Kate, Marcus y Lucía vendrán hoy. Solo pensar en ello me alivia un poco. Tenerlos cerca me ayuda a no perder la cabeza, a encontrar un poco de paz en medio del caos en el que se ha convertido mi vida. La casa siempre se siente menos vacía cuando están aquí. Especialmente Lucía...
Ella es un rayo de luz en medio de la tormenta, una pequeña estrella que brilla con una intensidad que parece imposible. Desde el momento en que llegó a este mundo, su presencia ha sido un bálsamo para el alma, una prueba tangible de que, incluso después de la oscuridad más profunda, la vida puede florecer. Llegó justo cuando más la necesitaba, cuando todo parecía derrumbarse y la desesperanza se filtraba en cada grieta de mi ser.
Su risa, su inocencia, su manera de ver el mundo con tanta curiosidad y amor han sido mi ancla en los momentos más oscuros. Ella no entiende del todo lo que ha sucedido. No sabe cuánta sangre y cuántas lágrimas se han derramado antes de que ella naciera, ni cuántas noches he pasado sin dormir, atormentado por el vacío que dejó Paulina. No entiende por qué a veces, cuando me abraza, mis brazos la estrechan con más fuerza de lo normal, como si temiera que también pudiera desaparecer.
Porque temo perderla.
Temo perder a cualquiera de ellos.
Desde que Paulina se fue, todo ha cambiado. Hay días en los que me despierto y el peso de su ausencia es tan abrumador que apenas puedo respirar. Hay noches en las que me siento frente a la ventana, con la mirada perdida en la luna, preguntándome dónde estará, si estará a salvo, si aún piensa en nosotros. Me torturo con la posibilidad de que haya olvidado quién era, de que no recuerde lo que tenía aquí, de que su corazón ya no anhele volver.
Pero luego la desesperación cede un poco y trato de convencerme de que eso no puede ser cierto.
Porque Paulina es fuerte.
Porque Paulina nunca se rendiría.
Porque Paulina es mi hermana, y sé que, donde sea que esté, en lo más profundo de su ser, aún nos recuerda, aún nos extraña.
Me aferro a eso.
A la idea de que ella sigue luchando, de que, de alguna manera, sigue buscando el camino de regreso a casa.
La busco en cada rincón, en cada sombra, en cada brisa que sopla entre los árboles. Espero escuchar su voz, ver su sonrisa, sentir su presencia, pero todo lo que encuentro es el eco de mis propios recuerdos.
Recuerdos que se aferran a mí, que me queman y al mismo tiempo me sostienen.
Como aquella noche en la cena.
Cuando Kate me dijo que estaba embarazada, ese recuerdo golpeó con más fuerza que nunca. Paulina y yo nos hicimos una promesa esa noche. Hablamos de nuestros cachorros, de lo que vendría en el futuro. Soñamos juntos con lo que algún día sería nuestra familia, con los momentos que compartiríamos, con la felicidad que construiríamos.
Era una promesa sencilla, pero llena de significado.
Nos prometimos que estaríamos ahí el uno para el otro cuando llegara el momento. Que nuestros cachorros crecerían juntos, como hermanos. Que seríamos una familia.
Pero ella no está aquí.
No estuvo cuando Lucía nació, no la ha visto dar sus primeros pasos, ni ha escuchado su dulce risa. No ha estado para ser la tía increíble que sé que sería. Y cada vez que miro a mi pequeña, cada vez que la veo crecer y aprender cosas nuevas, el dolor de su ausencia se hace más profundo.
Todavía conservo la cadena que le di aquella noche. Es un objeto pequeño, insignificante para cualquiera, pero para mí lo es todo. También tengo la pulsera que compartimos, aquella que llevábamos como un símbolo de nuestra unión, de nuestra lealtad inquebrantable.
Son lo único que me queda de ella.
Las miro constantemente.
Las sostengo cuando la tristeza amenaza con ahogarme.
Cuando la desesperanza se arrastra en la oscuridad y susurra en mi oído que quizás nunca la vuelva a ver, paso los dedos por la cadena, cierro los ojos y me aferro a la promesa que nos hicimos.
Porque aún la sigo buscando.
Sin descanso.
En cada rincón del mundo, en cada sombra de la noche, en cada rumor que pueda llevarme a ella.
He recorrido bosques enteros, atravesado ríos y montañas, seguido pistas que terminaban en nada. He enfrentado el desprecio de quienes creen que debería rendirme, de quienes piensan que es una causa perdida.
Pero no puedo rendirme.
No cuando sé que ella tampoco lo haría.
A veces, en las noches más silenciosas, creo escuchar su voz llamándome. Es un susurro lejano, casi imperceptible, pero lo suficiente para hacer que mi corazón se acelere. Me aferro a ese sonido, real o imaginario, como si fuera un hilo del destino guiándome hacia ella.
Porque tengo que encontrarla.
Porque sin ella, este hogar nunca estará completo.
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Editado: 15.07.2026