Es una sensación tan extraña la que siento por él, como si cada fibra de mi ser estuviera dividida en dos mundos completamente opuestos. Por un lado, cuando me abrazo a él, siento una paz interna, algo que nunca supe que necesitaba. Mi cuerpo, como por instinto, responde a su presencia, como si mi alma reconociera la conexión que hemos compartido desde siempre. Pero, por otro lado, el pensamiento de todo lo que ha cambiado en mí, de lo que era antes, me pesa más de lo que me gustaría admitir.
"¿Soy esta persona ahora? ¿Realmente he cambiado tanto?", me pregunto una y otra vez mientras me quedo absorta en la figura de ese hombre que ahora, de alguna manera, parece ser la única ancla en medio de esta tormenta de emociones. La calidez de su abrazo me llena, pero al mismo tiempo, me aterra. Me aterra que me haya olvidado de quién era, que me haya olvidado de la chica rebelde y desafiante que solía ser, la que no se dejaba moldear por nada ni por nadie.
La pelirroja, esa mujer que acaba de abrazarme con tanta emoción, tiene razón en muchas cosas, aunque me duela aceptarlo. Yo no era así antes. Yo no era... esta versión suave, seria y meditada de mí misma. Antes, la rebelión corría por mis venas. No me gustaban las faldas ni los vestidos, ni la idea de tener que ponerme nada que me hiciera ver "como una dama". Me sentía cómoda con los pantalones rasgados, con las botas de cuero y las camisas largas. Nada de adornos ni joyas. Nada de sonrojos. ¡Nada de delicadezas!
Recuerdo perfectamente las veces que desafiaba las reglas, que maldecía y discutía con todo el mundo solo por el placer de hacerlo. La gente me temía, no por mi fuerza, sino por mi actitud. Y ni hablar de cómo trataba a los chicos. No me importaba nada de sus sentimientos. Si me gustaban, bien, si no, mejor. De hecho, creo que hubiera matado a quien fuera el mate de cualquiera de las chicas que me importaran por embarazarla para luego felicitarlos, como si todo fuera tan sencillo. Todo lo que hacía era impulsado por un deseo de liberación, de escapar de las expectativas, de no ser una niña buena y sumisa.
Y ahora... ahora soy otra persona. Lo noto cuando me miro al espejo, cuando veo esa expresión en mi rostro que antes no conocía: la que se oculta tras los gestos cuidados, los movimientos más elegantes, los pensamientos más calculados. He aprendido a sonrojarme, aunque me moleste admitirlo. Las faldas y vestidos me quedan bien, y eso no me gusta ni me disgusta, pero me parece extraño. ¿Quién soy ahora?
El hecho de que pueda sentirme tan diferente de lo que era antes me incomoda profundamente. No quiero ser esta persona tan tranquila, tan introspectiva. Quiero recuperar la chispa rebelde que alguna vez tuve. Quiero sentirme libre, de nuevo. Quiero recordar lo que solía ser, porque eso era lo que me hacía sentirme fuerte, invencible. Pero, a la vez, hay una parte de mí que se aferra a esta nueva identidad que estoy creando. Soy la reina del clan vampírico ahora, y eso es algo grande, algo que nunca imaginé. Esa responsabilidad me consume y me transforma, pero a veces me siento tan pequeña ante el peso de todo lo que conlleva.
Es tan difícil equilibrar ambas partes de mí. La chica que era, la chica que no tenía miedo de desafiar el mundo entero, y la mujer que soy ahora, la que está constantemente calculando sus movimientos, tomando decisiones que afectarán no solo a mi vida, sino a la de muchas otras personas. ¿Cómo puedo seguir siendo quien era, si todo lo que soy ahora está marcado por mis decisiones como reina?
Recuerdo lo que me decían, lo que siempre creí que era la verdad: que un líder debe aprender a ser frío, calculador, distante. Y aquí estoy, enfrentando algo que jamás imaginé: que mi corazón, que siempre había sido tan rebelde, también está aprendiendo a escuchar a los demás, a pensar en las consecuencias de mis actos.
"¿Es esto lo que siempre he querido? ¿Ser quien soy ahora?" Me pregunto mientras siento que mi cabeza comienza a dar vueltas, arrastrada por el torrente de pensamientos contradictorios. Siento una presión en el pecho, como si no pudiera respirar, como si todas mis decisiones, todas las partes de mí, estuvieran peleando por salir. Y sé que no puedo quedarme atrapada en este vaivén de emociones.
Pero por otro lado... algo dentro de mí no puede dejar de pensar en la persona que fui. Es esa rebeldía la que siempre me definió. Si tan solo pudiera recordar más, si tan solo pudiera recordar todo lo que solía ser... quizás podría equilibrar las dos partes de mí. Quizás podría encontrar la forma de ser la misma, sin perder todo lo que he ganado en estos dos años.
Pero lo que me aterra es que ya no sé si es posible. ¿Es realmente posible seguir siendo quien era cuando ya tengo toda esta carga sobre mis hombros? Ser reina de un clan vampírico no es algo que se tome a la ligera, y por más que me duela, sé que no puedo regresar a lo que era. No puedo ser solo una chica más, una chica que se ríe de todo y desafía a todos. No puedo, porque ahora tengo responsabilidades, responsabilidades que nadie más puede llevar por mí.
Y mientras siento la calidez de su abrazo, me doy cuenta de algo que me rompe en mil pedazos: quizás, incluso si recuerdo todo lo que fui, ya no podré ser esa chica. Y eso, en el fondo, me aterra más que cualquier otra cosa.
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Editado: 15.07.2026