Reina ( I I libro )

Capitulo 22 - Fabricio

Llegamos al castillo. La estructura se alza imponente ante nosotros, con su piedra antigua bañada por la tenue luz de la luna, como una fortaleza que ha presenciado siglos de historia. Cada rincón parece guardador de secretos, sus paredes impregnadas de susurros del pasado, como si el castillo mismo hablara a través del tiempo. El aire es fresco, cargado con una humedad que se mezcla con la sensación de lo antiguo, un aire que parece detenerse en cada grieta, en cada esquina, guardando memorias y promesas olvidadas. Al cruzar las puertas principales, un aroma dulce y embriagador inunda mis sentidos.

Frambuesa y coco seco.

El perfume es tan penetrante, tan invasivo, que siento cómo mi lobo, Matt, se inquieta dentro de mí, su presencia se agita en mis entrañas. Un leve gruñido bajo se forma en mi garganta, como si mi naturaleza salvaje intentara advertirnos de algo que aún no comprendemos. El aire cargado de ese aroma se vuelve una amenaza, como si la misma esencia que lo rodea tratara de atraparnos, de confundirnos, de arrastrarnos hacia algo o alguien que no reconocemos. Mi instinto animal se despierta, se alerta, se enfrenta a algo que no puede identificar completamente. Algo extraño, algo fuera de lugar, algo que no se siente como lo que debo estar buscando.

No es el aroma de Paulina.

Mi mente reacciona con firmeza, mi cuerpo se detiene por un momento, mientras mi alma se estremece al sentir la ausencia de lo que más quiero. Ese aroma, tan dulce, tan embriagador, no me pertenece, no es el que siempre he sentido en mi piel, no es el que siempre me ha acompañado en mis sueños. No es la fragancia de Paulina, ese perfume cálido y reconfortante que tiene la capacidad de tranquilizarme, de darme paz. El aroma de Paulina es como un refugio, una promesa que me sostiene incluso en los momentos más oscuros.

No me importa.

Mi mente se concentra, mis pensamientos se vuelven agudos, se tornan claros como el cristal en un instante. Mi corazón late fuerte, con determinación, sin titubear. Si esa persona llega a reclamarme como suyo, si llega a desafiarme, la rechazaré sin dudarlo. No hay espacio en mí para nada ni nadie más. Mi alma está sellada, marcada por Paulina. Nadie más tiene derecho sobre mí, nadie más tiene la capacidad de arrebatarme lo que he entregado tan plenamente.

No soy de nadie más. No lo seré nunca.

Esta verdad me pesa en el pecho como un grillete invisible, pero al mismo tiempo me da fuerza. Es mi ancla, la certeza que me mantiene firme, que me impide caer en la confusión. Mi cuerpo, mi alma, todo lo que soy, le pertenece solo a Paulina. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará. La intensidad de esa declaración resuena en lo más profundo de mi ser, retumbando en mi mente con la fuerza de un eco que no se apaga. Esta certeza se graba a fuego en mi pecho, como una marca imborrable que ni el tiempo ni la distancia pueden borrar. No importa lo que suceda, no importa lo que el mundo me arroje, mi destino está atado al suyo. No puedo traicionar eso, no quiero traicionar eso.

El pensamiento de traicionar esa promesa me es ajeno, imposible. Mi vida no tiene sentido sin ella, sin Paulina, sin su amor, sin su presencia. A pesar de todo lo que he vivido, de todo lo que me ha tocado enfrentar, mi corazón sigue siendo suyo. Mi alma sigue perteneciendo a la mujer que una vez fue mi refugio, mi razón de ser. Es ella la que ha marcado mi camino, la que ha dejado una huella imborrable en mí, y esa huella nunca desaparecerá.

Pero, a pesar de la firmeza con la que me aferro a este sentimiento, un dolor sutil comienza a asomar en lo más profundo de mis pensamientos, como una sombra que se niega a desaparecer. La angustia es pequeña al principio, apenas perceptible, pero con el tiempo va ganando terreno, como una marea que sube lentamente. Y tal vez… tal vez jamás vuelva a verla, jamás vuelva a ver sus cabellos dorados al reflejo del sol, jamás vuelva a ver esos preciosos ojos celestes que brillan como estrellas en la oscuridad, esos ojos que siempre han sido mi guía, mi faro en la tormenta.

Ese pensamiento se clava en mi pecho como un puñal afilado, profundo, doloroso. La idea de perderla definitivamente me arrastra a un abismo de desesperación. ¿Qué pasa si esta es la última vez que la veo? ¿Qué pasa si todo esto termina de una manera que ni siquiera imagino? El miedo me consume por un segundo, y me encuentro congelado en ese pensamiento, perdido en esa posibilidad que me oprime el pecho. La ansiedad se instala en mi mente como una niebla densa que no me deja respirar, y por un momento siento que todo lo que he vivido, todo lo que he luchado por mantener, podría desvanecerse en un instante.

Pero, al igual que el perfume que me rodea, esa angustia se disipa tan rápido como llega, porque hay algo más fuerte en mi pecho que me dice que no importa lo que pase. No importa lo que el futuro me depare, no importa cuántas veces me enfrente a la oscuridad, lo único que importa es que, en algún lugar de mi mente, mi corazón sigue siendo solo de Paulina.

A pesar de que la incertidumbre se cierne sobre nosotros, a pesar de que la distancia entre nosotros podría crecer hasta hacerla inalcanzable, la verdad es que no puedo dejar de aferrarme a la esperanza. Porque, aunque mi mente me dice que no tengo control sobre lo que el futuro me depara, mi corazón sigue esperando, sigue guardando un lugar para ella. Un lugar que no está ocupado por nadie más, que no está condicionado por el paso del tiempo ni por las circunstancias. Como si nada hubiera cambiado, como si ella no hubiera sido arrancada de mi lado de forma tan abrupta. La idea de que ella vuelva a mí es lo único que me da fuerzas para seguir.

Quizás todo lo que necesitamos es un último intento, un último sacrificio para que todo encaje de nuevo. Quizás la vida simplemente está esperando a que me atreva a dar ese paso hacia ella, a recorrer cualquier distancia, a desafiar cualquier miedo para encontrarla de nuevo. Tal vez todo lo que necesitamos es un último esfuerzo, una última prueba que demuestre que nuestro amor, nuestra conexión, es más fuerte que cualquier obstáculo.




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