Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 21: El Retorno de los Espectros

La lluvia de Oregón, que antes le parecía a Sloane una caricia purificadora, se había transformado de repente en un sudario gélido. En la pequeña cancha del pueblo, el agua comenzaba a diluir el spray rojo del grafiti, pero las palabras de Dante Kismet seguían grabadas a fuego en su mente, más nítidas que cualquier pizarra táctica.

Zadkiel permanecía inmóvil a su lado. El silencio entre ellos no era el de la complicidad, sino el de una grieta que se abría lentamente bajo sus pies. Él miraba el teléfono caído en el cemento como si fuera una granada a punto de estallar. Cuando finalmente levantó la vista, sus ojos grises no buscaban consuelo; buscaban la verdad que Sloane siempre había mantenido bajo llave en el sótano de su conciencia.

—Dante —pronunció Zadkiel, y el nombre sonó como una maldición—. Dijiste que estaba en una clínica en los Alpes. Dijiste que Silas lo había borrado del mapa porque era incontrolable. ¿Por qué vuelve ahora, Sloane? ¿Y por qué tiene tanto miedo de que hables con él?

Sloane se abrazó a sí misma, sintiendo que el frío no venía del exterior, sino de sus propios huesos.

—Dante es el lado oscuro de los Kismet que mi padre nunca pudo pulir —respondió ella, con la voz temblorosa—. Es brillante, cruel y está obsesionado con el legado. Si ha vuelto, es porque Belial le ha dado la llave de nuestra destrucción.

Zadkiel dio un paso hacia ella, acortando la distancia, pero no la tocó. El calor que siempre emanaba de él parecía haberse disipado.

—Olvida a Belial por un segundo. Hablemos de la acusación. —Zadkiel señaló el grafiti con un gesto brusco—. Ese accidente... el que te dejó la rodilla destrozada y terminó con tu carrera. Siempre dijiste que fue un error de logística, un camión de la empresa que no debió estar allí. Pero él dice que tú diste la orden. Dice que sacrificaste tu propio cuerpo para asegurar tu posición como la única analista de Silas.

Sloane sintió un pinchazo de dolor real en su rodilla, un espasmo que la obligó a apoyarse en el poste metálico de la canasta. La mirada de Zadkiel era un juicio sumario. Él, que había sido traicionado por todos los que alguna vez amó, no podía soportar la idea de que la mujer por la que había incendiado su vida fuera la arquitecta de su propia tragedia.

—¿Crees que sería tan retorcida, Zadkiel? —preguntó ella, con los ojos llenos de una mezcla de rabia y desesperación—. ¿Crees que me condenaría a una vida de dolor crónico solo por un puesto en la oficina de mi padre?

—He visto a los Kismet hacer cosas peores por mucho menos —respondió él, y sus palabras fueron un golpe directo al corazón—. Tú misma me enseñaste que en tu mundo, el destino se arrebata. ¿Lo arrebataste aquella noche, Sloane? ¿O eres realmente la víctima que me vendiste?

Sloane no respondió de inmediato. Miró hacia el horizonte empañado por la bruma marina. Recordó la noche del accidente, el olor a gasolina, el chirrido de los frenos y la sensación de que su vida se rompía en mil pedazos de cristal.

—No lo hice por el puesto —susurró ella finalmente—. Lo hice porque tenía miedo de fallar. Mi padre esperaba la perfección, y yo sabía que en la cancha, mis límites me estaban alcanzando. Pensé que si sufría un accidente "heroico", mi legado quedaría intacto sin tener que demostrar que no era lo suficientemente buena para ser una profesional. Fue una debilidad, Zadkiel. Una jugada táctica desesperada de una niña de diecinueve años que no conocía otra forma de sobrevivir a Silas Kismet.

Zadkiel retrocedió un paso, como si las palabras de Sloane fueran ácido. El "Rey del Caos", el hombre que vivía sin reglas, se sentía asqueado por la fría manipulación de la "Reina de la Cancha".

—Sacrificaste tu carrera... y la vida del conductor, que pasó seis meses en coma, solo por una narrativa —Zadkiel soltó una carcajada amarga, una que dolió más que cualquier grito—. Dios, Sloane. Eres más parecida a tu padre de lo que jamás quise admitir. Yo quemé Oakridge por ti. Renuncié a la única oportunidad que tenía de ser algo más que un delincuente con un balón porque creí que eras la única persona pura en ese nido de víboras.

—¡No soy pura, Zadkiel! ¡Nunca te dije que lo fuera! —le gritó ella, mientras las lágrimas se mezclaban con la lluvia en su rostro—. Soy una Kismet. Fui entrenada para ganar a cualquier precio. Pero desde que te conocí, he intentado desaprender cada una de esas lecciones. Si Dante tiene los registros de las llamadas de esa noche, si Belial publica que yo coordiné el movimiento de ese camión... no solo me destruirá a mí. Destruirá todo el caso contra mi padre. Silas saldrá libre porque podrá alegar que yo manipulé todas las pruebas para inculparlo y quedarme con su fortuna.

Zadkiel se pasó la mano por el pelo, frustrado, caminando en círculos por la cancha. El cuervo rojo bajo sus pies parecía burlarse de ellos.

—Dante nos quiere en Oakridge —dijo Zadkiel, deteniéndose frente a ella—. Quiere que volvamos a su terreno. Es una trampa, Sloane. Si ponemos un pie en esa universidad, nos atraparán. Él tiene los recursos, tiene a Belial y tiene el odio de todos los que pisoteamos para salir de allí.

—Tengo que ir —sentenció Sloane, recuperando su máscara de analista, aunque por dentro se estuviera desmoronando—. Dante no se detendrá hasta que me vea arrodillada. Si no enfrento esto, pasaremos el resto de nuestras vidas huyendo de sombras. Y tú no naciste para huir, Zadkiel. Naciste para reinar en el caos.

Zadkiel la tomó por el cuello de la sudadera, atrayéndola hacia él con una violencia contenida. Sus ojos grises estaban fijos en los de ella, buscando un rastro de la mujer de la que se había enamorado entre las ruinas del imperio Kismet.

—Iremos —dijo él—. Pero no iremos a jugar según sus reglas. Si Dante quiere un espectáculo, vamos a darle una masacre. Voy a por la moto. Prepara lo esencial. Si vamos a volver al infierno, más vale que llevemos nuestra propia gasolina.




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