La lluvia sobre el techo de metal de la prisión de máxima seguridad sonaba como mil dedos acusadores golpeando contra la conciencia de Sloane. El aire dentro del complejo era aséptico, impregnado de ese olor a cloro y desesperación que parecía adherirse a la piel. Sloane caminaba por el pasillo de baldosas blancas, escoltada por un guardia cuyo rostro era una máscara de indiferencia. Cada paso que daba, el eco de sus zapatos resonaba como el tic-tac de una bomba táctica que ella misma había programado.
En su mano derecha apretaba el sobre que Belial Rook le había entregado en el patio del centro juvenil. Los informes técnicos, las fotos del camión de logística con los frenos manipulados y los registros de las órdenes directas de Silas. Era la prueba de que su vida entera había sido una simulación, un experimento de laboratorio diseñado por el hombre que le dio la vida solo para arrebatársela de forma controlada.
Zadkiel la esperaba fuera, en el aparcamiento, bajo la tormenta. Había insistido en entrar, pero Sloane se lo prohibió. Este no era un enfrentamiento de guerra; era un exorcismo. Y para expulsar al demonio de Silas Kismet de su sistema, tenía que hacerlo sola.
—Celda de visitas 4. Tienes quince minutos —dijo el guardia, abriendo la pesada puerta de acero.
Sloane entró. Silas estaba allí, sentado tras el cristal reforzado. Ya no vestía sus trajes italianos de tres piezas; llevaba el mono naranja de los reclusos, pero de alguna manera, seguía proyectando la misma aura de arrogancia que si estuviera sentado en su despacho de la universidad. Al verla, una sonrisa lenta y gélida curvó sus labios.
—Has vuelto, Sloane. Sabía que no tardarías —dijo Silas, su voz vibrando a través del intercomunicador—. El mundo fuera debe ser muy frío sin el apellido Kismet para abrigarte. ¿Qué tal el servicio comunitario? He oído que estás enseñando a los despojos de la ciudad a botar un balón. Es un desperdicio de tu intelecto, pero supongo que es el precio de tu "redención".
Sloane no se sentó. Se quedó de pie, pegando el sobre contra el cristal, justo frente a los ojos de su padre.
—He venido a devolverte algo, Silas —dijo ella, con una calma que hizo que la sonrisa de su padre se desvaneciera por primera vez—. Belial Rook me ha entregado el archivo que Dante no pudo encontrar. El archivo del camión de hace tres años.
Silas no parpadeó. Sus ojos, dos trozos de pedernal, se fijaron en los documentos que asomaban por el sobre. No hubo sorpresa, no hubo negación. Solo una evaluación fría, como si estuviera analizando una jugada en el último cuarto de un partido perdido.
—Belial siempre fue un cabo suelto —susurró Silas, recostándose en su silla—. Debería haberla eliminado cuando tuve la oportunidad.
—¿Es todo lo que tienes que decir? —Sloane sintió que la rabia, contenida durante años, empezaba a quemarle la garganta—. Me dejaste creer durante tres años que yo era la responsable de mi propia discapacidad. Me dejaste vivir con la culpa de haber herido a ese conductor. Me dejaste odiarme a mí misma para que mi única forma de valor fuera servirte a ti. ¡Me mutilaste, Silas! Me rompiste la pierna para que no pudieras perderme en la cancha.
Silas soltó una carcajada seca que sonó como huesos chocando entre sí.
—Te salvé, Sloane. Eso es lo que no entiendes —él se inclinó hacia el cristal, su rostro a milímetros del de ella—. Eras una jugadora mediocre. Tenías técnica, sí, pero te faltaba el instinto asesino. Te habrías estrellado en la liga profesional y habrías terminado siendo la sombra de una carrera olvidada. Al sacarte de la cancha, te obligué a usar el único don que realmente heredaste de mí: tu cerebro. Te convertí en la mejor analista táctica del país. Te di un trono que no requería saltar.
—¡Me diste una jaula de cristal! —le gritó ella, golpeando el cristal con el puño—. Me quitaste la libertad de elegir mi propio fracaso. Me convertiste en una extensión de tu ambición.
—Y mírate ahora —Silas señaló el cristal con un dedo huesudo—. Estás aquí, frente a mí, habiendo destruido todo lo que construí. Eso demuestra que mi entrenamiento funcionó. Me has vencido con mis propias tácticas. Deberías darme las gracias. Sin ese accidente, nunca habrías tenido la frialdad necesaria para infiltrarte en la Fundación y hundirnos a Dante y a mí.
Sloane sintió una náusea violenta. El narcisismo de Silas era tan absoluto que incluso su propia derrota la veía como un éxito de su "pedagogía del caos". En ese momento, Sloane comprendió que no había perdón posible, ni siquiera una disculpa que pudiera sanar la grieta. Silas Kismet no era un padre; era un sistema operativo corrupto que necesitaba ser borrado definitivamente.
—No te doy las gracias, Silas. Te doy el final —Sloane sacó una hoja de papel del sobre y la pegó al cristal—. Este es el documento de renuncia definitiva. He cedido todos los activos restantes de la familia, los que el FBI no pudo confiscar, a una fundación de becas para atletas con discapacidades físicas causadas por negligencia. El nombre Kismet ya no existe. Mañana, la universidad de Oakridge cambiará el nombre del pabellón. No quedará ni una placa con tu nombre. Serás el hombre que nunca existió.
Silas se puso en pie bruscamente, sus ojos inyectados en sangre. Por primera vez, el miedo asomó tras su máscara. El olvido era la única cosa que Silas Kismet temía más que la muerte.
—¡No puedes hacer eso! ¡Ese dinero es mi legado! ¡He matado por ese nombre!
—Tú no has matado, Silas. Has manipulado —respondió Sloane con una sonrisa triste—. Y la manipulación solo funciona mientras el otro no ve los hilos. Yo ya no solo veo los hilos; los he cortado todos.
Sloane colgó el intercomunicador. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Silas empezó a golpear el cristal con furia, gritando amenazas que ya no podían alcanzarla. El guardia se acercó para reducirlo, pero Sloane no miró atrás.