Creo que me pasé un poco. Después de todo, ella ha pasado más que yo en estos dos años. Suspiro pesado.
-Voy a hablar con ella -dice el hombre que nos invitó.
-¿Puedo ir yo? -pregunto. Él asiente y me levanto de la silla donde estaba.
-¿Dónde es? -pregunto, sintiendo que algo en mi interior me urge a ir a su encuentro, como si cada minuto de espera fuera una eternidad.
-Segundo piso, cuarta puerta a la izquierda. Dice su nombre en la puerta, en letras doradas con decoraciones azules -responde él. Asiento, tratando de calmarme, y salgo de ahí, siguiendo las indicaciones del hombre.
Mi corazón late con fuerza mientras subo las escaleras, cada paso lo siento pesado, como si el destino me estuviera empujando hacia algo más grande que yo mismo. Llegué frente a la puerta de su cuarto y escuché sollozos provenientes de dentro. Me acerqué más rápido, la ansiedad me consume, y toqué la puerta levemente, casi con miedo de que no me respondiera.
-Paulina -la llamé, mi voz temblorosa.
-¡LARGO! -gritó entre sollozos. El corazón se me oprimió al escuchar el dolor en su voz.
"Está llorando por mi culpa", pensé, mientras sentía un peso en el pecho. ¿Cómo había llegado a este punto?
-Paulina, lo siento. Solo que... estos dos años han sido horribles para mí -dije, apoyándome en la puerta, dejando que las palabras fluyeran sin filtro, como un torrente. -Día a día me atormentaba la idea de que estuvieras muerta, y enterarme de todo esto de golpe... suspiro pesado... Me desconcertó -dije apenado, mis ojos humedecidos. Escuché movimiento en el interior del cuarto, como si ella intentara recomponerse.
-Solo quería decirte que te amo todas las mañanas, estar contigo en los momentos difíciles, y te aseguro que si hubieras llegado hace dos años, me hubiera dedicado todos los días a enamorarte de nuevo. No me importa de qué raza seas, me importa que estás viva, que estás bien... -las lágrimas corrieron por mis mejillas, pero traté de mantenerme firme. -Si puedes estar conmigo... Solo... Dame una oportunidad de reconquistarte de nuevo -dije, sintiendo cómo cada palabra dejaba una huella en mi alma. La puerta se escuchó moverse.
-¿Amor? -la puerta se abrió de golpe, dejándome verla a ella. Estaba allí, más vulnerable que nunca. Tenía la nariz y los ojos rojos, las mejillas empapadas de lágrimas, y su corazón latía con fuerza, tan rápido que parecía que iba a salirse de su pecho. Me sentí débil al verla así, pero a la vez, una necesidad incontrolable de estar con ella me invadió.
Se lanzó hacia mí y me abrazó fuerte del cuello, como si temiera que la fuera a dejar ir.
-Lo siento tanto, en serio -se disculpó, su voz quebrada por el llanto. Metí mi cara en el hueco de su cuello y suspiré su aroma, que era un poco diferente, pero el mismo que amaba. Un aroma que me calmaba, que me hacía sentir que todo podía estar bien, aunque las circunstancias dijeran lo contrario.
-Discúlpame tú a mí... -dije, regresándole el abrazo, deseando poder borrar el dolor de ambos-. Tengo que entenderte... Después de todo, nada fue tu culpa y querías evitar algo peor entre nosotros -le dije, dándole tiempo para procesar lo que yo estaba diciendo, aunque sabía que aún había muchas cosas que sanar. Ella asintió, llorando en mi hombro, buscando consuelo en mí, pero yo también lo necesitaba.
-Te amo -le murmuré. Ella se apartó de mí y me besó, un beso lleno de promesas no dichas, de sentimientos reprimidos. Le seguí el beso, pues esto lo quería diariamente, lleno de amor, necesidad, ternura... Nos separamos por falta de aire.
-¿Lo intentamos? -le dije, mirándola con esperanza.
-Sí -dijo ella, su voz suave, pero con una certeza que hizo que mi corazón latiera con fuerza.
-¿Puedo ir... allá? -preguntó con una expresión un poco tímida, como si temiera mi respuesta.
Yo reí ampliamente, aliviado de escucharla hablar así.
-Claro... Ese es tu hogar, después de todo -dije, tomando su mano con firmeza. Ella sonrió, una sonrisa que hizo que todo a mi alrededor desapareciera, solo estábamos nosotros. Me besó de nuevo, esta vez con más confianza, como si la vida, de alguna manera, hubiera vuelto a encajar en su lugar.
-Te amo -le repetí al separarnos, mi voz llena de promesas de un futuro juntos.
-Yo... Yo... -tartamudeó, sin saber qué decirme, pero en sus ojos veía la respuesta que esperaba.
-No necesitas decirlo ahora... Solo déjame enamorarte de nuevo... -dije, sabiendo que este era un nuevo comienzo para nosotros, que el pasado no nos definiría si decidíamos luchar por nuestro amor. Ella asintió riendo, un poco sonrojada. Sus mejillas blancas estaban con un toque de ese rosa que tanto amaba provocar en ella. Era como si el tiempo hubiera dejado de existir en ese momento.
(...)
Ahora estamos cenando en el gran comedor del castillo. Paulina le dijo a su tío que iría una temporada a la manada, y él le dijo que no había problema, que se alegraba por ella.
"Tengo la esperanza de que, si está allá, pueda recuperar de a poco algunos recuerdos, y eso trataré..." Pienso mientras la miro, sintiendo que cada día que pasa juntos es un paso más hacia lo que ambos deseamos.
Sonrío como idiota cuando ella toma mi mano sobre la mesa sin darse cuenta. Cada pequeño gesto suyo me hace sentir más cerca de ella.
-Yo... Lo siento -dice, queriendo apartar la mano, pero yo la tomo antes de que lo haga.
-No te preocupes -le digo, sonriéndole mientras me acerco a ella y beso la punta de su nariz. Ella se sonroja, y una sonrisa tímida aparece en su rostro.
-¿Dónde está mi mate? -gruñe molesto mi lobo, y me hace reír. -Ella no era así... Hasta que recuerde todo y vuelva a ser ese dolor de cabeza que me amaba... Que nos amaba -se queja y cierra el enlace.
La verdad, tiene razón. A Paulina no le gustaban las faldas ni los vestidos, y desde que llegamos, solo eso ha usado. No ha sido malhablada, ni le ha hecho bromas a Kate y Marcus sobre la creación de Lucía, ni ha molestado a Marcus por haber dejado embarazada a Kate.
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Editado: 15.07.2026