Reina ( I I libro )

Capitulo 16 - Margarita

-¿No es muy grande? -pregunto a Paulina mientras observo el vestido que acaba de llegar. Estamos en su habitación, y el imponente traje negro luce aún más majestuoso sobre el maniquí, como si tuviera vida propia y esperara el momento de ser usado.

Paulina niega con la cabeza, sonriendo con emoción. Hay un brillo en sus ojos, uno que pocas veces he visto, y me doy cuenta de que, a pesar de la serenidad que intenta proyectar, está emocionada. No solo porque el vestido es hermoso, sino porque es el símbolo de lo que está por venir.

-Solo lo usaré cuando me coloquen la corona -explica con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo-. Antes y después de la coronación, tendré otros.

Me mira con expectación antes de preguntar:

-¿Ya tienes el tuyo?

Asiento con una pequeña sonrisa.

-Es menos grande que el tuyo -bromeo, divertida.

Paulina bufa y cruza los brazos, fingiendo indignación.

Pero su vestido... su vestido no es simplemente un vestido. Es una obra de arte, un reflejo de lo que significa ser reina. La tela negra, de un brillo sutil, está decorada con diminutos destellos plateados que se distribuyen como si cada hilo capturara la luz de la luna. Pequeños cristales bordados a mano adornan el corpiño, añadiendo un resplandor casi hipnótico a cada movimiento. El escote, en forma de corazón, es pronunciado pero elegante, resaltando su porte sin caer en lo vulgar. Sin embargo, lo que más destaca es la capa que cae desde sus hombros hasta el suelo, una extensión de tela negra que parece haberse tejido con la mismísima noche. Entre sus pliegues se pueden ver bordadas constelaciones y estrellas, creando la ilusión de que Paulina llevará el cielo nocturno consigo cuando camine hacia su coronación.

Es hermoso. Majestuoso. Imponente. Y en este momento, siento que le pertenece completamente.

-¿Y el de mi tío? -pregunta, sacándome de mi asombro mientras acaricia con delicadeza la tela del vestido.

Sacudo ligeramente la cabeza antes de responder.

-Sí, ya lo tiene.

En ese momento, la puerta se abre lentamente.

-¿Se puede? -pregunta Oliver, asomándose al umbral.

-Sí -contesta Paulina sin apartar la vista de su vestido.

Cuando Oliver entra, su reacción es inmediata.

-Wow... tan extravagante como tu madre -comenta con una sonrisa divertida, recorriendo con la vista cada detalle del vestido.

Paulina suelta una risa ligera, pero yo, en cambio, observo a Oliver de reojo. Me es imposible no notar lo bien que se ve, lo natural que le resulta estar aquí, en esta habitación, como si siempre hubiese pertenecido a este lugar. A mi lado.

-Vine a avisarte que todas las invitaciones para los licántropos han sido entregadas -anuncia con tono formal.

-¡Sí! -chilla Paulina con entusiasmo, como una niña emocionada.

Oliver la mira con cariño, con ese orgullo que se refleja en cada línea de su expresión.

-Dos días más y serás reina -dice con un tono más bajo, pero lleno de significado.

Ella le devuelve la mirada y asiente con una sonrisa. Yo, por mi parte, lo observo en silencio, sintiendo cómo un leve sonrojo se instala en mis mejillas.

Un mes y seré tu esposa, pienso, incapaz de contener una sonrisa.

Es extraño cómo el tiempo parece moverse de maneras diferentes. Para Paulina, estos días han sido largos, llenos de preparativos, de reuniones, de decisiones. Pero para mí, el último mes ha pasado en un parpadeo. Como si cada segundo que comparto con Oliver hiciera que todo lo demás desaparezca.

-Espero que tengas todo listo, tío... -dice Paulina, cruzándose de brazos-. Margarita y yo nos hemos esforzado mucho en la preparación de todo para que salga bien. Lo mínimo que puedes hacer es verte guapo.

Oliver suelta una carcajada.

-Yo siempre ando guapo.

Paulina y yo reímos ante su desbordante confianza.

-Entonces tendrás que verte más guapo -insiste ella, acercándose para dejarle un beso en la mejilla-. Iré a revisar el salón de fiestas, quiero asegurarme de que todo esté en orden.

Dicho esto, se aleja con paso ligero y sale del cuarto.

Oliver la sigue con la mirada y, en un tono burlón, comenta:

-Tenía que ser hija de su madre.

Ruedo los ojos y río también.

-Es una Doin, ¿qué esperabas? -digo con diversión mientras me acerco a él y lo rodeo con los brazos por la cintura.

Él sonríe y deposita un beso en mi frente antes de envolverme en un abrazo cálido.

Cierro los ojos un momento, disfrutando la sensación de estar entre sus brazos. Su calidez me envuelve, su aroma familiar me rodea, y por un instante, el mundo entero se reduce a este momento, a este espacio entre nosotros.

-No esperaba menos -responde, mirándome a los ojos con intensidad.

Su mirada es tan profunda que siento que puede ver todo dentro de mí, cada pensamiento, cada emoción que trato de ocultar. Y la forma en que sus manos se aferran a mi cintura, como si no quisiera soltarme, me hace sentir que este es mi lugar. Que no hay otro en el mundo donde prefiera estar.

Acaricio suavemente su mejilla, sintiendo la leve aspereza de su barba bajo mis dedos. Me gusta esa sensación, la forma en que su piel reacciona al contacto, el leve suspiro que deja escapar cuando le toco.

-Un mes... -susurro, apenas consciente de que he dicho las palabras en voz alta.

Oliver inclina la cabeza con una sonrisa ladeada.

-Un mes -repite, con una promesa en la mirada.

Entonces, sin decir nada más, inclina el rostro y presiona sus labios contra los míos en un beso lento, pausado, lleno de algo más que deseo. Es una afirmación, una confirmación de lo que viene, de lo que ya es nuestro.

Y mientras nos perdemos en el beso, mientras el mundo se desvanece a nuestro alrededor, sé con absoluta certeza que no hay nada en esta vida que quiera más que a este hombre.

Un mes...

Y todo cambiará para siempre.




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