Reina de la Cancha, Rey del Caos

Capítulo 35: El Heredero del Rayo

El viaje hacia la costa de Oregón no fue la huida romántica que habían planeado semanas atrás. Con Elias, el hijo de Caleb, sentado en el asiento trasero del viejo todoterreno, la atmósfera estaba cargada de una electricidad estática. Zadkiel conducía en silencio, sus nudillos blancos apretando el volante cada vez que miraba por el retrovisor y encontraba los ojos de su sobrino. Eran los ojos de un muerto, los ojos de un pasado que Silas Kismet había intentado enterrar bajo capas de cemento y mentiras.

Sloane observaba el paisaje cambiar de los grises industriales de Oakridge a los verdes profundos y húmedos del noroeste. Su mente, siempre activa, intentaba procesar la nueva variable: Caleb Thorne no solo había sobrevivido, sino que había tenido un hijo en las sombras, esperando el momento exacto en que el imperio de Silas colapsara.

—Mi padre siempre decía que tú eras el fuerte, Zadkiel —dijo Elias rompiendo el silencio—. Decía que él era el rayo que atraía la tormenta, pero que tú eras la tierra que la soportaba. Por eso te dejó los cuervos. Sabía que tú no te romperías bajo el peso de la verdad.

Zadkiel no respondió, pero Sloane vio cómo una mandíbula tensa delataba el torbellino emocional que rugía en su interior. Llegaron a la cabaña de Oregón al anochecer. La estructura de madera se alzaba frente al Pacífico, desafiante contra el viento salino.

Dentro de la cabaña, bajo las tablas del suelo que Zadkiel mismo había reparado, Elias señaló un punto específico cerca de la chimenea. Tras unos minutos de forcejeo con la palanca, Zadkiel extrajo una caja de metal oxidada, sellada con cera y marcada con el blasón de la familia Thorne de hace dos décadas.

Sloane ayudó a abrirla. Dentro no había mapas de tesoros ni fajos de billetes. Había un dictáfono antiguo, varias fotografías amarillentas de Silas Kismet junto al padre de Zadkiel y un fajo de contratos originales de propiedad de tierras.

Zadkiel encendió el dictáfono. La voz que surgió de la cinta estaba llena de estática, pero el tono era inconfundible. Era Silas, veinte años más joven, pero con la misma arrogancia gélida.

“...el trato es sencillo, Caleb. Si tu padre firma la cesión de los terrenos del sector norte para la construcción del campus, le perdonaré la deuda de juego. Si no, mañana mismo el departamento del sheriff encontrará los registros de las apuestas ilegales en su despacho. Tú decides si quieres ver a tu viejo morir en prisión o si prefieres que los Thorne desaparezcan con dignidad.”

Luego, se escuchó la voz de un hombre joven, desesperado. Era Caleb.

“Estás robando nuestro legado, Silas. Mi padre no perdió ese dinero, tú manipulaste las cartas. Lo sé.”

“El azar no existe, muchacho. Solo existe el que mejor lee el tablero. Y yo ya he ganado.”

Sloane sintió un frío glacial. La universidad de Oakridge, el trono de su padre, se había construido sobre una extorsión directa a la familia del hombre que ella amaba. La ironía era tan perfecta que dolía.

—No fue una derrota de juego —susurró Zadkiel, apretando la foto de su padre—. Fue un robo a mano armada vestido de legalidad.

—Hay algo más —dijo Elias, sacando el último documento del fondo de la caja—. Es el acta de constitución de la propiedad. Debido a una cláusula de reversión de tierras de Oregón, si se demuestra que el contrato original fue obtenido bajo coacción o fraude, la propiedad de los terrenos universitarios no pasa al estado, sino que regresa a los herederos legales de los Thorne.

Sloane miró a Zadkiel. Sus ojos se abrieron de par en par al comprender la magnitud de lo que tenían entre manos.

—Zadkiel... si esto sale a la luz, tú no solo recuperas el nombre de tu familia. Te conviertes en el dueño legal del suelo sobre el que se asienta la universidad de Oakridge. Tienes el poder de cerrar la institución que Silas amaba, de demolerla o de transformarla por completo.

Zadkiel miró la caja y luego miró por la ventana, hacia el océano infinito. El poder que Silas tanto había ansiado, el control absoluto, estaba ahora al alcance de su mano. La venganza perfecta estaba servida en una bandeja de plata oxidada.




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