—¡Aléjate de mi hijo! —dijo la esposa de mi padre, con una mirada llena de furia mientras me observaba desde el jardín. Los niños jugaban a lo lejos, sin notar la tensión que se estaba formando entre nosotras. El sonido de sus risas, tan lejanas y ajenas a lo que ocurría, sólo añadía un contraste extraño a la atmósfera cargada de tensión que flotaba en el aire. Era como si todo estuviera a punto de estallar, pero al mismo tiempo, nada se moviera, como si el tiempo se hubiera detenido y solo existiera el enfrentamiento entre nosotras.
Me quedé quieta por un momento, analizando sus palabras, tratando de entender por qué me miraba con ese desprecio tan palpable. ¿Qué había hecho para que me tratara como si fuera una intrusa, una amenaza para su mundo perfecto? ¿Por qué parecía estar tan furiosa conmigo? No había hecho nada para justificar su odio, y aún así, allí estaba ella, la mujer que pensaba que podía reemplazarme, que pensaba que podía ocupar un lugar en la vida de mi padre que me pertenecía a mí.
—¿Por qué? —dije, sin poder evitar la incredulidad que me invadía. Mi voz salió como un susurro, temblorosa y casi vacía, pero también cargada de una confusión profunda que no podía entender. ¿Cómo podía ella sentirse tan dueña de todo? ¿Cómo podía pensar que mi lugar en la vida de mi padre, en la vida de Fabricio, era algo que podía simplemente tomar?
—¡Porque no mereces estar con él! ¡Maldita vampira! —escupió, su rostro se retorcía en una mueca llena de veneno. El odio era evidente en cada palabra, en cada gesto, y era como si cada uno de sus movimientos me atacara de forma visceral. Lo peor de todo es que no entendía por qué se sentía tan amenazada por mi existencia. No había hecho nada para que me tratara de esa manera. No había tocado lo que no me pertenecía, no había invadido su territorio. Aun así, parecía que mi sola presencia era suficiente para destapar todo su rencor y su furia.
La sensación de impotencia creció dentro de mí, alimentada por una rabia que comenzó a arder como una llama oscura. No lo pensé. Actué por puro instinto, como si algo en mí me dijera que ya era hora de dejar de ser una espectadora, de ser la persona que siempre cede, que siempre permanece en segundo plano. Esa parte de mí, esa oscuridad que comenzaba a tomar control, estaba gritando por salir. Mi brazo se alzó de manera casi automática, y antes de que pudiera detenerme, el golpe fue un alivio.
La bofetada resonó en el aire con un sonido fuerte, y sentí la vibración en mi muñeca, como si esa energía negativa se hubiera liberado de golpe. La mujer frente a mí se tambaleó, su rostro se retorció por el impacto, pero el placer momentáneo de haber hecho algo, de haberla herido de alguna forma, pronto se desvaneció. No sabía por qué lo había hecho, no sabía por qué sentí esa necesidad de reaccionar de esa manera. Pero, a pesar de la satisfacción fugaz, la confusión seguía carcomiéndome por dentro, como una cuerda que se apretaba alrededor de mi cuello.
—No mereces ni siquiera que te dirija la maldita palabra. Tú no eres la invasora que encontró mi papá hace años... ¡Maldita copia! —las palabras salieron de mi boca sin pensar, con una frialdad que me sorprendió a mí misma. No sabía de dónde venían, pero de alguna manera eran verdad. ¿Por qué ella, tan fácil, tan simple, pensaba que podía estar en el mismo nivel que mi madre, o que podía ocupar su lugar? Mi madre, la que nunca conocí, la que había sido sustituida, borrada de la memoria de todos. Esa mujer... ¡Esa mujer no era nada! No podía dejar que me despojaran de lo que me pertenecía, no podía dejar que alguien más ocupara el espacio de mi madre, el espacio de mi familia.
Su rostro se endureció, y los ojos de la mujer se agrandaron de manera absurda. Pensé que por un momento se le saldrían de las órbitas. Ella estaba tan sorprendida como yo misma, como si no hubiera anticipado lo que estaba sucediendo. Estaba tan atrapada en su papel de víctima que no había notado lo que realmente estaba en juego aquí: lo que estaba en juego era mucho más que una simple confrontación. Era mi lugar, era mi identidad, mi futuro, y ella se estaba interponiendo en mi camino.
—Espera a que regrese del todo... —murmuré, con una calma peligrosa que contrastaba con el caos que sentía dentro de mí. Sentía como si una presión insoportable se apoderara de mi pecho, como si cada palabra fuera un disparo, pero yo no podía detenerme. —Verás cómo te destruyo... Recuperaré a la invasora, la verdadera esposa de mi padre... Y la madre comprensiva de mi Fabricio... ¡Porque es mío! —las palabras salieron como un grito ahogado, pero también como una amenaza que se sentía extrañamente poderosa. La rabia se desbordaba de mis labios, y no podía evitar la sensación de que había algo dentro de mí que necesitaba ser liberado, algo oscuro que se alimentaba de todo lo que estaba pasando.
La mujer empezó a sollozar, gritando como una niña que no había conseguido lo que quería, pero no me importaba. Todo a mi alrededor comenzaba a desdibujarse, como si la realidad misma se estuviera desmoronando, como si las voces, los colores, las formas, todo se estuviera volviendo borroso y distante. Mi visión se nublaba, y un mareo repentino me hizo tambalear, como si el suelo bajo mis pies se hubiera deshecho.
Escuché los pasos de mi tío acercándose con rapidez, seguido por los otros, pero sus voces me llegaron como ecos apagados. Todo parecía irreal. Mi cuerpo no respondía como antes, y esa presión en mi pecho crecía más y más. No era solo miedo, no era solo el temor a las consecuencias de lo que acababa de hacer. Era una sensación de que algo, algo muy profundo dentro de mí, estaba siendo invadido, como si no fuera la misma Paulina de antes. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué me sentía como si estuviera perdiendo el control? No lo entendía, pero la sensación de estar fuera de mí misma era tan fuerte que no podía pensar con claridad.
—¿Qué pasa? —preguntó mi tío, su voz llena de confusión y preocupación, pero yo ya no lo escuchaba. Todo a mi alrededor empezaba a desvanecerse. Los colores se distorsionaban, las formas se alargaban, y las voces se desvanecían en un eco lejano. El golpe de la bofetada, las palabras de la mujer, la furia, todo se mezclaba en un caos imparable dentro de mi mente.
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Editado: 15.07.2026