El estruendo del mazo sobre la tableta en el sótano de la Biblioteca de Oakridge debería haber sido el punto final, pero en el silencio sepulcral que siguió, el dispositivo no se apagó. En lugar de eso, una luz roja intermitente comenzó a parpadear desde el interior de los circuitos destrozados. Un zumbido agudo, casi imperceptible, llenó la habitación, y una proyección holográfica de baja frecuencia se materializó sobre los restos de cristal.
No era un archivo de texto. Era un mapa estelar superpuesto sobre un plano topográfico de las montañas que rodeaban la ciudad. Y en el centro, una serie de coordenadas que hicieron que Zadkiel diera un paso atrás, con el rostro pálido bajo la luz roja.
—Esas coordenadas… —susurró Zadkiel, llevándose la mano instintivamente al cuello, donde el tatuaje de los cuervos parecía arder bajo su piel—. Sloane, son las mismas que tengo tatuadas. Las que mi hermano me obligó a grabarme antes de que Silas lo hiciera desaparecer.
Sloane se arrodilló entre los restos del dispositivo. El algoritmo de su mente, ese que ella intentaba silenciar, se activó con la fuerza de un rayo.
—Silas no quería que guardaras sus secretos, Zadkiel. Quería que los encontraras. La tableta era solo la llave de acceso. Lo que realmente importa no es lo que hizo en Oakridge, sino lo que construyó en el subsuelo de la vieja finca de los Thorne.
La carta que Sloane creía haber quemado tenía un reverso que las llamas no habían consumido del todo: una tinta invisible que reaccionaba al calor. "El Rey nunca muere en su trono, muere en su refugio. Te espero donde el Caos nació, Zadkiel. Lleva a mi hija. Ella tiene la última pieza del rompecabezas: su propia sangre".
El viaje hacia la vieja finca de los Thorne, en el sector norte del condado, fue un descenso a los orígenes del dolor de Zadkiel. La propiedad había sido abandonada hace una década, después de que el padre de Zadkiel perdiera todo ante Silas en una mesa de póker que terminó en tragedia.
Al llegar, la mansión era un esqueleto de madera y piedra devorado por la maleza. El aire aquí era más frío, cargado con el olor a tierra mojada y a recuerdos podridos. Sloane caminaba al lado de Zadkiel, sintiendo que su rodilla protestaba con cada paso sobre el terreno irregular.
—Mi hermano decía que había algo debajo de la casa —dijo Zadkiel, apartando una rama de espinos con su cuchillo—. Algo que Silas quería tanto que estaba dispuesto a exterminar a mi familia por ello. Yo pensaba que eran delirios de un adicto, pero ahora...
Llegaron al sótano de la finca. En el centro del suelo de tierra, una trampilla de acero reforzado, con el logo de la Fundación Kismet, destacaba como una anomalía tecnológica en medio de la ruina. No tenía cerradura, sino un panel biométrico.
Sloane se acercó al panel. La luz escaneó su retina y luego pidió una muestra de ADN.
—"Ella tiene la última pieza" —repitió Sloane, recordando la nota de su padre—. Silas no confió en contraseñas. Confió en la genética.
Sloane pinchó su dedo con la punta del cuchillo de Zadkiel y dejó caer una gota de sangre sobre el sensor. El mecanismo rugió, un sonido de engranajes masivos moviéndose bajo tierra, y la trampilla se abrió, revelando una escalera de caracol que descendía hacia una oscuridad absoluta.
Lo que encontraron abajo no era una oficina ni un archivo. Era un búnker de alta seguridad que albergaba una réplica exacta de la oficina de Silas en Oakridge, pero rodeada de servidores que procesaban datos en tiempo real. Miles de pantallas mostraban transmisiones en vivo de cada rincón de la universidad, pero también de los hogares de los miembros del Consejo de Administración.
—No era solo control deportivo —dijo Sloane, caminando entre las pantallas—. Era un sistema de vigilancia predictiva. Silas estaba usando el baloncesto para probar un algoritmo de control social. Usaba a los jugadores como variables para predecir el comportamiento de las masas. Tú, Zadkiel, eras la variable del "caos controlado". Él necesitaba ver cómo reaccionaba el sistema ante alguien que no podía predecir.
—¿Y por qué guardarlo aquí? —preguntó Zadkiel, mirando una pantalla que mostraba su propia celda de cuando era adolescente.
—Porque esto no es solo información. Es un arma —Sloane se detuvo ante una consola central que tenía un único botón físico—. Esto es el "Protocolo Kismet". Si se activa, envía toda la información comprometedora a la red, pero también activa una serie de transferencias financieras que vaciarían no solo la Fundación, sino las cuentas de pensiones de toda la ciudad. Silas quería que, si él caía, la ciudad que lo encumbró muriera con él.
De repente, una voz familiar y distorsionada resonó por los altavoces del búnker.
—Bienvenida a casa, Sloane. Sabía que tu curiosidad táctica ganaría a tu sentido de la moral.
En la pantalla principal apareció el rostro de Dante Kismet. No estaba en una celda; estaba en un lugar lujoso, con un jet privado visible por la ventana tras él.
—¿Cómo estás fuera? —rugió Zadkiel, buscando con la mirada el origen del sonido.
—El dinero de Silas tiene muchos amigos, Thorne. Especialmente cuando esos amigos tienen miedo de lo que hay en ese búnker. Veréis, he hecho un trato con el FBI. Ellos me dejan salir del país y yo les entrego la ubicación del refugio de Silas. Pero se me olvidó decirles que el refugio tiene un sistema de autodestrucción que se activa si alguien entra sin mi autorización.
Sloane miró el temporizador que acababa de aparecer en la consola central: 10:00 minutos.
—Dante, si este búnker explota, la información se perderá —dijo Sloane, intentando ganar tiempo mientras sus dedos ya volaban sobre el teclado de la consola—. No tendrás nada para chantajear al Consejo.
—Me da igual el chantaje, primita. Tengo suficiente oro en el jet para vivir diez vidas. Lo que quiero es que tú y tu perro callejero os convirtáis en parte de la leyenda de los Kismet. Los amantes trágicos que murieron intentando robar los secretos del Rey. Es un final poético, ¿no crees?