Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 24: El Espectro de la Justicia

El amanecer sobre el almacén de tabaco no traía la calidez de los nuevos comienzos, sino la luz gris y reveladora de una escena del crimen. El sol se filtraba por las rendijas de la madera podrida, dibujando líneas de polvo dorado sobre el rostro de Sloane, que seguía frente a la pantalla del portátil. Sus ojos, enrojecidos y cansados, observaban el flujo de noticias internacionales. La captura de Dante Kismet en el hangar privado era la noticia del siglo. Las imágenes de Belial Rook siendo escoltada a un furgón policial, con el vestido de gala destrozado y la mirada vacía, inundaban las redes.

Pero debajo de los titulares sobre la corrupción de la Fundación, había un nombre que se repetía con la insistencia de una gota de ácido: Sloane Kismet. La "Confesión del Camión" se había convertido en un fenómeno viral. Ya no era la heroína que derrocó a un tirano; era la mujer que había orquestado su propia tragedia por una ventaja táctica.

Zadkiel se acercó a ella, cojeando menos que la noche anterior, pero con una rigidez en los hombros que delataba que el peso del mundo también caía sobre él. Le puso una mano en el hombro, apretando con suavidad.

—Dante está bajo custodia federal. El FBI ha bloqueado todas sus cuentas secundarias gracias a los códigos de Silas —dijo Zadkiel, su voz era un eco profundo en el almacén vacío—. Pero hay tres patrullas de la estatal peinando el puerto. Saben que no hemos salido de la zona.

Sloane cerró el portátil con un movimiento lento. Se giró para mirarlo, y Zadkiel vio a una mujer que finalmente se había quedado sin jugadas.

—No podemos seguir huyendo, Zadkiel. No esta vez. —Sloane se puso en pie, sintiendo el pinchazo familiar en su rodilla, ese recordatorio constante de su pecado—. Si huyo ahora, le daré la razón a mi padre. Dirán que todo fue una maniobra para escapar de la justicia. Para que el sacrificio de ayer valga algo, tengo que enfrentar lo que hice hace tres años.

Zadkiel la tomó por los brazos, obligándola a sostenerle la mirada. Sus ojos grises ardían con una mezcla de furia y protección.

—¿Estás loca? Si te entregas ahora, te van a despedazar. Te usarán como cabeza de turco para limpiar la imagen de Oakridge. Te darán diez años por obstrucción y fraude.

—Entonces que lo hagan —respondió ella, con una calma que a Zadkiel le resultó aterradora—. He pasado tres años encerrada en una jaula de cristal construida con mentiras. Prefiero estar en una celda de hormigón sabiendo que por fin soy dueña de mi propia verdad. Pero tú no tienes que estar conmigo en esto. Tú no sabías nada del accidente. Eres libre, Zadkiel. Vete. Coge la moto y desaparece antes de que cierren el perímetro.

Zadkiel soltó una carcajada amarga y se alejó un paso, pasándose la mano por el pelo revuelto.

—¿Crees que después de todo lo que hemos pasado, voy a darte el gusto de ser la mártir solitaria? —Se acercó de nuevo, esta vez invadiendo su espacio personal con esa intensidad que siempre la hacía sentir viva—. Te dije que el incendio nos cubriría a ambos. Si tú vas al banquillo, yo me sentaré detrás de ti. No porque sea un santo, sino porque el Rey del Caos no deja a su Reina sola en la derrota.

Sloane sintió que las lágrimas amenazaban con volver, pero las contuvo. En el algoritmo de su vida, Zadkiel Thorne era la única variable que nunca lograba predecir, la única que siempre superaba sus expectativas.

A las diez de la mañana, la oficina del Fiscal del Distrito en el centro de la ciudad estaba rodeada de periodistas. El aire estaba cargado de una tensión eléctrica. Cuando una furgoneta de mantenimiento abollada se detuvo frente a la escalinata, el silencio fue absoluto.

Sloane Kismet bajó del vehículo. Vestía unos vaqueros negros y una camisa blanca sencilla, sin rastro del lujo que solía envolverla. Zadkiel bajó del lado del copiloto, con la mirada desafiante y las manos en los bolsillos, caminando a su lado como una sombra protectora.

Caminaron a través de la horda de cámaras sin decir una palabra, sin cubrirse el rostro. Sloane subía los escalones con la cabeza alta, cada paso un acto de voluntad sobre su dolor físico. Al llegar a las puertas de cristal, dos agentes del FBI les cerraron el paso.

—Sloane Kismet. Tiene derecho a permanecer en silencio... —empezó el agente, sacando las esposas.

—Lo sé —interrumpió Sloane, extendiendo sus manos hacia adelante—. No he venido a guardar silencio. He venido a entregar una confesión completa y las pruebas originales que mi padre ocultó. Pero lo haré bajo mis condiciones.

—Usted no está en posición de poner condiciones, señorita Kismet —dijo el agente, cerrando las esposas sobre sus muñecas. El metal frío se sintió, curiosamente, como una liberación.

—Lo estoy —respondió ella, mirando fijamente al agente—. Porque tengo los registros de las donaciones que esta misma fiscalía recibió de la Fundación Kismet durante la última década. O me escuchan, o el próximo escándalo en las noticias será el nombre de su jefe.

Zadkiel sonrió desde un lado mientras otro agente le ponía las manos sobre la espalda para cachearlo.

—Esa es mi chica —susurró él, ganándose un empujón del oficial.

Las siguientes ocho horas fueron un descenso a la anatomía del engaño. En una sala de interrogatorios con luz fluorescente y olor a café quemado, Sloane desgranó cada detalle del accidente. No omitió nada. Habló de su miedo al fracaso, de la presión asfixiante de Silas y de cómo había manipulado el software de logística para que el camión estuviera en el lugar exacto.

El fiscal, un hombre canoso que parecía estar viendo cómo su carrera se desintegraba frente a él, escuchaba en silencio.

—¿Por qué ahora, Sloane? —preguntó el fiscal, dejando el bolígrafo sobre la mesa—. Podrías haberte ido con el dinero. Podrías haber dejado que Dante cargara con todo.

—Porque el precio del silencio era mi vida —respondió ella, mirando su reflejo en el cristal unidireccional, sabiendo que Zadkiel estaba al otro lado—. Y he decidido que mi vida vale más que el apellido Kismet.




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