Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 26: El Peso del Veredicto

La mañana siguiente a la sentencia, el mundo se sentía extrañamente silencioso. Ya no había cámaras apostadas en la puerta del pequeño apartamento de seguridad que el fiscal les había asignado a las afueras de Oakridge, ni el zumbido constante de los drones de prensa sobre sus cabezas. La noticia de que Silas Kismet y Dante habían sido condenados a penas máximas por fraude, extorsión y apuestas ilegales ya era "ayer". Para el público, el espectáculo había terminado. Para Sloane Kismet, la verdadera condena apenas comenzaba.

Sloane estaba sentada en la mesa de la cocina, con una taza de café frío entre las manos. Frente a ella, el documento oficial de su libertad condicional brillaba bajo la luz fluorescente: tres mil horas de servicio comunitario y una inhabilitación que le prohibía acercarse a una cancha profesional en cualquier parte del país. El "Tablero Perfecto" estaba oficialmente clausurado.

Zadkiel entró en la estancia, todavía con el torso desnudo y el vendaje del hombro asomando por debajo de una toalla. Sus ojos grises, siempre alerta, escanearon el rostro de Sloane antes de que ella pudiera levantar la vista.

—Has estado mirando ese papel durante dos horas, Reina —dijo él, su voz era un ronquido bajo que llenó el espacio vacío—. La tinta no va a cambiar porque la mires con ganas de prenderle fuego.

—No quiero quemarlo, Zadkiel —respondió ella, finalmente encontrando su mirada—. Solo estoy intentando entender quién soy sin los algoritmos de mi padre. Durante veintiún años, mi valor se medía en victorias y en el control que ejercía sobre los demás. Ahora... ahora soy una paria con una rodilla rota y una deuda con la sociedad que no puedo pagar con dinero.

Zadkiel se acercó, rodeando la mesa con esa agilidad felina que ni siquiera las heridas habían logrado domar. Se detuvo detrás de ella y puso sus manos sobre sus hombros, apretando con una firmeza que la obligó a soltar la tensión acumulada.

—Eres la mujer que hundió a los hombres más poderosos de este estado —le recordó él al oído—. Eres la persona que eligió la verdad por encima de la corona. Eso vale más que cualquier estadística de la NCAA. Hoy empezamos en el centro juvenil de la calle 12. Es tu primera sesión. ¿Vas a presentarte como la víctima de Silas o como la mujer que va a enseñar a esos chicos a no cometer tus mismos errores?

Sloane suspiró, cerrando los ojos por un momento. La idea de volver a enfrentarse a un grupo de jóvenes, especialmente aquellos que habían crecido viendo el nombre Kismet como sinónimo de opresión, la aterraba más que cualquier interrogatorio del FBI.

—¿Crees que me escucharán, Zadkiel? Para ellos, soy la princesa que jugaba con vidas desde un palco de cristal.

—Te escucharán porque yo estaré allí —Zadkiel sonrió de medio lado, esa sonrisa que era mitad promesa y mitad amenaza—. Y porque tú sabes hablar el lenguaje que ellos entienden: el de la estrategia para sobrevivir cuando el mundo te ha dado por muerto.

El Centro Juvenil "Las Cenizas" —un nombre que Sloane sospechaba que Zadkiel había elegido personalmente para su servicio comunitario— era un edificio de ladrillo visto con ventanas reforzadas y un patio que alguna vez fue una cancha de baloncesto. Ahora, el aro colgaba de un solo tornillo y el asfalto estaba cubierto de grietas y maleza.

Cuando Sloane bajó del coche, sintió el peso de decenas de miradas clavadas en ella. Eran adolescentes con ojos endurecidos, el tipo de chicos que Oakridge University ignoraba sistemáticamente en sus programas de captación de talentos. Para ellos, Sloane Kismet era el enemigo.

—Mira lo que ha traído el gato —dijo un chico alto, de unos diecisiete años, que hacía botar un balón viejo y gastado contra el suelo—. La princesa de las mentiras viene a darnos una charla sobre "valores". ¿Te has traído tu tableta de oro, Kismet?

Zadkiel dio un paso al frente, su presencia física borrando instantáneamente el espacio entre él y el chico. No necesitó decir nada; el aura de peligro que emanaba del "Rey del Caos" hizo que el grupo retrocediera un centímetro, lo justo para marcar territorio.

—Ella no viene a daros charlas —dijo Zadkiel, su voz cortando el aire como una navaja—. Viene a enseñaros a ganar sin que el precio sea vuestra alma. Y si alguno tiene un problema con eso, puede discutirlo conmigo en el parqué.

Sloane puso una mano en el brazo de Zadkiel, indicándole que retrocediera. Caminó hacia el centro de la cancha rota, sintiendo el pinchazo en su rodilla con cada irregularidad del suelo. Se detuvo frente al chico del balón.

—No tengo una tableta de oro —dijo Sloane, su voz recuperando esa frialdad técnica que antes usaba para dominar a los leones de Oakridge—. Y no vengo a hablaros de valores. Vengo a hablaros de traición. De cómo la ambición sin control os puede dejar tan rotos como este aro. —Señaló su rodilla—. Mi padre me enseñó que el destino se arrebata. Yo aprendí que si lo arrebatas de la forma equivocada, te quedas con las manos llenas de sangre y el corazón vacío. ¿Queréis jugar? Pues jugad. Pero hoy, la regla número uno es que nadie juega solo.

El silencio que siguió fue absoluto. Sloane tomó el balón de las manos del chico. Lo sintió pesado, real, sin el brillo de la alta competición. Hizo un pase rápido a Zadkiel, quien lo atrapó en el aire y encestó con un mate violento que hizo vibrar el tablero defectuoso.

Durante las siguientes cuatro horas, Sloane no fue la Reina de la Cancha. Fue una instructora implacable que no aceptaba excusas. Les enseñó jugadas de distracción, bloqueos que no estaban en los manuales oficiales y, sobre todo, les enseñó a leer los ojos del oponente. Por primera vez en su vida, Sloane no estaba analizando para destruir, sino para construir.

Al caer la noche, mientras los chicos se retiraban con una mezcla de respeto y agotamiento, una silueta emergió de las sombras del callejón lateral. Sloane, que estaba guardando los balones, se tensó al instante. Conocía esa forma de caminar, esa elegancia que no se perdía ni siquiera en la derrota.




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