La furgoneta de mantenimiento volaba sobre el asfalto de la Interestatal, devorando kilómetros mientras el resplandor de Oakridge se convertía en una mancha naranja y difusa en el retrovisor. Dentro de la cabina, el silencio era tan denso que Sloane sentía que podía asfixiarse. El único sonido era el zumbido de los neumáticos y la respiración errática de Zadkiel, que intentaba contener el dolor de su hombro herido.
Sloane apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos parecían piedras blancas. En su mente, la grabación de su propia voz se repetía una y otra vez. “Mueve el camión al sector cuatro... ahora”. La voz de una chica de diecinueve años que había decidido mutilarse antes que fracasar ante los ojos de un padre despiadado.
—Sloane... —Zadkiel rompió el silencio, su voz era un hilo ronco—. Tienes que reducir la velocidad. Si una patrulla nos detiene ahora, con lo que acaba de pasar en el pabellón, no llegaremos ni a la salida del estado.
Ella no respondió. Sus ojos estaban fijos en la carretera, pero su mente estaba en el banquillo de los acusados.
—¡Sloane! ¡Mírame! —Zadkiel alargó la mano sana y la puso sobre el volante, obligándola a reaccionar.
Ella frenó bruscamente en el arcén, haciendo que la gravilla saltara contra los bajos del vehículo. El silencio regresó, pero esta vez venía acompañado del frío de la noche. Sloane soltó el volante y se cubrió la cara con las manos. Sus hombros empezaron a sacudirse en un llanto silencioso, un colapso que llevaba tres años gestándose.
—Lo hice, Zadkiel. Todos lo han oído. —Su voz salió pequeña, rota—. Dante no solo me ha quitado el futuro; me ha quitado la única parte de mí que todavía creía que merecía ser salvada. Ahora el mundo sabe que no soy la víctima de Silas. Soy su mejor creación. Soy el monstruo que él diseñó.
Zadkiel se desabrochó el cinturón y, a pesar del dolor de su hombro, se inclinó hacia ella, envolviéndola en un abrazo que olía a humo y a desesperación.
—Escúchame bien, Reina —susurró él contra su cabello—. Lo que hiciste fue una maniobra de supervivencia en un nido de víboras. Silas te puso en esa posición. Él te enseñó que tu único valor era la perfección. No te estoy justificando, pero no voy a dejar que te hundas sola en este pozo. El mundo ha visto tu pecado, sí. Pero también han visto a Dante apostando con las vidas de los estudiantes. Han visto a Belial vendiendo su ética por un puesto de poder. Si tú caes, nos llevaremos a todos con nosotros.
Sloane se apartó ligeramente, mirándolo con los ojos enrojecidos.
—¿Cómo puedes seguir aquí conmigo? —preguntó ella—. Te mentí. Te hice creer que era una mártir del sistema de mi padre cuando yo misma manejé los hilos de mi propia ruina.
Zadkiel sonrió de medio lado, una sonrisa amarga pero llena de una lealtad inquebrantable.
—Porque yo soy el Rey del Caos, Sloane. Y el caos no juzga el pasado, solo sobrevive al presente. Además... yo también tengo sangre en las manos. Tú lo sabes. Lo que nos hace diferentes a ellos no es que seamos santos, sino que nosotros nos quemamos juntos en el incendio que provocamos. Dante y Belial... ellos solo quieren ver arder a los demás para calentarse las manos.
Mientras tanto, en Oakridge, el caos era total. Las redes sociales estaban en llamas. Los vídeos de la gala se habían vuelto virales en cuestión de minutos. Los patrocinadores de la universidad estaban retirando sus fondos, y el Consejo de Administración se encontraba en una reunión de emergencia mientras la policía registraba la oficina de Dante.
Belial Rook estaba sentada en un banco del pasillo técnico, custodiada por dos agentes. Su tableta había sido incautada. Su rostro, antes lleno de una arrogancia triunfante, ahora reflejaba una derrota absoluta. Dante Kismet, por su parte, había desaparecido antes de que la seguridad pudiera escoltarlo fuera del edificio.
El plan de Sloane había funcionado: al exponer los vínculos de Dante con las apuestas ilegales en el mismo momento en que ella era expuesta, había creado una tormenta de desinformación y escándalo que paralizaba cualquier acción legal inmediata contra ella. Era una jugada de "Destrucción Mutua Asegurada", una táctica que su padre le había enseñado para situaciones de asedio total.
Sloane y Zadkiel llegaron a un escondite que Zadkiel había preparado meses atrás: un antiguo almacén de tabaco en las afueras de la ciudad portuaria. Era un lugar lúgubre, lleno de sombras y olor a madera podrida, pero era invisible para los sistemas de vigilancia de los Kismet.
Sloane encendió su portátil, conectándose a través de una red satelital encriptada.
—Dante ha huido —dijo ella, sus dedos volando sobre el teclado—. Pero no ha ido lejos. Ha activado un protocolo de emergencia en las cuentas suizas. Está intentando liquidar lo que queda de la Fundación Kismet para desaparecer. Si lo logra, tendrá suficiente dinero para vivir como un rey en cualquier país sin extradición.
Zadkiel, que estaba sentado en una caja de madera mientras se aplicaba hielo en el hombro, la miró con intensidad.
—No vamos a dejar que se escape con el botín, ¿verdad?
—No —respondió Sloane, y en sus ojos volvió a brillar la chispa de la analista implacable—. Él cree que ha ganado porque me ha expuesto. Cree que ahora estoy demasiado débil para luchar. Pero se olvida de una cosa: cuando ya no tienes reputación que proteger, te vuelves el oponente más peligroso que existe. Ya no tengo miedo a la verdad, Zadkiel. Y eso me hace libre para destruirlo.
Sloane entró en la base de datos de la Fundación. Vio los movimientos en tiempo real. Dante estaba transfiriendo fondos a una cuenta puente en las Islas Caimán.
—Necesito un acceso de administrador que solo mi padre tiene —susurró Sloane—. Silas es el único que puede bloquear esas transferencias desde su terminal privada.
—Tu padre está en una celda, Sloane —le recordó Zadkiel.