Reina ( I I libro )

Capitulo 39 - Paulina

Se inclinó para murmurar en mi oído:

—Encuéntrala y mata a esa maldita.

Sonreí levemente. Era el único al que no podía mentirle.

—Y vive... Más te vale que lo hagas —susurró antes de besar mi frente.

Luego se separó y me empujó fuera del comedor.

—¡Largo de aquí! Esa no es apariencia para estar frente a una niña —dijo con falsa indignación, haciéndome reír.

Me fui directo a mi cuarto y me duché nuevamente, dejando que el agua se llevara los rastros de sangre. Mientras el vapor llenaba el baño, las palabras de aquella mujer en el calabozo resonaban en mi mente.

"—Ella ya sabe que me han descubierto... Pero no que has recuperado la memoria del todo— dijo con voz temblorosa, tratando de mantenerse consciente mientras la sangre seguía brotando de su brazo.

Estaba tendida en el suelo, su cuerpo sacudido por los espasmos del dolor. La sangre manchaba la superficie áspera de la colchoneta vieja donde la había dejado, empapando la tela con su aroma metálico y espeso. Sus ojos, oscurecidos por la fatiga, se fijaron en los míos con una mezcla de resignación y desesperación.

—Si ella supiera que todo se había jodido... la habría matado.

Sus labios temblaron y, por un instante, creí que iba a quebrarse, pero en lugar de eso, una risa amarga, llena de angustia, escapó de su boca.

Lloró.

Las lágrimas rodaban por sus mejillas ensangrentadas, perdiéndose entre los rastros de suciedad y heridas abiertas.

—Y él también lo habría hecho...

Fruncí el ceño. Había algo en su voz, una emoción oculta tras el sufrimiento evidente. Me incliné un poco más, queriendo leer su expresión, queriendo entender la desesperación en sus palabras.

—¿Te enamoraste?— pregunté en un murmullo.

Ella desvió la mirada, apretó los labios y, con un movimiento tembloroso, se aferró al cuchillo incrustado en su brazo. Su respiración se entrecortó cuando, con un esfuerzo doloroso, lo sacó lentamente. La hoja salió cubierta de sangre espesa, y un gemido de agonía escapó de su garganta.

Asintió.

Era un movimiento casi imperceptible, pero ahí estaba.

—Se parece a mi mate...

Su voz se quebró.

Su cuerpo se estremeció con cada sollozo, y su mano temblorosa presionó la herida abierta en su brazo, tratando de contener el flujo incesante de sangre.

—Y ella lo mató antes de que me marcara.

Su llanto se hizo más intenso.

Dolor. Culpa. Arrepentimiento.

Todo se reflejaba en sus ojos hundidos, en su rostro demacrado por el sufrimiento.

—No sé ni por qué acepté ser parte de esto...

Se mordió el labio con fuerza, su cuerpo convulsionando levemente por el dolor físico y emocional que la consumía.

—Todo porque quería pensar que lo tendría cerca a él si estaba con Juan...

El enojo me recorrió como un veneno ardiente, apretando mi mandíbula con rabia contenida.

—Ella está más cerca de la manada de lo que ellos imaginan...

Abrí los ojos con sorpresa.

Mi agarre sobre el cuchillo se tensó y, sin pensarlo, lo deslicé sobre la piel de su pierna en un corte limpio y certero.

Gritó.

Se retorció, su espalda arqueándose mientras el dolor la atravesaba como una lanza.

—¡Agh!— sus sollozos se entremezclaron con el jadeo entrecortado de su respiración. — ¡Duele! ¡Maldita sea!

No me importó.

Me incliné sobre ella, mis ojos afilados buscando respuestas en su expresión deformada por el dolor.

—¿Para qué?— solté con dureza.

Su mirada se encontró con la mía, suplicante, derrotada.

—Es para mantener... agh— se interrumpió con un quejido cuando otro espasmo de dolor recorrió su cuerpo.

Tomó aire con dificultad, sus labios temblando con cada palabra que trataba de formar.

—Para mantener vigilado.. al joven Fabricio.— mi sangre se heló.

Mis dedos se crisparon alrededor del mango del cuchillo.

El sonido de su llanto seguía llenando la habitación, pero ya no lo escuchaba con claridad.

Fabricio.

Ellos habían estado observándolo.

Y si lo habían estado observando, significaba que sabían más de lo que yo pensaba.

Retrocedí lentamente, mis ojos clavados en su figura rota en el suelo.

Ella gimió de dolor y dejó caer la cabeza contra la colchoneta empapada de sangre.

No podía confiar en sus palabras por completo, pero algo en su desesperación... en su arrepentimiento.. me decía que no estaba mintiendo.

Apreté los dientes, sintiendo una mezcla de rabia, angustia y una creciente sensación de urgencia.

Fabricio no podía estar en peligro.

No permitiría que lo tocaran.

Me puse de pie, dejando caer el cuchillo a un lado, observando cómo su cuerpo temblaba con los últimos vestigios de resistencia.

—Vivirás por ahora.— dije con frialdad antes de salir de ahí."

Ella no moriría aun.
No porque lo mereciera.
No porque quisiera salvarla.
Sino porque aún me servía.

Salí del baño con sus palabras resonando en mi cabeza. Me vestí con un vestido negro escotado, sin mangas, adornado con delicadas flores rosadas chinas. Me puse un cinturón negro y me aseguré de que la falda quedara a la mitad de mis muslos.

Me coloqué una tiara. Si iba a salir, debía llevar una. Apliqué un poco de labial y me puse tacones. Antes de salir, me aseguré de llevar mi cadena, la misma que me había mantenido viva en mi cuerpo todos estos años.

Cuando bajé las escaleras, vi a Fabricio subiéndolas. Me miró y sonrió ampliamente. Le devolví la sonrisa y, sin pensarlo, corrí hacia él con mi velocidad vampírica empujándolo apenas por la fuerza, rodeando su cuello con mis brazos.

Nuestros labios se encontraron en un beso dulce, necesitado. Un vals de lenguas entrelazadas, un reencuentro silencioso después de tanto tiempo. Cuando nos separamos, él suspiró contra mis labios.

—Te extrañé tanto... —murmuró, apoyando su frente contra la mía.

Lo miré a los ojos. No había notado cuánto los extrañaba hasta ahora.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.