Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 22: El Caballo de Troya

El cielo sobre Oakridge no era el de Oregón; aquí las nubes no traían olor a sal, sino a asfalto recalentado y a la opresión de los secretos industriales. El motel donde Sloane y Zadkiel se refugiaban estaba lo suficientemente lejos para evitar las patrullas del campus, pero lo suficientemente cerca para sentir el pulso de la ciudad preparándose para la "Gala de Reconciliación".

Sloane estaba sentada en el suelo, rodeada de cables y tres portátiles abiertos. La luz de las pantallas esculpía sombras profundas en su rostro, acentuando las ojeras que el maquillaje de alta gama ya no podía ocultar. Sus dedos se movían con la rapidez de quien está acostumbrado a jugar partidas de ajedrez simultáneas.

—Dante ha blindado el sistema —dijo Sloane, sin apartar la vista del código que corría frente a ella—. Ha contratado a una firma de seguridad externa, exmilitares. No solo cuidan las puertas; cuidan los datos. Belial está usando un servidor encriptado para subir los archivos del accidente. Si intento borrarlos, se disparará un protocolo de difusión automática a todas las agencias de noticias del país.

Zadkiel, que estaba terminando de vendarse las manos —un ritual que realizaba antes de cada gran conflicto, como si se preparara para entrar a la cancha o a una pelea callejera—, se acercó a ella. Se arrodilló, obligándola a soltar el teclado y a mirarlo.

—No vamos a borrarlos, Sloane. Ya te lo dije. Si intentamos ocultar el incendio, solo conseguiremos que nos consuma por la espalda. —Zadkiel le tomó las manos, deteniendo su temblor—. Vamos a dejar que Belial suelte su veneno. Vamos a dejar que el mundo vea lo que hiciste hace tres años.

Sloane sintió que el aire se le quedaba atrapado en los pulmones.

—Si lo ven, Zadkiel... si ven que yo planeé el movimiento de ese camión... se acabó. Silas saldrá libre. Yo iré a la cárcel. Tú perderás todo lo que hemos construido.

—No —Zadkiel le apretó las manos con fuerza—. Porque mientras ellos muestran tu pecado, nosotros mostraremos su religión. Dante cree que es el salvador, pero es el dueño del casino. Si el mundo va a juzgarte por una mala jugada de hace años, primero van a ver cómo el nuevo "Rey" de Oakridge está apostando el futuro de cada estudiante en mesas de póker en Macao. Vamos a hackear la transmisión en vivo, no para detenerlos, sino para superponer las pruebas. Una confesión contra otra. El caos absoluto.

Sloane lo miró, y por un segundo, vio de nuevo al chico que conoció en el gimnasio: el que no tenía miedo a las consecuencias porque nunca tuvo nada que perder. Ella, en cambio, siempre había tenido demasiado.

—Para hacer eso, Zadkiel, necesito acceso físico al rack central del pabellón. No se puede hacer de forma remota. Alguien tiene que estar dentro del centro de control durante la gala.

Zadkiel sonrió, una expresión depredadora que iluminó la habitación del motel.

—Yo entraré. Conozco los conductos de ventilación del pabellón mejor que los arquitectos. Pasé noches enteras durmiendo allí cuando no tenía a dónde ir. Tú te quedarás en el coche, con los equipos, coordinando la subida de los archivos de Dante.

—Es demasiado peligroso —advirtió Sloane—. Dante sabe que vendrás. Te estará esperando.

—Que espere. Siempre es más divertido cuando el oponente cree que conoce tu jugada.

La noche de la gala, el campus de Oakridge University parecía una fortaleza de cristal y seda. Limusinas negras serpenteaban hacia la entrada del pabellón, donde una alfombra roja —del mismo color que la sangre del grafiti— recibía a los donantes más influyentes del estado. Dante Kismet, vestido con un esmoquin que irradiaba una elegancia peligrosa, recibía a los invitados junto a Belial Rook.

Belial no llevaba su cámara hoy; llevaba una tableta de titanio y una sonrisa que era puro arsénico. Había recuperado su estatus, o al menos la ilusión de él, bajo el ala del nuevo heredero.

Sloane observaba todo desde una furgoneta de mantenimiento aparcada en el sector de servicios, a trescientos metros del edificio. Llevaba auriculares y tres pantallas activas.

—Zadkiel, estás en posición? —preguntó ella, con la voz tensa.

—Sector 4, conducto C. El aire aquí arriba huele a miedo y a perfume caro —la voz de Zadkiel llegó con una estática ligera—. Estoy sobre el falso techo del centro de control. Veo a dos guardias. Tienen armas de pulso eléctrico. Dante no está jugando, Reina.

—Ten cuidado. Si te detectan, no podré sacarte de allí. La policía está en el perímetro exterior por orden de Dante.

Sloane vio a través de las cámaras de seguridad hackeadas cómo Dante subía al podio principal. El pabellón estaba lleno. Miles de personas guardaron silencio cuando el foco principal iluminó al hombre que prometía "limpiar el nombre de los Kismet".

—Bienvenidos a la nueva era de Oakridge —empezó Dante, su voz proyectándose con una seguridad que hacía que a Sloane se le revolviera el estómago—. Durante años, esta institución fue el tablero de juegos personal de un hombre que perdió el norte. Hoy, no solo celebramos el regreso del orden, sino la transparencia total. Porque para sanar, primero hay que extirpar el tumor.

Sloane vio cómo Belial hacía una señal al equipo de retransmisión.

—Zadkiel, ahora! —gritó Sloane—. Están a punto de lanzar el video del accidente.

—Dame diez segundos... —se escuchó un ruido de metal chocando, seguido de un grito ahogado—. Uno menos. El segundo está en el suelo. Conectando el puente... ¡Ahora, Sloane! ¡Quema este lugar!

Sloane pulsó la tecla "Enter" con una fuerza que casi rompe el teclado.

En las pantallas gigantes del pabellón, la imagen de Dante Kismet hablando fue reemplazada por una división de pantalla. A la izquierda, comenzó a reproducirse el archivo de Belial: la grabación de la llamada de Sloane hace tres años, su voz joven y aterrorizada coordinando el movimiento del camión de logística. El murmullo de horror recorrió la multitud. Sloane cerró los ojos un segundo, sintiendo el peso de su mayor pecado expuesto ante el mundo.




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