El estruendo de la explosión en los niveles superiores de la finca Thorne hizo que el techo del búnker soltara una lluvia de polvo de hormigón sobre la consola central. El temporizador, ahora en 01:45, parpadeaba con una luz roja que bañaba la piel sudorosa de Zadkiel, haciendo que los tatuajes de sus cuervos parecieran cobrar vida propia, retorciéndose en su espalda mientras introducía los códigos finales.
Sloane gritaba las secuencias, su mente procesando datos a una velocidad que desafiaba su propio agotamiento. Cada número que dictaba era una parte de la identidad de Zadkiel que Silas había intentado robar.
—¡El último, Zadkiel! —gritó Sloane por encima del rugido de los ventiladores—. La fecha en la base del cuervo izquierdo. ¡Es la fecha en que tu hermano desapareció!
Zadkiel golpeó la tecla con un rugido de rabia. La pantalla de la consola se quedó en blanco durante un segundo eterno, antes de mostrar un mensaje en verde neón: “PROTOCOLO KISMET: ABORTADO. BORRADO SEGURO EN CURSO”.
En ese instante, las pantallas que rodeaban la sala empezaron a desvanecerse. Los rostros de los jueces, los registros de las apuestas, los vídeos de vigilancia de Oakridge... todo se disolvía en una cascada de píxeles negros. El arma definitiva de Silas estaba siendo destruida por la única variable que él nunca pudo domesticar por completo: el amor de su hija por el hombre que él más odiaba.
—¡Tenemos que salir! —Zadkiel tomó a Sloane por la cintura, levantándola casi en vilo. Ella cojeaba ostensiblemente; el impacto de la explosión previa había forzado su rodilla hasta el límite.
—¡Dante sigue ahí fuera! —advirtió Sloane, aferrándose a la chaqueta de Zadkiel—. Si el búnker no explota por el protocolo, él lo hará saltar manualmente. ¡No va a dejarnos salir vivos con lo que sabemos!
Corrieron hacia la escalera de caracol mientras el suelo temblaba de nuevo. Esta vez no fue una explosión interna, sino el impacto de algo masivo contra la estructura exterior de la finca. Dante estaba usando maquinaria pesada para demoler lo que quedaba de la casa Thorne, enterrando el búnker bajo toneladas de escombros.
En la superficie, bajo la lluvia torrencial, Dante Kismet observaba desde la cabina de una excavadora industrial. Su rostro, antes pulcro y aristocrático, estaba desfigurado por una sonrisa maníaca. No le importaba el dinero; le importaba borrar el rastro de su derrota.
—Si no puedo ser el Rey, no habrá reino —rugió Dante, moviendo la palanca para derribar la última columna de granito de la mansión—. ¡Enterradlos! ¡Que se queden con los secretos de Silas para siempre!
Sus hombres, mercenarios pagados con los últimos fondos de la Fundación, retrocedieron cuando la estructura principal colapsó con un sonido ensordecedor, levantando una nube de polvo que la lluvia convirtió rápidamente en barro espeso. Dante saltó de la máquina, limpiándose las manos.
—Se acabó —dijo, mirando el agujero donde antes estaba la entrada al búnker—. Revisad el perímetro. Si algo se mueve, disparad a matar. No quiero "supervivientes milagrosos" esta vez.
Dentro, el aire se estaba agotando. La escalera de caracol había quedado bloqueada por un bloque de hormigón de dos toneladas. Sloane y Zadkiel estaban atrapados en el rellano intermedio, rodeados de oscuridad y el sonido del agua filtrándose por las grietas.
Zadkiel golpeó el bloque con el hombro, una y otra vez, hasta que sus nudillos empezaron a sangrar.
—Es inútil, Reina —jadeó él, dejándose caer contra la pared—. Estamos enterrados. Dante ha ganado la última partida.
Sloane se sentó a su lado, buscando su mano en la oscuridad. Sus dedos se entrelazaron, calientes y firmes.
—No ha ganado —susurró ella, y Zadkiel pudo notar la chispa de la analista volviendo a encenderse—. Silas siempre decía que un buen estratega nunca construye una salida sin una vía de escape secundaria. Él no habría dejado su "centro de mando" sin un túnel de emergencia que no dependiera de la casa principal.
Sloane encendió la linterna de su teléfono, iluminando las paredes del rellano. No buscaba una puerta; buscaba una irregularidad en el patrón de los ladrillos.
—Zadkiel, los Thorne erais mineros hace tres generaciones. ¿Por qué Silas compró esta finca específicamente? No fue solo para humillar a tu padre. Fue porque este terreno está lleno de antiguos pozos de ventilación de las viejas minas de carbón.
Ella se arrastró por el suelo, golpeando las baldosas. Al llegar a la esquina más alejada del bloque de hormigón, el sonido cambió. Dejó de ser sordo para volverse hueco.
—Aquí —dijo Sloane—. Ayúdame.
Zadkiel usó la barra de hierro que había recogido del búnker y, con un esfuerzo sobrehumano que hizo que las venas de su cuello se hincharan, hizo palanca. La losa de piedra cedió, revelando un túnel estrecho y húmedo que olía a salitre y a libertad.
—Es un conducto de ventilación —dijo Zadkiel, bajando primero—. Es estrecho, Reina. Vas a tener que arrastrarte.
—He pasado tres años arrastrándome por las mentiras de mi padre, Zadkiel. Un poco de barro de mina no va a detenerme ahora.
El túnel los llevó a casi quinientos metros de la finca, saliendo por una vieja boca de alcantarilla oculta bajo un puente de madera en el linde del bosque. Cuando Sloane emergió, el frío de la lluvia golpeó su rostro como una bendición. Estaban empapados, cubiertos de hollín y sangre, pero estaban fuera.
A lo lejos, las luces de los coches de los hombres de Dante peinaban las ruinas de la mansión Thorne.
—Dante cree que estamos muertos —susurró Zadkiel, ocultando a Sloane tras un grueso roble—. Podríamos irnos ahora. Tenemos la llave de la cabaña en Oregón. Podríamos desaparecer antes de que se dé cuenta.
Sloane miró hacia las ruinas, donde Dante caminaba con la arrogancia de un vencedor. Recordó el mensaje en la tableta, recordó a los chicos del centro juvenil y recordó que, mientras Dante Kismet estuviera libre, el "Protocolo Kismet" seguiría existiendo en su forma más peligrosa: en la ambición de un hombre sin escrúpulos.