La tensión en el ambiente es palpable. Cada palabra que Oliver pronuncia parece aumentar la presión que siento en el pecho, como si una cuerda invisible me estuviera apretando poco a poco. La chica, con su vestido blanco que resplandece bajo las luces, parece estar disfrutando del momento, pero hay algo en su actitud que me pone los nervios de punta.
—¿Qué estamos haciendo aquí los licántropos?—, me pregunto una vez más, sintiendo la ira burbujear en mi interior. ¿Por qué seguimos jugando al juego de los vampiros? ¿Qué demonios estamos haciendo en este salón? La mirada fija de Oliver me irrita, su arrogancia, su exceso de confianza, su tono como si todo esto fuera algo que debiéramos aceptar sin cuestionarlo. Me dan ganas de matarlo, de hacerle callar esa boca que pronuncia palabras vacías, como si de verdad creyera que lo que está pasando aquí es algo bueno, algo que nos traerá algún tipo de beneficio.
—¿Qué gran cambio? ¿Qué se supone que está pasando?— Mis pensamientos van a mil por hora mientras observo todo lo que sucede a mi alrededor. Y entonces, esa chica. La corona dorada con perlas azules. "Esmeralda", repito para mí mismo, sintiendo una punzada en el estómago. Mi mente se tambalea por un segundo, el aire se vuelve más denso, y mi cuerpo se tensa involuntariamente. Es la corona de Esmeralda. La misma corona que se dice que ha sido parte de nuestra historia, que ha estado guardada en las leyendas del clan, que muchos creían perdida. Y ahora, ahí está, en la cabeza de una desconocida.
Erika me observa, notando mi reacción, pero ni siquiera le presto atención. Su mirada es de preocupación, de confusión, pero lo único que puedo hacer es mantenerme enfocado en la chica. Algo no encaja, algo no está bien, y cada fibra de mi ser me dice que esta no es una coincidencia.
Oliver sigue hablando, pero las palabras que salen de su boca no tienen significado para mí. Todo lo que puedo escuchar es el eco de la voz de la chica y la imagen de la corona en su cabeza. Esa corona... La corona de Esmeralda... es un símbolo de algo más grande, algo mucho más antiguo, y no sé qué tan bien estamos preparados para lo que eso implica.
La chica se agacha, y el gesto parece tan sencillo, tan natural, que me siento incómodo al ver cómo la corona se posa sobre su cabeza, como si fuera lo más normal del mundo. Pero lo que más me perturba no es la coronación en sí. Es su sonrisa. Esa sonrisa tan segura, tan perfecta, que me hace sentir algo en el pecho. No sé si es una sensación de temor, de celos, o algo aún más profundo y oscuro. Pero esa sonrisa no es normal. No debería ser tan confiada, tan llena de... poder.
—Sólo es una reina de los vampiros, ¿qué puede hacer ella por nosotros?—, pienso, tratando de racionalizar lo que estoy sintiendo. Pero algo dentro de mí me grita que esta no es una coronación cualquiera. Esta es una coronación que cambia las reglas del juego. El hecho de que haya elegido esta chica para poner la corona de Esmeralda sobre su cabeza... hay algo de todo esto que me da miedo, algo que no puedo entender.
Aplauden. Los vampiros aplauden, claro, y también los licántropos, aunque sus aplausos suenan forzados, como si estuvieran simplemente siguiendo el protocolo. Mi corazón late con fuerza, demasiado rápido. La sala se llena de un ruido ensordecedor, pero es como si todo a mi alrededor se desvaneciera. Sólo puedo escuchar mi respiración, mi sangre retumbando en mis oídos.
La chica se reincorpora. La nueva reina. Esa sensación de incomodidad se intensifica cuando me doy cuenta de que ella no parece ser simplemente una figura decorativa. No es una reina común. Algo en su actitud, en su forma de moverse, me hace pensar que ella tiene mucho más control del que debería. Pero lo que me atrapa por completo son sus ojos.
Ella dice algo más, y su voz me cala hondo. Está nerviosa, lo noto, pero eso no hace que la situación sea menos inquietante. ¿Qué se supone que está haciendo? ¿Por qué está tan nerviosa? Eso no concuerda con lo que la corona representa. Si es realmente una reina, ¿por qué parece tan insegura? Algo está mal, algo no encaja. Pero lo peor de todo es que no tengo la menor idea de qué está pasando.
Mis pensamientos se enredan, y antes de darme cuenta, mis piernas se mueven solas, llevándome hacia la tarima, acercándome más a ella. A mi lado, Erika sigue tratando de mantener el control, pero en el fondo, sé que ella también está igual de confundida que yo.
Es entonces cuando la reina pronuncia las palabras que me hacen detenerme en seco: El despojo de las máscaras.
Mis ojos se abren de par en par, y mi mente comienza a desbordarse. Las máscaras. Las máscaras han sido una parte integral de nuestra cultura, de nuestra historia. Durante siglos, hemos utilizado máscaras para ocultar nuestros rostros, nuestras emociones. Pero ahora, ella, con esa sonrisa tan enigmática, nos está diciendo que es hora de despojarnos de ellas. Algo dentro de mí se revuelca, y una sensación de pánico comienza a apoderarse de mí.
El aire se vuelve pesado, denso, y el silencio de los segundos previos al conteo es casi insoportable. 5, 4, 3, 2, 1... Cada número se convierte en una cuenta atrás hacia algo que no quiero enfrentar. Algo que no quiero saber. Algo que podría destruirnos a todos.
—Fuera máscaras—, dice, y en ese momento, mi mundo parece desmoronarse. El nudo en mi garganta se hace insoportable. La chica de cabello rubio casi blanco, con los ojos azules y los iris rojos, se revela ante nosotros. No puede ser. Mi mente se niega a aceptar lo que está viendo. Esa imagen, esa visión, no puede ser real.
Ella se quita la máscara, y es como si el mundo entero se detuviera. Su rostro es tan etéreo, tan... perfecto. Es algo que no puedo comprender, algo que me llena de terror y fascinación al mismo tiempo. Pero lo peor de todo es que sé que su revelación no es solo un simple acto de mostrar su rostro. Esto es algo más grande, algo que cambiará todo lo que conocemos. La reina no está aquí solo para gobernar a los vampiros. Ella está aquí para algo mucho más grande.
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Editado: 15.07.2026