Los invitados comienzan a llegar poco a poco, y con cada uno que entra, la tensión en el aire se vuelve más palpable. Vampiros y licántropos, especies que han estado en guerra durante siglos, ahora se ven obligados a convivir en el mismo espacio, bajo el mismo techo, sin que nadie haya muerto... todavía. El concepto de paz parece frágil, como un cristal al borde de romperse. Los susurros y miradas furtivas cruzan entre ellos, como si cada uno estuviera buscando la oportunidad perfecta para desatar una chispa. Y no se trata de una chispa de amor, sino de guerra.
Nunca imaginé que presenciaría algo así. Vampiros y licántropos, históricos enemigos, ahora compartiendo un mismo lugar, incluso encontrando a sus mates o tua cantantes entre sí. Eso es lo más sorprendente. He visto a un vampiro sonreír ante un licántropo, una sonrisa sincera, como si fuera el comienzo de algo nuevo. Nunca pensé que vería un momento como ese, uno tan... desafiador para todo lo que hemos creído. Es un cambio inevitable, parece. Uno que ni siquiera los siglos de guerra pudieron detener. Y ahora, aquí estamos, preparándonos para una nueva reina, una que promete ser diferente a todas las que hemos conocido. Me pregunto si ese cambio significará la paz definitiva o solo será el preludio de algo aún más peligroso.
Un escalofrío recorre mi espalda al recordar un pequeño detalle, un detalle que he tratado de dejar atrás, pero que sigue acechándome como una sombra. El nombre de Claro de Luna resuena en mi cabeza, y una ola de ansiedad me sumerge por un momento. "No quiero morir..." pienso, apretando los dientes mientras intento mantener mi expresión lo más neutral posible. La idea de que Paulina se entere de que he invitado a Claro de Luna es una pesadilla que no quiero ni imaginar. "Estoy muerto." Es un pensamiento que se repite una y otra vez, como un eco que no puedo silenciar.
Sacudo esa idea de mi cabeza con rapidez, concentrándome en el momento presente. No puedo permitirme perder la calma ahora. Sonrío, dejando que la fachada de seguridad vuelva a tomar su lugar. Me esfuerzo por ser el anfitrión perfecto, un anfitrión que está seguro de sí mismo, que no permite que sus propios miedos lo traicionen. Los invitados empiezan a llenar la sala, y la música suave que emana de los candelabros parece mezclar susurros con risas nerviosas, creando una atmósfera cargada de incertidumbre. La multitud, vestida con sus mejores galas, se mueve lentamente por la sala, sus voces bajas, como si tuvieran miedo de interrumpir algo sagrado, algo que aún no entienden.
A mi lado, Margarita, mi tua cantante, mi pareja y futura esposa, se mantiene a la altura de la situación. Su elegancia es innegable, su porte firme y seguro. Saluda a cada nuevo asistente con una cortesía exquisita, con la mirada penetrante y el control absoluto de cada gesto. La distinción que proyecta en cada movimiento es tal que, a pesar de la mezcla de especies que se congrega a nuestro alrededor, no parece verse afectada. Es como si estuviera por encima de todo esto, completamente ajena al caos que se gesta. Pero yo sé que no lo está. Margarita es astuta. Siempre está observando, escaneando la sala en busca de cualquier amenaza potencial. Su mirada parece buscar a los más peligrosos, a los que podrían romper esta frágil tregua. Y sé que, aunque no lo diga, lo ve todo.
Mi traje de gala negro me ajusta a la perfección. La tela, suave y brillante bajo la luz de los candelabros, resalta mi complexión alta y esbelta, dándome ese aire aristocrático que siempre acompaña a un vampiro de mi estatus. Margarita siempre me dice que el contraste entre mi piel pálida y el negro de mi traje es perfecto, como una obra de arte bien ejecutada. Pero en este momento, mi mente está más centrada en los detalles pequeños, los detalles que podrían ser la diferencia entre una noche memorable y una catástrofe total. Cada invitado que entra es un potencial enemigo, y yo debo ser el que guíe a todos en este delicado juego. Soy el anfitrión, y eso significa que no puedo fallar.
Margarita está radiante, como siempre. Su vestido blanco con detalles plateados refleja la luz de manera impresionante, como si su propia presencia fuera capaz de alterar el ambiente a su alrededor. El corset, ajustado al torso, resalta la curva natural de su cuerpo, y el tul que cubre sus hombros le da un aire etéreo, como si no fuera completamente de este mundo. Su máscara blanca, adornada con detalles en plata y piedras pequeñas incrustadas, no hace más que enfatizar el misterio en sus ojos oscuros, un brillo enigmático que no pasa desapercibido para nadie. Ella es hermosa, pero también peligrosa. Y esa dualidad en ella es lo que me atrae, lo que me mantiene cautivo.
Giro levemente hacia ella, un suspiro se escapa de mis labios antes de susurrarle al oído con una sonrisa fingida.
—Si Paulina me mata, espero al menos que vengas a mi funeral.
Su respuesta es rápida, su mirada dura como el acero, pero sus labios se curvan en una sonrisa suave, casi irónica. La tensión en su rostro se disuelve por un momento, pero no es suficiente para esconder el peligro que también se esconde detrás de esos ojos. Margarita es una mujer que no se deja llevar por el pánico. Y, en este momento, sus palabras tienen el poder de hacer que me sienta un poco más aliviado.
—No te preocupes, amor. Si te matan, yo misma reviviré a Paulina para que lo haga de nuevo.
Su risa suave me deja una sensación amarga en la boca del estómago. El temor, esa sensación de impotencia, regresa por un instante. Trago saliva con esfuerzo, sintiendo cómo el miedo se asoma nuevamente, esta vez más fuerte, como una sombra oscura que amenaza con devorarme. Esta noche va a ser… interesante. Y en lo más profundo de mi ser, sé que no hay vuelta atrás. Las decisiones que tome hoy marcarán el curso de lo que está por venir. Y quizás, solo quizás, esta noche sea el comienzo de algo mucho más grande de lo que puedo imaginar.
#872 en Fantasía
#3970 en Novela romántica
amor mates lobos vampiros, realeza olvido recuerdos reencuentro
Editado: 15.07.2026