El regreso a Oakridge tras la caída definitiva de la finca Thorne no fue triunfal. No hubo desfiles ni aplausos. La ciudad se sentía como un paciente despertando de una anestesia pesada, desorientado y con un dolor sordo en las articulaciones. Con la destrucción del búnker y el borrado seguro de los archivos de Silas, Sloane no solo había eliminado el arma de su padre; había dejado a la élite de la ciudad en un estado de paranoia absoluta. Nadie sabía qué se había perdido en los servidores y qué seguía flotando en la red profunda.
Sloane y Zadkiel llegaron al centro juvenil "Las Cenizas" bajo una luz de atardecer que teñía el asfalto de un violeta herido. El cuerpo de Sloane se sentía como si hubiera sido pasado por una prensa hidráulica. Su rodilla, castigada por la huida del búnker, era una masa de dolor punzante que le recordaba con cada latido que la libertad tenía un precio físico que ella seguiría pagando el resto de su vida.
—Necesitas hielo y una cama que no huela a humedad, Reina —dijo Zadkiel, bajando de la moto y ayudándola a descender con una delicadeza que contrastaba con sus manos cubiertas de cicatrices frescas y hollín.
—Necesito saber que esto ha valido la pena, Zadkiel —respondió ella, apoyándose en él—. Silas está muerto, Dante está en una celda de aislamiento y la Fundación es historia. Pero mira este lugar... sigue siendo un patio roto en un barrio olvidado.
Zadkiel la miró a los ojos. En la penumbra, sus pupilas grises parecían absorber la poca luz que quedaba.
—Este lugar es lo único real que nos queda. Y es el único sitio donde nadie te va a preguntar por tu apellido para dejarte entrar.
Entraron en el gimnasio, esperando encontrar el silencio de la noche. Sin embargo, las luces estaban encendidas. En el centro de la cancha, sentados en círculo sobre el suelo recién pintado, estaban los chicos del equipo. No estaban entrenando; estaban esperando. En el centro del círculo, Marcus Miller, el antiguo capitán de los Leones de Oakridge, sostenía un fardo de documentos.
Sloane se detuvo, sintiendo que la guardia se le subía instintivamente.
—¿Qué hacéis aquí a estas horas? —preguntó ella, su voz recuperando esa autoridad cortante que era su escudo—. El torneo terminó ayer. Deberíais estar descansando.
Marcus se puso en pie. Ya no vestía el uniforme de la universidad; llevaba una camiseta sencilla y el rostro de alguien que ha madurado diez años en una semana.
—Hemos oído lo que pasó en la finca Thorne, Sloane —dijo Marcus. La noticia de la explosión y la captura de Dante ya corría como pólvora por los canales locales—. Sabemos que el búnker de tu padre ha desaparecido. Y sabemos que el Consejo de Administración de la universidad está intentando disolver este centro juvenil para "limpiar responsabilidades".
Sloane sintió una chispa de la vieja rabia Kismet prendiéndose en su pecho.
—No pueden hacerlo. El contrato de servicio comunitario está blindado por la fiscalía.
—Pueden si no hay fondos —intervino el chico más joven del equipo, poniéndose en pie al lado de Marcus—. Vance y su firma retiraron la oferta de financiación esta tarde. Dicen que el "riesgo reputacional" de estar asociados a una Kismet es demasiado alto ahora que tu confesión sobre el accidente es pública.
Sloane cerró los ojos. El azar, ese que ella había decidido abrazar, acababa de darle su primer golpe bajo. Sin el dinero de Vance, "Las Cenizas" moriría antes de que la pintura de la cancha terminara de secarse.
—Yo tengo dinero —dijo Zadkiel, dando un paso al frente—. Lo que saqué de los combates ilegales antes de conocerte. Está en una cuenta que Silas nunca encontró.
—No es suficiente, Zadkiel —Sloane lo miró con tristeza—. Necesitamos medio millón solo para las licencias y el seguro estructural. El sistema nos está asfixiando por diseño. No quieren que este lugar exista porque es el recordatorio de que se puede jugar fuera de su tablero.
Fue entonces cuando Marcus extendió el fardo de documentos hacia ella.
—Por eso hemos hecho esto —dijo Marcus—. No somos solo nosotros. Hemos hablado con los antiguos alumnos, con los padres del barrio y con algunos de los profesores que Silas despidió a lo largo de los años. Hemos creado una cooperativa. No necesitamos a Vance, ni a la Fundación, ni a tu padre.
Sloane tomó los papeles con manos temblorosas. Eran miles de pequeñas donaciones, compromisos de trabajo voluntario y cesiones de derechos. Era la anatomía de una rebelión civil.
—Habéis... habéis recaudado esto en doce horas? —preguntó ella, su voz quebrándose.
—Tú nos enseñaste que el destino se construye, jugada a jugada —dijo el chico joven con una sonrisa—. Esta es nuestra jugada, Kismet. Ya no eres nuestra entrenadora por obligación legal. Queremos que seas nuestra Directora. Queremos que este lugar sea la primera academia de baloncesto que no analice solo el salto, sino la vida de los que saltan.
Sloane miró a Zadkiel, y vio en su rostro una satisfacción que superaba cualquier victoria en el búnker. Él sabía que este era el momento en que Sloane Kismet dejaba de ser una fugitiva para convertirse en una líder.
Las siguientes horas fueron de una actividad frenética. Sloane, Zadkiel y los chicos se quedaron en el gimnasio, trazando el plan de defensa legal contra el Consejo de Administración. Sloane volvió a su tableta, pero esta vez no estaba buscando puntos débiles para destruir; estaba buscando vacíos legales para proteger.
—Si registramos el centro como una entidad de interés social sin ánimo de lucro bajo el estatuto de "reparación histórica", el Consejo no podrá tocar el suelo durante cinco años —explicaba Sloane, sus dedos volando sobre la pantalla—. Y con la confesión de Dante sobre la manipulación de pruebas, podemos exigir que la universidad ceda el equipamiento deportivo que Silas confiscó a los clubes de barrio.
Zadkiel estaba sentado en la canasta, observándola con una intensidad que la hacía arder bajo la ropa.