—¿Seguro usarás eso? —pregunto a Fabricio mientras lo observo frente al espejo. Estamos en una de las tiendas de la manada, buscando los trajes para la dichosa coronación de la vampira.
—Sí —se encoge de hombros, mirándome a través del cristal—. No quiero impresionar a nadie, y voy porque no tengo de otra… —baja del pequeño escaparate y camina de vuelta al vestidor—. Voy a cambiarme.
Sin más, desaparece tras la puerta, dejando su traje sobre su antebrazo.
Me quedo allí, con la mirada fija en el espejo, sin realmente ver lo que está frente a mí. La tienda está llena de trajes brillantes, colores vivos y telas de lujo, pero nada de eso parece tener importancia. A pesar de que es la "fiesta de coronación", el evento más importante para los vampiros, no siento ni una pizca de emoción. El bullicio de la tienda, el sonido de los empleados y el murmullo de otras personas eligiendo atuendos para sus propios eventos parece venir de un mundo ajeno al mío.
Juan —me llama Erika desde uno de los vestidores.
—¿Sí, amor? —volteo la mirada hacia la cortina del vestidor donde se encuentra.
En cuanto sale, mis ojos recorren su figura. Viste un elegante vestido de dos tonos: azul en la parte inferior y negro en la parte superior. La tela tiene un brillo sutil, casi como si hubiera sido rociada con escarcha, y la falda cae hasta el suelo con una caída fluida. Erika sonríe con emoción, la única de nosotros que parece estar disfrutando esto.
"¿Por qué no me causa nada verla así?" La voz de mi lobo resuena en mi cabeza con frustración. "Se supone que debería encenderme con solo verla… como antes. Pero no siento nada."
Es como si todo lo que alguna vez sentí por ella se hubiera desvanecido con el tiempo, como si la chispa que mantenía nuestro vínculo vivo ya no estuviera ahí. Es una sensación incómoda, de vacío, de estar atrapado en un lugar donde ya no encajo. Me esfuerzo por devolverle una sonrisa, pero es una sonrisa vacía, casi forzada. He intentado bloquear la creciente apatía que siento, ignorarla como si no estuviera sucediendo, pero el dolor de la desconexión se ha ido acumulando, y ya no sé cómo callarlo.
Apretando la mandíbula, me obligo a sonreír.
—Te ves muy bella, amor —le digo, inclinándome para besar sus labios cuando me acerco a ella.
Erika sonríe más, su mirada color miel brilla con un matiz que decido ignorar, como lo he venido haciendo desde hace mucho.
"¿Cuánto tiempo puedo seguir así? ¿Actuando, pretendiendo que todo sigue igual cuando sé que no lo está?"
—Gracias —dice con dulzura—. Voy a cambiarme para ir a caja y pagarlo.
Asiento sin decir nada más, y la observo desaparecer de nuevo tras la cortina. La dejo irse, como siempre lo hago. La dejo escapar a su mundo donde todavía hay esperanza, mientras yo me quedo aquí, atrapado en la grisura de mis pensamientos.
—Ya estoy listo, papá.
La voz de Fabricio me saca de mis pensamientos. Cuando volteo, lo veo salir del vestidor con el traje gris en las manos.
Me cuesta mantener la concentración. La idea de la fiesta, de la coronación, de estar rodeado de vampiros, de mentiras, intrigas y máscaras, me agobia. Hay algo turbio en todo esto, y no puedo evitar sentir que en algún momento, las cosas se saldrán de control. Lo noto en mi estómago, esa presión incómoda que nunca se va, como una sombra que se cierne sobre todo lo que hacemos.
—Busquemos el tuyo ahora —dice con tono neutral.
—Que sea azul —respondo sin emoción, recordando el color del vestido de Erika—. Es el color del vestido de Erika.
Meto las manos en los bolsillos de mi pantalón negro y él asiente con indiferencia antes de caminar conmigo en busca del traje que usaré esa noche. Es curioso cómo, a medida que el tiempo avanza, parece que todo se vuelve más mecánico. Ya no tengo ganas de luchar contra el inevitable. Me siento como un actor en una obra que no entiendo, donde no hay espacio para la improvisación. Sólo seguir las líneas, hacer lo que se espera, estar donde se supone que debo estar.
(...)
—Este entonces —le digo a Fabricio mientras me observo en el espejo.
El traje azul que elegí resalta mis facciones, y la corbata negra mantiene la armonía con los tonos del vestido de Erika. No es que me importe demasiado, pero al menos evito comentarios innecesarios.
No sé qué esperar de esa noche, de esa coronación. Ni siquiera sé si quiero estar allí, rodeado de vampiros y traiciones. Hay algo en todo eso que me hace sentir más distante de mi propia naturaleza. Como si estuviera jugando un juego en el que no sé cuáles son las reglas, pero que tengo que seguir jugando. La sensación de no pertenecer, de ser un extraño entre los propios, me carcome por dentro. Pero, ¿qué más puedo hacer? ¿Qué otra opción tengo?
—Te queda muy bien, papá —dice Fabricio desde el sofá, con los brazos cruzados, mirándome a través del reflejo.
Me siento extraño, como si la persona que veo frente al espejo no fuera realmente yo. Es una versión de mí que se ha ido construyendo con el tiempo, adaptándose a las expectativas de los demás, a lo que se espera de mí. Pero hay algo en mi interior que me dice que, aunque todo en el exterior esté perfecto, dentro de mí hay un vacío que nada de esto puede llenar.
—Voy a cambiarme —murmuro, bajando del pequeño pedestal y caminando de regreso al vestidor.
Me detengo un momento antes de entrar. En mi reflejo veo a un hombre que ya no reconozco completamente. Y por un instante, me pregunto: ¿quién soy realmente? ¿El hombre que está dispuesto a ir a esa fiesta para cumplir con una obligación o el hombre que en su interior ya ha renunciado a todo lo que alguna vez fue?
#872 en Fantasía
#3970 en Novela romántica
amor mates lobos vampiros, realeza olvido recuerdos reencuentro
Editado: 15.07.2026