Reina ( I I libro )

Capitulo 13 - Juan Moon

El sol de la tarde caía suavemente sobre el jardín, tiñendo el cielo de tonos dorados y anaranjados. Una brisa ligera agitaba las hojas de los árboles, provocando un murmullo sereno que contrastaba con las risas y gritos de los niños que jugaban entre la hierba. Desde mi sitio, sentado en el viejo banco de madera que había resistido tantos años y tantas estaciones, los observaba con una mezcla de ternura y nostalgia.

Lucía corría descalza sobre la hierba, su vestido blanco ondeando con cada movimiento mientras esquivaba las manos de Kate y Marcus, que intentaban alcanzarla en un juego improvisado de persecución. Fabricio, siempre astuto y paciente, esperaba el momento exacto para lanzarse sobre ella y atraparla por sorpresa, mientras Erika, con su dulzura y paciencia, simplemente se reía al verlos correr.

Era un cuadro perfecto, una escena que cualquiera desearía atesorar en su memoria para siempre. Había algo casi mágico en la inocencia de los niños, en su capacidad de reír sin preocupaciones, de vivir cada instante como si el mundo entero no tuviera más importancia que el ahora.

Pero, mientras los miraba, una sombra oscura se aferraba a mi interior.

Desde hace un tiempo, algo dentro de mí se sentía... extraño. Al principio, lo ignoré. Pensé que era simplemente la edad, el peso de los años acumulándose poco a poco sobre mi cuerpo. Pero luego comenzaron las marcas.

Moretones, raspones, pequeños cortes en la piel. Aparecían de la nada, como si algo o alguien me lastimara mientras dormía. No recordaba haberme golpeado, ni haberme hecho daño durante el día, y sin embargo, cada mañana encontraba nuevas heridas en mi cuerpo. Algunas eran superficiales, casi imperceptibles, pero otras... otras eran lo suficientemente profundas como para hacerme preocupar.

Me aseguré de ocultarlas. Nadie más tenía por qué saberlo. ¿Para qué preocupar a los demás con algo que ni yo mismo entendía? Usaba camisas de manga larga, pantalones que cubrían bien mis piernas. Evitaba moverme bruscamente para no llamar la atención si algún dolor punzante aparecía de repente.

Pero lo que más me inquietaba no eran las heridas en sí, sino la sensación constante de que algo no estaba bien.

Esa sensación de ser observado.

Las noches eran las peores. En más de una ocasión, desperté con la piel fría, sintiendo que alguien estaba en la habitación conmigo. No podía ver nada en la oscuridad, pero el aire se sentía denso, como si una presencia invisible llenara cada rincón. Algunas veces escuchaba susurros, apenas perceptibles, pero ahí estaban, escondidos en las sombras de la noche.

Y luego estaba Erika.

Mi esposa, mi compañera de vida, la mujer con la que había compartido tantas alegrías y tristezas. Había confiado en ella durante toda mi vida... y sin embargo, ahora no estaba seguro de poder hacerlo.

No podía explicarlo. No tenía pruebas, ni razones concretas para desconfiar de ella. Pero algo dentro de mí me decía que no debía contarle sobre lo que estaba pasando. ¿Y si ella ya lo sabía? ¿Y si, de alguna manera, estaba involucrada?

Sacudí la cabeza, intentando apartar esos pensamientos. Era absurdo. No tenía sentido sospechar de la persona que había estado a mi lado por tanto tiempo. Pero, aun así, la duda persistía, como un eco insistente que se negaba a desvanecerse.

-¡Abuelo Juan!

La voz de Lucía me sacó de mis pensamientos, trayéndome de vuelta a la realidad con la suavidad de un rayo de sol tras una larga tormenta.

La vi correr hacia mí con sus pequeños brazos abiertos, su carita iluminada por una sonrisa radiante. Su risa cristalina resonó en el aire, llenando cada rincón del jardín con una alegría pura e inquebrantable.

No tuve tiempo de reaccionar antes de que se lanzara sobre mí, y en un reflejo instintivo, la levanté en mis brazos, sosteniéndola con la facilidad de quien lleva en sus manos el mayor tesoro del mundo.

-Dime, linda -le dije, acomodándola sobre mi regazo.

Lucía estiró sus pequeñas manos y comenzó a acariciar mi barba con curiosidad. Sus deditos recorrieron la textura áspera con una mezcla de asombro y diversión, hasta que finalmente soltó una carcajada traviesa.

-¡Da cosquillas! -exclamó, riéndose con esa inocencia infantil que era capaz de disipar cualquier preocupación.

No pude evitar sonreír, dejando que su alegría se filtrara en mí como un bálsamo contra la inquietud que me atormentaba.

-¿Sí? -pregunté con una sonrisa divertida.

Acerqué mi rostro a su pancita y froté mi barba contra ella con suavidad. Lucía soltó un grito entre risas, retorciéndose en mis brazos mientras intentaba escapar de las cosquillas.

-¡Abuelooo! -protestó, aún riendo, sin dejar de patalear en el aire.

Me reí con ella, disfrutando del momento, permitiéndome olvidar, aunque fuera solo por un instante, todas mis preocupaciones.

En esos pequeños instantes de felicidad, todo lo demás se desvanecía.

Pero sabía que no podía ignorarlo por mucho tiempo.

Las heridas, la sensación de ser observado, las noches llenas de susurros... nada de eso iba a desaparecer solo porque yo lo deseara. Algo estaba ocurriendo. Algo que no entendía, pero que no podía seguir ignorando.

Miré a Lucía, que ahora jugaba con mis dedos, enredando los suyos con los míos como si fuera un juego secreto entre los dos.

Tenía que protegerla.

Tenía que protegerlos a todos.

Y para hacerlo, debía descubrir la verdad.

Fuera cual fuera.




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