Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 29: El Torneo de las Sombras

La muerte de Silas Kismet no había traído la paz que Sloane esperaba, sino una especie de silencio denso y pesado, como el aire antes de una tormenta de nieve. Oakridge había pasado página rápido; el nombre de su padre había sido retirado de los edificios y las placas conmemorativas en una ceremonia privada a la que Sloane no fue invitada. Para la universidad, Silas era una mancha que había que limpiar. Para Sloane, era la sombra que todavía definía la forma de su libertad.

Habían pasado tres semanas desde el funeral solitario al que solo asistieron ella, Zadkiel y un abogado del estado. Desde entonces, Sloane se había volcado en el centro juvenil con una intensidad que rozaba la obsesión. No era solo servicio comunitario; era su redención personal.

—Estás apretando demasiado a los chicos, Sloane —dijo Zadkiel, dejando caer un saco de balones nuevos en el suelo del gimnasio del centro. Habían logrado pintar las líneas de la cancha y arreglar el tablero con el primer pago de la beca de "reparación" que Sloane había gestionado—. Esto no es la final de la NCAA. Son críos que hace un mes no sabían lo que era un bloqueo ciego.

Sloane, que estaba revisando una secuencia de pases en su vieja tableta, levantó la vista. Sus ojos estaban cansados, pero brillantes.

—El torneo de mañana no es solo un juego, Zadkiel. Vienen ojeadores de ligas menores y la prensa local. Si estos chicos demuestran que pueden jugar con disciplina, tendrán becas reales. No puedo dejar que el "azar" decida su futuro. No después de todo lo que hemos pasado para limpiar este lugar.

Zadkiel se acercó y le quitó la tableta de las manos, dejándola sobre un banco. La tomó por la cintura y la atrajo hacia él. El olor a sudor, cuero y esperanza que siempre emanaba de él fue el único bálsamo que logró relajar los hombros de Sloane.

—El azar es parte del juego, Reina. Te lo dije hace tiempo. Puedes darles la mejor táctica del mundo, pero una vez que el balón vuela, ellos tienen que ser los dueños de su propio caos. Deja de intentar controlar el resultado. Ya no eres la analista de Silas. Eres su mentora.

Sloane apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos.

—Tengo miedo de que, si fallan, piensen que es porque yo los entrené. Que mi nombre siga siendo veneno para ellos.

—Tu nombre es lo único que les ha dado una oportunidad —susurró Zadkiel—. Mañana vamos a demostrar que el apellido Kismet por fin significa algo bueno.

El día del "Torneo de las Cenizas" amaneció con un cielo gris plomizo, pero el ambiente en el centro juvenil era eléctrico. Equipos de otros barrios, chicos que nunca habían pisado una cancha reglamentaria, se mezclaban con los "Leones de las Cenizas", el equipo de Sloane y Zadkiel.

Sloane vestía una chaqueta deportiva con el logo que ella misma había diseñado: un fénix emergiendo de un balón de baloncesto. No había rastro de la frialdad de Oakridge en sus gestos, aunque su mente seguía calculando cada ángulo, cada posible debilidad del equipo contrario.

Sin embargo, justo antes del pitido inicial, una figura inesperada cruzó la puerta del gimnasio. Era Elias Vance, el inversor de Vanguard Sports que había intentado contratarla semanas atrás. No venía solo; lo acompañaban dos hombres con cámaras y una mujer que Sloane reconoció al instante: una representante de la junta deportiva estatal.

Sloane sintió que el corazón se le subía a la garganta. Miró a Zadkiel, que ya estaba en la banda, con los ojos entrecerrados.

—Señor Vance —dijo Sloane, acercándose—. Le dije que no estaba en venta.

—Y yo le dije que no venía a comprarla, señorita Kismet —respondió Vance con una sonrisa enigmática—. Vengo a ver si su "nuevo código de juego" funciona bajo presión. Si sus chicos ganan hoy, Vanguard financiará la reconstrucción total de este centro y de otros tres en la ciudad. Pero si pierden... bueno, supongo que el experimento habrá fallado.

Sloane apretó el silbato en su mano. Era un desafío, una apuesta de las que Zadkiel amaba y ella solía temer.

—No vamos a perder —sentenció ella.

El partido fue una carnicería emocional. Los chicos de Sloane jugaban con una técnica impecable, fruto de sus horas de análisis, pero los oponentes eran más físicos, más agresivos, el tipo de jugadores que Zadkiel entendía a la perfección.

Durante el segundo cuarto, los Leones empezaron a flaquear. El chico alto, el líder del grupo, falló tres tiros libres seguidos y empezó a mirar al suelo, con los hombros hundidos. La sombra del fracaso, esa que Sloane conocía tan bien, estaba empezando a devorarlos.

Sloane pidió tiempo muerto. Los chicos se acercaron al banco, jadeando, con la derrota escrita en la cara.

—Miradme —dijo Sloane, su voz cortando el ruido de la grada—. Estáis intentando jugar como si yo estuviera moviendo vuestros hilos desde aquí. Estáis buscando la jugada perfecta, el ángulo que os enseñé en la pizarra. Olvidadlo.

Los chicos la miraron, confundidos. Zadkiel se puso al lado de ella, asintiendo.

—Las pizarras no ganan partidos en el último cuarto —continuó Sloane—. Los gana el hambre. Ese hambre que tenéis por salir de aquí, por demostrar que no sois los "despojos" que el mundo dice que sois. No juguéis para mí. No juguéis para las becas de ese hombre del traje. Jugad por el placer de arrebatarle el balón a quien cree que es mejor que vosotros. Zadkiel, diles cómo se hace.

Zadkiel dio un paso al frente, con esa mirada gris que quemaba.

—Caos, chavales. Quiero que les deis caos. Romped su formación, buscad el contacto, haced que tengan miedo de entrar en la zona. Si el destino no os ha dado nada, id y robádselo al marcador. ¡Ahora!

Los chicos gritaron al unísono, un sonido gutural que resonó en las vigas del gimnasio. Volvieron a la cancha no como alumnos, sino como cazadores.

Sloane se quedó en la banda, sintiendo que algo se soltaba dentro de ella. Por primera vez en su vida, dejó de mirar la tableta. Dejó de calcular porcentajes. Simplemente se dedicó a mirar, a sentir el juego. Vio cómo sus chicos improvisaban, cómo Zadkiel los guiaba con gestos mínimos, y cómo el marcador empezaba a remontar.




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