Reina ( I I libro )

Capitulo 31 - Paola

Mi mente estaba llena de furia, una rabia tan primitiva que me quemaba desde dentro, como un fuego que no podía apagar. Cada pensamiento, cada recuerdo, cada palabra que había escuchado de ella solo alimentaba mi ira. ¡Maldito Oliver de mierda! No podía creer lo que estaba pasando. Esta situación me estaba desbordando de una forma que ni yo misma había anticipado. Pero una cosa tenía clara: tenía que actuar. No podía quedarme esperando a que las piezas encajaran solas. Tenía que tomar el control de esto, por mis propios medios.

La amnesia de Oliver, su confusión, su incapacidad de recordar... todo eso me daba una ventaja que no pensaba desperdiciar. El maldito imbécil no sabía lo que se le venía encima, y yo iba a asegurarme de que nada lo detuviera. Pero la idea de lo que ocurriría cuando recordara todo me paralizaba por un instante. ¿Qué haría él? ¿Cómo reaccionaría cuando se enterara de todo lo que había hecho? No tenía tiempo para preocuparme por eso ahora, pero una parte de mí no podía evitarlo. El tiempo estaba corriendo en mi contra, y debía aprovechar este momento antes de que fuera demasiado tarde.

Erika estaba allí, en un rincón de mi cuarto, llorando desconsolada. Sus sollozos eran como una irritante melodía de sufrimiento que solo aumentaba mi frustración. ¿Qué se supone que debo hacer con ella? Pensé, mis pasos resonando con fuerza sobre el suelo mientras me acercaba. No me importaba lo más mínimo lo que sentía, sus lágrimas no tenían poder sobre mí. Yo estaba más allá de todo eso. ¡Cállate! Pensé, intentando apagar los ruidos que salían de su boca, porque cada sollozo, cada lamento, solo me recordaba lo vulnerable que era. Y eso, de alguna manera, me daba una sensación de poder que no podía ignorar.

La bofetada salió casi sin pensarlo, un impulso que no pude frenar. El sonido seco de la bofetada resonó en la habitación, y vi cómo la mordaza de Erika se movía de su boca. El caos en sus ojos era evidente, pero eso no hizo que me detuviera. Al contrario, me dio la fuerza para seguir. Ella sollozaba, su cuerpo temblaba de miedo, pero ¿qué me importaba a mí? Nada de eso importaba, solo el control, solo la sensación de tenerla a su merced, de que yo era la que dictaba las reglas en ese juego.

—Zorra—, susurró entre lágrimas, y aunque sus palabras eran veneno, no pude evitar sonreír. No me iba a callar tan fácilmente, y mucho menos iba a dejar que su veneno se quedara dentro de mí.

¿Cómo se atrevía a desafiarme? Pensé, y mi ira se desbordó nuevamente. Volví a golpearla, sintiendo el poder de mis propios movimientos. Cada golpe que le daba me hacía sentir más viva, más fuerte. Cada vez que veía ese dolor en su rostro, sentía que estaba cumpliendo una misión. Una misión que no podía detener.

Mi respiración se hizo más pesada, y mi voz se alzó con más fuerza.

—¡JAMÁS SERÁ TUYO!— Gritó, mi mente centrada solo en destruirla, en acabar con ella. En ese momento, no veía más que una barrera entre mi objetivo y mi camino. Y ella, esa maldita, se había convertido en la piedra en mi zapato, en el obstáculo que necesitaba aplastar. Cada palabra que salía de mi boca era una amenaza, un juramento de que no descansaría hasta que todo estuviera bajo mi control. Erika era el eslabón más débil, y me aseguraría de que nunca volviera a ser una amenaza.

Mis ojos brillaban con furia mientras me acercaba nuevamente.

—Ni se darán cuenta de nada, porque estará tu puto clon con ellos...— La idea de que su clon tomara su lugar me hacía reír por dentro. Ella no entendía nada, y eso solo aumentaba mi satisfacción. Estúpida, no lo ves, ¿verdad? Pensaba. Si de verdad le importaras a Juan, ya lo sabría. Ya se habría dado cuenta. Pero no. En su lugar, estaba el clon, el falso amor, el sustituto que nunca podría reemplazar a la verdadera Erika.

Su grito me sacó de mis pensamientos.

—¡MENTIRA!— Ella quería creer que todo esto era una mentira, pero yo sabía la verdad. Lo veía claro. El maldito hechizo..., ella se aferraba a esa esperanza con tal fuerza que era patético. Yo no iba a dejar que eso la detuviera, no ahora. La iba a destrozar, y si tenía que hacerle ver la verdad de la forma más dolorosa posible, lo haría.

—Ilusa...— murmuré, disfrutando del control que tenía sobre ella. Su lucha me alimentaba, me hacía sentir poderosa, más allá de lo que había experimentado en mucho tiempo. Vas a morir aquí, Erika. Y no habrá nadie que lo note, porque no eres nadie. No eres más que un peón en mi juego, pensé, mientras la miraba a los ojos, sin piedad. Podía verla destrozada, pero esa imagen solo me hacía sentir más segura de mi victoria.

—Morirás aquí, en este rincón…— le dije con frialdad, disfrutando de cada palabra. Esto es lo que te mereces, pensé, mientras mi corazón latía con fuerza, alimentado por la rabia y el deseo de venganza. Me moví un paso atrás, disfrutando de la escena, de su dolor, de la manera en que su mundo se desmoronaba ante ella.

Erika negó con la cabeza, sollozando, pero eso no cambió nada. Sabía que su esperanza era vana, que su lucha no tenía sentido. Ella solo estaba esperando que algo, o alguien, la salvara. Pero eso nunca ocurriría. Ella iba a morir en esa habitación, y nadie sabría jamás lo que había sucedido. Eso me llenaba de satisfacción, pero también de un vacío. La satisfacción de saber que finalmente tendría todo lo que siempre quise, y el vacío de saber que, incluso en mi victoria, nada de esto me traería la paz. Pero lo importante era que había ganado.




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