Reina ( I I libro )

Capitulo 38 - Paulina

Lloré hasta que la cabeza me dolió y mis ojos ardieron por la hinchazón. Cada sollozo había sido un eco en la soledad de mi habitación, pero ya no podía permitirme seguir así. Me limpié las lágrimas con brusquedad y me obligué a respirar hondo antes de levantarme de la cama.

Entré al clóset en busca de algo decente, algo que no me recordara a mi madre. Sus vestidos largos y de colores chillones siempre me habían parecido excesivos, una manera de llamar la atención donde fuera que estuviera. No, yo necesitaba algo diferente.

Mis dedos recorrieron las prendas hasta encontrarlo: un vestido café con escote corazón. Era de doble tela: la primera, ajustada a mi cuerpo hasta la mitad del muslo, y la segunda, una capa transparente con destellos de brillantina que caía hasta el suelo. Las mangas largas se ajustaban con elegancia a mis brazos y un cinturón color crema, adornado con pedrería, marcaba mi cintura. Era un vestido, sí, pero no reflejaba el extravagante gusto de mi madre.

Con la prenda en mano, me dirigí al baño.

Necesitaba agua caliente para despejarme, para aclarar mis pensamientos.

Abrí la llave y dejé que el vapor llenara el espacio antes de quitarme la ropa. Me observé en el espejo por un momento. Mis ojos enrojecidos y el rastro de lágrimas en mis mejillas me hacían ver más vulnerable de lo que me gustaría admitir. Pero no había tiempo para debilidad.

Si esa loca le hacía daño a la mate de mi padre… él podía morir.

Y yo no lo permitiría.

Dejé la ropa sobre el lavabo y entré a la ducha.

(...)

Cuando terminé, me vestí con la ropa que había escogido. Me apliqué corrector para disimular las ojeras y un labial rojo, como era costumbre. El color contrastaba con mi piel, dándome un aire más fiero, más inquebrantable.

Me recogí el cabello en una coleta alta, dejando que algunos mechones enmarcaran mi rostro. Si había algo que conservaría de mi antigua —o mejor dicho, falsa— yo, era mi cabello. Me encantaba lo que podía hacer con él, la fuerza que transmitía cuando lo llevaba bien arreglado.

Deslicé mis pies en unos tacones negros y salí del cuarto.

Bajé las escaleras con paso firme, sin vacilar. En el living estaban todos: rostros conocidos, otros menos familiares. Darol estaba allí también, con su pareja, pero no me molesté en recordar su nombre. No me importaba en este momento.

Los ignoré sin mirarlos y pasé directo a la cocina. Abrí los cajones y saqué un cuchillo grande. Sostuve la hoja entre mis dedos, sintiendo el filo contra la yema de mi piel. No titubeé.

Con la misma frialdad con la que había entrado, salí de la cocina y atravesé el living nuevamente. Sabía que me observaban, pero no me interesaba.

Mi destino estaba bajo tierra.

Caminé con la mirada vacía y la expresión pétrea hasta llegar al último piso del castillo. El aire se volvía más denso conforme descendía al subterráneo, los pasillos oscuros extendiéndose como venas de piedra.

Cada paso resonaba en el silencio sepulcral hasta que me detuve frente a la puerta de la celda.

Abrí la puerta metálica con un chirrido y entré sin vacilar.

Ahí estaba ella.

Encogida en un rincón, temblando, con la piel de gallina por el frío de la habitación.

Sonreí.

Lentamente, deslicé la punta del cuchillo por las paredes mientras avanzaba. El sonido metálico contra la piedra rasgó el aire, un eco que se prolongó en la penumbra.

Ella tembló aún más.

Cerré la puerta con un golpe seco y me senté frente a la mesa vacía en el centro del cuarto.

Con mis uñas largas, comencé a golpear la madera, dejando que el sonido se expandiera en la habitación como un compás macabro.

Un golpe.

Otro.

Y otro más.

Cada eco parecía profundizar su miedo. Su cuerpo se encogía más con cada sonido.

Un sollozo escapó de sus labios.

Mi sonrisa se ensanchó.

Me incliné levemente sobre la mesa, deteniendo el golpeteo de mis uñas.

—Habla rápido… o muere lento —murmuré, mi voz serpenteando en la oscuridad.

Ella soltó otro sollozo y tembló aún más.

Disfruté el momento.

Su miedo era mi poder.

Y esta vez, yo tenía el control.

(...)

Ella estaba malherida frente a mí, desangrándose por todas las heridas que le había hecho con el cuchillo. Me dio la poca información que sabía, y por eso no la mataré... aún. Aún me sirve la maldita, y solo por eso la dejaré vivir.

Mi cuerpo estaba cubierto de sangre. Tenía las manos y las piernas manchadas con el líquido fresco, mientras que mi vestido estaba teñido con rastros de sangre seca. Me levanté del suelo, dejándola tirada sobre el sucio y hediondo colchón viejo del calabozo.

Salí de ahí con el cuchillo en la mano, cerré la puerta metálica y subí las escaleras. Necesitaba un baño, pero antes debía dejar el cuchillo en su lugar y dar un aviso.

Cuando llegué a la cocina, lo dejé en el lavabo bajo la mirada de las empleadas, que estaban dando los últimos toques a la cena. Luego, sin prisa, caminé hasta el comedor, donde todos ya estaban reunidos.

Me coloqué detrás del asiento de mi tío y hablé con voz firme:

—Iré a la manada hoy mismo, después de la cena.

Todos me miraron raro. Mi tío volteó hacia mí y abrió los ojos con sorpresa al verme llena de sangre, con la mirada fría y vacía como el Ártico.

—Voy a arreglar mis cosas —concluí sin dar más explicaciones y me di la vuelta para salir de ahí.

—¿Qué dijo? —preguntó mi padre. Me tensé.

—Nada que nos ayude a encontrarla —mentí. No podía perderlo a él también.

Lo miré y vi en su rostro una tristeza rota.

—Lo siento… —murmuré y suspiré con pesadez—. Voy a arreglar mis cosas…

—Allá está tu cuarto, tal como lo dejaste. Todas tus cosas siguen ahí —dijo con una sonrisa triste—, excepto cuando Fabricio dormía ahí algunas noches. Pero tu aroma sigue impregnado en la habitación.

Fabricio apartó la mirada y yo solté una risa leve.




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