Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 30: La Última Jugada del Rey

La notificación en la pantalla del teléfono de Sloane brillaba con la frialdad de una lápida. "Hay una última jugada que tu padre preparó para después de su muerte". Las palabras de aquel "viejo amigo" —quien Sloane sospechaba era el abogado de confianza de Silas, el único que conocía los rincones más oscuros de su testamento— flotaban en el aire del gimnasio vacío.

Zadkiel se acercó a ella, su silueta recortada contra la luz de la luna que se filtraba por las claraboyas del techo. Vio el destello del dispositivo y la rigidez en los hombros de Sloane. Ya no necesitaba preguntar; después de treinta capítulos de guerra, dolor y redención, ambos estaban sintonizados en la misma frecuencia de alerta.

—El viejo no puede dejar de jugar, ni siquiera desde el infierno —dijo Zadkiel, su voz resonando en el silencio del centro juvenil. Tomó el teléfono de las manos de Sloane y leyó el mensaje. Una sonrisa amarga, casi de respeto, cruzó su rostro—. Es tenaz, hay que reconocérselo.

—No es tenacidad, Zadkiel. Es veneno —respondió Sloane, recuperando su máscara de analista por última vez—. Silas sabía que yo intentaría destruir su legado. Este mensaje es el mecanismo de seguridad. Si el imperio Kismet caía, él tenía un plan para que el mundo entero se hundiera con él.

El mensaje contenía una ubicación: la vieja caja de seguridad en el sótano de la Biblioteca Central de Oakridge, el lugar donde Silas guardaba los archivos físicos originales, aquellos que nunca fueron digitalizados para evitar el rastro de los hackers. El lugar donde todo empezó.

Condujeron hacia Oakridge bajo una lluvia que parecía querer lavar los pecados de la ciudad, pero que solo lograba encharcar las calles de melancolía. Al llegar al campus, el pabellón que una vez llevó el nombre de Silas estaba a oscuras, una mole de hormigón que parecía el cadáver de un gigante.

Entraron en la biblioteca usando las llaves maestras que Sloane nunca devolvió. El sótano olía a papel viejo y a secretos encerrados. Al abrir la caja de seguridad número 13 —el número de la suerte de Silas—, no encontraron dinero ni joyas. Encontraron una tableta negra, de diseño antiguo, y una carta escrita a mano con la caligrafía perfecta y militar de su padre.

“Sloane: Si estás leyendo esto, significa que has ganado. Me has destruido, has disuelto la Fundación y has intentado borrar mi nombre. Pero un Kismet nunca pierde el control total. En esta tableta están los registros de los últimos diez años de Oakridge. No solo mis pecados, sino los de todos los que compraron mi silencio. Jueces, políticos, incluso el actual fiscal que te ofreció el trato de servicio comunitario. Si publicas esto, Oakridge desaparecerá. El sistema colapsará y tú volverás a ser la villana que destruyó el futuro de miles de estudiantes por una venganza personal. Si lo guardas, serás mi cómplice para siempre. Tu última jugada, hija: ¿Justicia total o tu propia supervivencia?”

Sloane sintió que el aire se volvía irrespirable. Era la trampa perfecta. Silas la obligaba a elegir entre ser la destructora de la institución que ella decía querer salvar, o vivir el resto de su vida bajo la sombra de un secreto que la vinculaba a él eternamente.

Zadkiel miró la pantalla de la tableta. Los nombres que desfilaban eran los pilares de la sociedad.

—Es un botón de pánico, Reina —susurró Zadkiel—. Si lo presionas, quemas el mundo entero. Pero si no lo haces, él gana. Él te habrá convertido en la guardiana de sus secretos.

Sloane miró la tableta, luego miró a Zadkiel. Recordó el primer día en el gimnasio, el chirrido de las zapatillas, el olor a adrenalina y la sensación de que el destino era algo que se podía dibujar en una pizarra. Pero también recordó el dolor de su rodilla, el sacrificio de Zadkiel en la cabaña y las miradas de esperanza de los chicos del centro juvenil.

—Silas cree que el mundo se divide en jugadores y piezas —dijo Sloane, su voz recuperando una fuerza que nunca antes había tenido—. Cree que mi único poder es la información. Pero se equivoca. Mi verdadero poder es que ya no me importa el resultado del juego.

Sloane tomó la tableta y caminó hacia el centro de la biblioteca, donde una pequeña trituradora de documentos industriales descansaba en un rincón.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Zadkiel, aunque en sus ojos grises ya brillaba la respuesta.

—Voy a hacer lo que Silas nunca se atrevió a hacer —respondió Sloane—. Voy a confiar en el azar.

Sin dudarlo, Sloane dejó caer la tableta en el suelo y la golpeó con la fuerza de toda su rabia contenida usando una pesada prensa de libros. El cristal se hizo añicos. Luego, tomó la carta de su padre y la prendió fuego con el mechero de Zadkiel. Las cenizas cayeron al suelo, mezclándose con el polvo del sótano.

—Ya no hay más secretos, Zadkiel. Si esos hombres caen en el futuro, será por sus propios errores, no porque yo use la información como un arma. Ya no soy la analista de nadie.

Zadkiel la tomó en brazos, levantándola del suelo en medio de la oscuridad de la biblioteca.

—Bienvenida a la libertad, Sloane Kismet.

Seis meses después.

La costa de Oregón bullía con la energía del primer día del campamento de verano oficial. La cabaña frente al mar ya no estaba en ruinas; Zadkiel la había reconstruido con sus propias manos, convirtiéndola en un hogar que olía a madera nueva y a café recién hecho.

En la cancha de cemento frente al acantilado, los chicos del centro juvenil "Las Cenizas" corrían bajo el sol, riendo y jugando con una libertad que antes les era ajena. Ya no había apuestas, ni ojeadores corruptos, ni presiones de apellidos ilustres.

Sloane estaba sentada en el borde de la cancha, observando a Zadkiel mientras él enseñaba a un grupo de adolescentes cómo hacer un mate sin perder el equilibrio. Él se giró y le lanzó el balón. Sloane lo atrapó con una sola mano, sintiendo la textura del cuero contra su palma. Se puso en pie, caminó hacia la línea de tres puntos y se colocó en posición.




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