Estoy en casa con mi mate, Arhis. Hemos construido una vida juntos, una vida llena de amor y estabilidad, algo que jamás pensé que tendría. Cada día a su lado me hace sentir agradecida con la vida, como si finalmente hubiera encontrado el lugar al que pertenezco.
Sin embargo, hay una inquietud que nunca me abandona.
Paulina.
No saber nada de ella me atormenta.
Desde su desaparición, las cosas han cambiado de muchas maneras. Fabricio y yo hemos logrado forjar una amistad, algo que antes parecía imposible. También he estrechado lazos con Kate y su mate, encontrando en ellos una compañía reconfortante. Pero por más que mi entorno se estabilice, hay un vacío que no puede llenarse.
La manada también ha cambiado. Hay algo en el aire, algo que me hace sentir alerta. La luna Erika ha estado actuando de forma extraña. Nunca ha sido alguien ambiciosa, o al menos, eso creía. Pero últimamente insiste demasiado en que su hijo debe ser el próximo alfa. Su actitud es preocupante, y aunque nadie lo dice en voz alta, todos lo notan. Es como si esperara el momento perfecto para hacer un movimiento.
A pesar de eso, en Claro de Luna las cosas han estado relativamente tranquilas. No ha habido más ataques de vampiros desde que Paulina se fue con ellos, lo cual, en cierta forma, es extraño. También ha cesado la violencia entre las manadas vecinas. Es como si, con su desaparición, el mundo hubiera decidido entrar en una tregua silenciosa.
Pero la paz no significa olvido.
Todos siguen buscándola.
No importa cuánto tiempo pase, la esperanza de encontrarla con vida sigue latente en cada rincón del mundo. La idea de que pueda estar en peligro me quema el pecho, pero trato de aferrarme a la posibilidad de que esté bien. Paulina es fuerte. Siempre lo ha sido. Si alguien puede sobrevivir a lo que sea que esté enfrentando, es ella.
El sonido de la puerta abriéndose me saca de mis pensamientos.
-Ya vine -dice Arhis al entrar.
Levanto la vista y lo veo acercarse con paso firme. Sus ojos, aunque siempre reflejan amor al mirarme, hoy llevan consigo un matiz de tristeza.
Se inclina sobre mí y me besa con ternura, rodeándome con sus brazos. Es un refugio, un escudo contra todo lo que me atormenta.
-Hola, amor -susurra contra mi piel.
Cierro los ojos por un momento, permitiéndome disfrutar de su cercanía antes de responder.
-Hola -digo, aferrándome a él como si pudiera absorber su fortaleza-. ¿Alguna novedad?
Sé cuál será su respuesta antes de que la pronuncie, pero aun así, necesito preguntarlo.
Arhis es uno de los que salen casi a diario en busca de rastros de Paulina. No importa cuántas veces vuelva con las manos vacías, nunca deja de intentarlo. Pero cada día que regresa sin noticias, la frustración en su rostro es más evidente.
-No... -dice con voz apagada-. Es como si se la hubiera tragado la tierra.
Suspira y esconde el rostro en mi cuello. Su cuerpo, normalmente fuerte y seguro, ahora tiembla ligeramente contra el mío. Puedo sentir su angustia, su impotencia.
-Si no fuera por ella, tú y yo no estaríamos juntos... y jamás pude agradecerle -su voz se quiebra al decirlo.
Mis ojos se llenan de lágrimas.
Lo entiendo.
Paulina hizo más por nosotros de lo que ella misma sabe. Si no fuera por ella, nuestras vidas habrían seguido caminos distintos. Puede que, sin su intervención, jamás hubiéramos encontrado lo que tenemos ahora.
-Lo sé... Yo tampoco lo hice -susurro, acariciando su cabello con delicadeza-. Pero es Paulina... estará bien. La encontraremos.
No sé si lo digo para consolarlo o para convencerme a mí misma.
Arhis asiente lentamente, como si quisiera creer en mis palabras. Luego me besa de nuevo, con la desesperación de alguien que teme perder lo más valioso que tiene.
-No sé qué haría sin ti... -murmura contra mis labios.
Le sonrío con tristeza.
-Lo mismo digo... Seguro seguiría siendo una zorra.
Bajo la mirada, sintiéndome avergonzada por mi propio pasado.
Arhis no me deja sumergirme en la culpa.
-No lo eras, y no lo eres -dice con firmeza, tomando mi rostro entre sus manos.
No entiendo cómo puede verme de esa manera, cómo puede borrar con sus palabras la imagen que tengo de mí misma. Pero él siempre lo hace. Siempre encuentra la forma de hacerme sentir amada.
Una lágrima escapa de mis ojos y él la atrapa con un beso.
Me aferro a su cuello y lo beso con todo lo que siento.
En ese momento, no quiero pensar en la angustia, en la incertidumbre o en el miedo.
Solo quiero perderme en él.
Aferrarme a lo único que me mantiene en pie.
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Editado: 15.07.2026