Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 34: El Desahucio de los Dioses

El edificio de la administración central de Oakridge University se alzaba como un monolito de mármol y cristal, un templo dedicado a una excelencia que Sloane ahora sabía que estaba podrida desde los cimientos. El aire acondicionado era tan frío que parecía querer conservar los secretos que aún flotaban entre sus paredes. Sloane caminaba por el pasillo principal, el sonido rítmico de su bastón de fibra de carbono —una nueva adquisición que ya no intentaba ocultar— golpeando el suelo con la cadencia de un tambor de guerra.

A su lado, Zadkiel vestía una chaqueta de cuero limpia y jeans oscuros. No llevaba traje, pero su postura erguida y la mirada de depredador en calma hacían que los empleados que se cruzaban con ellos bajaran la vista, intimidados por la presencia del hombre que había ayudado a quemar el búnker del "Rey".

—Última oportunidad para dar media vuelta y resolver esto a mi manera, Reina —susurró Zadkiel, señalando con la barbilla a los dos guardias de seguridad que custodiaban la puerta de la gran sala de juntas—. Puedo hacer que este edificio entero entre en pánico en menos de cinco minutos.

Sloane esbozó una sonrisa gélida, una que no llegaba a sus ojos pero que irradiaba una confianza letal.

—Hoy no, Zadkiel. Hoy vamos a usar el sistema para canibalizar al sistema. Es mucho más satisfactorio ver cómo se destruyen usando sus propias leyes.

Los guardias les abrieron paso a regañadientes. Dentro, la Junta de Directores estaba sentada alrededor de una mesa de caoba que costaba más que la casa de cualquier chico de "Las Cenizas". En el centro, presidiendo la sesión, estaba el Rector interino, un hombre llamado Sterling que había sido la mano derecha de Silas durante quince años y que ahora intentaba desesperadamente presentarse como un reformador.

—Señorita Kismet —dijo Sterling, sin levantarse—. Esta es una sesión privada. Su servicio comunitario no le otorga el derecho de irrumpir en la planificación estratégica de esta universidad.

Sloane llegó al borde de la mesa y dejó caer la pesada carpeta con las firmas de la cooperativa y el USB de Belial Rook sobre la superficie pulida. El impacto sonó como un disparo.

—No vengo como Kismet, Sterling —dijo Sloane, apoyándose ligeramente en su bastón—. Vengo como la representante legal de la Cooperativa "Las Cenizas". He recibido vuestra notificación de desahucio por "falta de fondos y riesgo reputacional". Y estoy aquí para deciros que podéis meter ese documento en la misma trituradora donde intentasteis esconder los registros de las apuestas de Dante.

La sala se sumió en un silencio tenso. Uno de los directores, una mujer mayor con perlas que parecían apretarle la garganta, carraspeó.

—No puede amenazarnos, Sloane. Sus propias confesiones sobre el accidente de coche invalidan cualquier posición moral que pretenda adoptar. Usted es un riesgo para la marca Oakridge.

Sloane se inclinó hacia delante, invadiendo el espacio personal de Sterling.

—Hablemos de riesgos, entonces. El vídeo que tengo en este USB no solo muestra mi accidente. Muestra el coche de seguridad de la universidad escoltando al camión de logística. —Mintió con una precisión analítica que Silas habría envidiado—. Demuestra que la administración de Oakridge fue cómplice activa en la mutilación de una estudiante para asegurar un contrato de seguros de diez millones de dólares. Si este centro juvenil se cierra, este vídeo se convierte en propiedad de la red nacional en diez segundos.

Sterling palideció. Miró a los otros directores, buscando una salida que no existía.

—¿Qué es lo que quiere? —preguntó el Rector, su voz perdiendo toda la autoridad.

—Quiero la cesión vitalicia del terreno del centro juvenil a la cooperativa —sentenció Sloane—. Quiero el equipamiento que Silas robó a los barrios devuelto en cuarenta y ocho horas. Y quiero que Oakridge University emita un comunicado oficial reconociendo a "Las Cenizas" como su programa de impacto social preferente, financiado de forma irrevocable por el fondo de compensación de la universidad.

—Eso es una extorsión —susurró el director financiero.

—No —intervino Zadkiel, dando un paso adelante y apoyando sus manos tatuadas sobre la mesa de caoba—. Eso es una devolución con intereses. Y si creen que Sloane es dura, esperad a que yo decida hablar con la prensa sobre lo que vuestros hijos hacían en las fiestas de la fraternidad bajo la protección de Silas.

La capitulación fue rápida y silenciosa. Sterling firmó los documentos de cesión con una mano temblorosa. Sloane recogió los papeles, sintiendo por primera vez que el peso del apellido Kismet se transformaba en una herramienta de construcción masiva.

Al salir del edificio, el sol de la tarde bañaba el campus con una luz dorada que parecía irreal. Zadkiel la miraba con una expresión de orgullo contenido.

—Esa ha sido la mejor jugada táctica de toda tu carrera, Reina —dijo él, rodeándola con el brazo—. Los has dejado sin aire sin derramar una gota de sangre.

—Aún no hemos terminado, Zadkiel —respondió ella, mirando hacia el pabellón deportivo—. El sistema sigue ahí. Sterling y los suyos solo están asustados, no cambiados. Para que "Las Cenizas" sobreviva de verdad, tenemos que demostrar que nuestro modelo funciona mejor que el suyo.

Sin embargo, cuando llegaron al aparcamiento, se encontraron con una escena que no esperaban. Una pequeña multitud de estudiantes de Oakridge se había reunido alrededor de la moto de Zadkiel. No estaban allí para protestar. Muchos llevaban camisetas con el logo del fénix que Sloane había diseñado.

—¿Sloane? —una chica se adelantó. Era una de las jugadoras del equipo femenino de primer año—. Hemos leído lo de la cooperativa. Queremos ayudar. Muchos de nosotros no queremos jugar en una liga que se basa en lo que Silas hacía. Queremos entrenar con vosotros. En el barro.

Sloane sintió un nudo en la garganta. Durante años, ella creyó que su único legado sería el miedo. Ver a esos estudiantes, los mismos que antes la miraban como a una deidad inalcanzable, buscando una guía real, fue el golpe de gracia para su antigua identidad.




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