El salón está lleno de vida, de murmullos, risas, y los tintineos de copas de cristal que se chocan en una celebración aparentemente festiva. Pero para mí, el aire está denso, cargado de una energía opresiva que me ahoga a cada respiro. Mi mente sigue atrapada en un torbellino de pensamientos y emociones que no parecen querer detenerse. La música suena suave, pero todo lo que puedo oír es el latido acelerado de mi propio corazón, que retumba en mis oídos como un tambor.
¿En qué momento todo esto se volvió tan complicado?
La corona sobre mi cabeza es un símbolo de poder, pero en este momento se siente más como una condena. Como un peso imposible de soportar, algo que me ata al destino de todos los que están aquí. Vampiros. Licántropos. Mi propio clan. Los ecos de las conversaciones a mi alrededor parecen no alcanzarme. Cada paso que doy hacia la tarima resuena en mi mente con una fuerza sobrehumana, como si el suelo bajo mis pies se estuviera partiendo lentamente, llevándome hacia lo desconocido. Cada mirada dirigida hacia mí pesa más que la anterior, y mi piel, fría como siempre, parece arder con el peso de la expectación.
Mi cabeza está llena de pensamientos encontrados. En mi mente, las voces de mis espíritus internos gritan, luchan por salir, por hacerse escuchar. Star, mi vampira, se siente rechazada. La loba, mi otra mitad, mi animal, está llena de frustración. Ambas gritan por una respuesta, por un reclamo. Pero no puedo. No puedo ahora. No quiero hacerlo. No en este momento.
A pesar de la incomodidad, me obligo a mantener la calma. Estoy cerca de ser la reina, me repito como un mantra, como si esas palabras fueran suficientes para callar las inquietudes que me atormentan. No puedo dar marcha atrás. La coronación es la clave de todo lo que he luchado para conseguir. No importa lo que sienta, no importa el miedo que se arremolina en mi estómago, ni la ansiedad que me consume al pensar en lo que se viene. El futuro está ante mí, y no tengo opción más que seguir adelante.
Mis pasos son firmes, pero mis pensamientos están lejos. En algún lugar de la multitud, veo a mi tío. Su presencia es imponente, pero la tensión en su rostro me dice todo lo que necesito saber. Está nervioso. Lo puedo sentir a pesar de su fachada de calma. Algo no encaja, y no sé qué es, pero esa incertidumbre me consume. ¿Por qué me ha puesto en esta posición? Sus ojos se encuentran con los míos, y por un momento, el mundo parece desvanecerse. Hay algo oscuro en su mirada, algo que no me gusta. ¿Qué está planeando? ¿Qué sabe él que yo no? Cada vez que lo miro, la duda se clava en mi pecho como una daga afilada. Pero no puedo dejarme llevar por esa sensación. No ahora.
El peso de la corona que se aproxima me hace sentir más ligera y más pesada al mismo tiempo. Es como si todo mi ser estuviera a punto de desmoronarse, pero también como si estuviera a punto de renacer. Mi madre… la memoria de su reinado, su lucha, sus secretos… están en todas partes, y sin embargo, siento que me escapo de su sombra. Esta es mi coronación, no la suya, pero la herencia de su poder se siente aplastante sobre mis hombros.
Margarita está a mi lado, su presencia es tranquilizadora, pero incluso ella parece tensa. Su mano, que normalmente es cálida, ahora se siente fría al rozar la mía. Hay algo que no puedo descifrar en su mirada, algo que no se alinea con la seguridad que siempre he visto en ella. ¿Será que ella también siente el peso de la noche, de lo que está a punto de ocurrir?
La corona de mamá. La que llevará mi cabeza esta noche. El símbolo de nuestra familia. He visto cómo mi madre la llevaba con tanta gracia, pero ahora, al sostenerla, siento que me quemará. ¿Soy yo quien debe ser coronada, o es simplemente una mujer que camina hacia su destino sin poder escapar? Los nervios me recorren, me queman por dentro.
Margarita se acerca, casi como si intuyera lo que estoy pensando, y me dice en voz baja:
—Todo está bien. No dejes que nada ni nadie te desvíe.
Sus palabras son un susurro, pero lo que hay en ellas me da un poco de consuelo. Al menos, por un momento, parece que puedo respirar.
Pero entonces, el aroma me golpea. Miel y menta.
Es tan fuerte, tan embriagador, que me detengo en seco. Es el mismo aroma que me ha estado acosando desde el inicio de la velada, pero ahora es más intenso, más cercano. La intensidad de la fragancia es suficiente para que mi cuerpo se estremezca. Mis sentidos se agudizan y, de alguna manera, algo dentro de mí se despierta con fuerza. Esa melodía, la que he oído al principio de la noche, vuelve a sonar en mi mente. ¿Qué significa?
Mis ojos buscan con desesperación a mi alrededor, y entonces lo veo. Claro de Luna. Su presencia está como un peso invisible, una presión que no puedo ignorar. ¿Qué hace él aquí? Mi mente explota con la pregunta, pero no obtengo respuestas, solo más preguntas. Mi mate está aquí, justo en medio de todo esto. ¿Por qué? ¿Por qué ahora? ¿Y por qué se encuentra tan cerca? El destino parece jugar conmigo de una manera cruel, y ahora más que nunca, no puedo soportarlo. Mi corazón late con fuerza, más rápido, más fuerte. El aroma, la sensación en mi cuerpo, todo se está desbordando.
"No puede ser", me digo a mí misma, pero la realidad me golpea como un rayo. Él está aquí. Y mi mundo se tambalea. ¿Por qué no lo vi antes? Mi cuerpo reacciona sin que yo pueda controlarlo. ¿Por qué mi mate está aquí, justo cuando estoy a punto de asumir este poder?
El pánico comienza a infiltrarse en mi sistema, y todo lo que siento es una necesidad de huir, de salir de este escenario, de esta situación, pero no puedo. Mis piernas se mueven como si estuvieran atadas a la tierra, y la presión se vuelve insoportable.
Margarita se acerca a mí, notando mi tensión. Su rostro refleja preocupación, pero ella no dice nada. No es necesario. Ella sabe. Porque no importa cuánto lo intente, no puedo ocultar lo que está pasando. Lo que siento. Lo que él provoca.
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Editado: 15.07.2026