siempre mantuvo en las sombras por ser "demasiado inestable", sonó como cristal roto—. Tu padre me mantuvo encerrado en esas clínicas suizas mientras tú jugabas a ser la princesa de Oakridge. Pero ahora que Silas está en una celda y tú eres una paria, el "Tercer Jugador" ha entrado en la cancha.

—Si tocas a Zadkiel o a la gente de este pueblo... —empezó Sloane, pero Dante la interrumpió.

—No voy a tocarlos a ellos, primita. Eso sería demasiado fácil. Voy a destruir la única cosa que te queda: tu redención. Belial Rook está trabajando para mí ahora. Ella tiene las fotos que nunca publicó, las que demuestran que el accidente de coche no fue un error de logística de Silas... sino una orden tuya para eliminar la competencia.

Sloane sintió un pinchazo de dolor real en su rodilla. El mundo empezó a dar vueltas.

—Eso es mentira. Yo nunca...

—¿Segura? —la voz de Dante se volvió un susurro venenoso—. ¿Qué dirá tu amado Zadkiel cuando vea los registros de llamadas de esa noche? ¿Cuando sepa que la Reina de la Cancha sacrificó su propia pierna solo para asegurarse de que nadie más pudiera jugar en su tablero? Nos vemos en la gala de reapertura de Oakridge, Sloane. Si no vienes, el mundo entero sabrá que la víctima es en realidad el verdugo.

La llamada se cortó. Sloane dejó caer el teléfono sobre el cemento, justo encima del cuervo sangrante. Zadkiel estaba a su lado en un segundo, tomándola por los hombros.

—¿Qué te ha dicho? ¿Quién era, Sloane?

Sloane lo miró, y por primera vez en un año, Zadkiel vio miedo real en sus ojos. Pero no miedo a Silas o a la cárcel. Era el miedo de quien guarda un secreto tan oscuro que teme que la luz de la verdad lo consuma por completo.




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