Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 25: El Tribunal de las Cenizas

El Tribunal de Distrito de Oakridge parecía una fortaleza sitiada. Cordones policiales mantenían a raya a cientos de manifestantes que portaban pancartas con el rostro de Sloane dividido a la mitad: una parte como la "Reina de la Mentira" y la otra como la "Voz de la Verdad". El aire vibraba con la tensión de un juicio que no solo juzgaba crímenes financieros, sino la integridad de todo un sistema.

Sloane Kismet bajó del coche oficial en silencio. No vestía la seda negra de las galas, sino un traje de chaqueta gris humo, austero y blindado. A su lado, Zadkiel Thorne caminaba con una mano posesiva en su espalda. Él no llevaba traje; vestía una camisa negra impecable y pantalones oscuros, manteniendo esa aura de peligro que ni siquiera los pasillos de la justicia podían domesticar.

—Recuerda lo que dijimos, Reina —susurró Zadkiel antes de entrar en la sala—. No estás jugando para ellos. Estás jugando para ti. El tablero de tu padre ya no tiene piezas.

Al entrar, el murmullo de la prensa fue ensordecedor hasta que el mazo del juez golpeó la madera. Sloane se sentó en el estrado de los testigos. A pocos metros, en la mesa de la defensa, estaba Silas Kismet. Su padre parecía haber envejecido diez años en una semana, pero sus ojos seguían siendo dos pozos de ambición gélida. A su lado, Belial Rook permanecía con la mirada fija en el frente, sus dedos tamborileando nerviosamente sobre la mesa. Dante, por su parte, observaba desde el banquillo de los acusados con una sonrisa demente, como si todo esto fuera un juego que todavía creía poder ganar.

—Señorita Kismet —empezó el fiscal principal, un hombre que no ocultaba su desprecio por el apellido que ella portaba—, durante su declaración anterior, usted admitió haber orquestado un accidente para encubrir su incapacidad de competir al más alto nivel. ¿Es eso correcto?

Sloane miró directamente a la cámara de la prensa, y luego a su padre.

—Es correcto —respondió, su voz clara y firme, resonando en la acústica perfecta de la sala—. Pero es una verdad incompleta. El accidente fue la única salida que vi en un sistema diseñado por mi padre, donde el fracaso se castigaba con el exilio emocional. No fue una jugada por poder; fue una jugada por supervivencia.

—Una supervivencia que costó la carrera de otros deportistas y millones en fondos universitarios —atacó el abogado de Silas, poniéndose en pie—. Señoría, la testigo está intentando desviar la responsabilidad de sus propios actos delictivos hacia una "presión psicológica" inexistente.

—¡Objeción! —gritó el fiscal, pero el juez hizo una señal para continuar.

Sloane sintió el pinchazo en su rodilla. Miró a Zadkiel, que estaba sentado en la primera fila de la galería. Él le dedicó un leve asentimiento, un ancla en medio de la tormenta.

—No estoy desviando nada —continuó Sloane, girándose hacia el abogado de su padre—. Estoy exponiendo la raíz del problema. Silas Kismet no solo me entrenó para ganar; me entrenó para creer que yo era su propiedad. Y cuando Dante regresó para reclamar la Fundación, lo hizo usando las mismas tácticas que mi padre le enseñó: la extorsión y el sabotaje.

El juicio avanzó hacia la fase de pruebas digitales. Fue entonces cuando Belial Rook fue llamada al estrado. La periodista, ahora despojada de su estatus, intentó jugar su última carta.

—Yo solo cumplía con mi deber informativo —dijo Belial, mirando a Sloane con odio—. Sloane Kismet me entregaba información privilegiada para destruir a los jugadores que no encajaban en sus tácticas. Ella era el cerebro; yo solo era el altavoz.

—¿Incluso cuando esa información incluía los registros de apuestas de Dante Kismet? —preguntó el fiscal, mostrando en las pantallas gigantes los correos electrónicos que Sloane había filtrado—. Registros que usted, señora Rook, intentó ocultar a cambio de una vicepresidencia en la nueva administración de Dante.

Belial palideció. El silencio en la sala fue absoluto cuando la prueba del soborno apareció en tamaño gigante. La alianza entre la prensa y la corrupción de los Kismet quedaba expuesta en tiempo real.

Durante el receso, Sloane se refugió en una sala privada, con el corazón latiendo con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas. Zadkiel entró poco después, cerrando la puerta tras de sí.

—Lo tienes, Sloane. Silas está perdiendo los estribos. Belial se está hundiendo sola —dijo Zadkiel, acercándose para tomarle el rostro entre las manos—. Estás desmantelando su mundo frente a sus ojos.

—¿Y a qué precio, Zadkiel? —preguntó ella, apoyando la frente en su pecho—. Para destruirlos, he tenido que convertirme en la villana de mi propia historia. Mañana, cuando esto termine, seré la mujer que envió a su padre a la cárcel y confesó haber mutilado su propia carrera. ¿Quién va a quererme después de eso?

—Yo —respondió él sin dudar, con una ferocidad que la hizo estremecer—. Porque yo no me enamoré de la analista perfecta ni de la heredera de los Kismet. Me enamoré de la mujer que fue capaz de prenderle fuego a su corona para no dejar que el fuego la consumiera a ella. El mundo puede odiarte, Sloane, pero yo te respeto. Y en mi mundo, el respeto es más sagrado que el amor.

Se besaron allí, entre expedientes judiciales y el olor a cera de oficina, un beso que sabía a despedida de una vida y a bienvenida de otra.

Al reanudarse la sesión, Silas Kismet pidió la palabra para declarar en su propia defensa. El hombre caminó hacia el estrado con una dignidad que ya no le pertenecía. Miró a su hija con un desprecio que ya no ocultaba.

—He dedicado mi vida a Oakridge —empezó Silas, su voz proyectándose con la autoridad de un rey—. He creado campeones de la nada. Mi hija... ella era mi mayor proyecto. Pero la debilidad es algo que se hereda, y Sloane siempre fue débil. Inventó ese accidente porque no tenía el estómago para la victoria. Y ahora, destruye la Fundación porque no puede soportar que yo prefiriera a Dante antes que a una lisiada emocional.




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