La noche envolvía el camino entre las sombras de los árboles altos, mientras la nueva reina del clan vampírico avanzaba en su forma lobuna rumbo al portal que la llevaría de regreso a la manada. Su pelaje oscuro reflejaba los destellos plateados de la luna, y sus ojos resplandecían con un brillo frío y calculador. A su lado, su mate caminaba con elegancia y energía, más que feliz por el reencuentro con aquellas tierras. Sin embargo, su padre, que los acompañaba en el trayecto, parecía sumido en un mar de pensamientos profundos, con la mirada fija en el horizonte y el ceño fruncido.
Mientras tanto, en el castillo vampírico, Darol se encontraba en su antigua habitación, observando cada rincón con nostalgia. Su pareja estaba a su lado, compartiendo en silencio ese momento melancólico. Su mente viajaba al pasado, recordando las noches donde la risa resonaba en esos pasillos, antes de que la guerra y las traiciones consumieran todo lo que conocía.
En otro extremo del castillo, el antiguo rey se mantenía de pie en su balcón, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando la Luna con atención. Su rostro se tornó severo cuando notó el delgado halo rojizo que la rodeaba. Su cuerpo se tensó de inmediato. Aquel antiguo presagio nunca anunciaba nada bueno.
Un escalofrío recorrió su espalda. Algo estaba por suceder, algo que alteraría el destino de muchos.
En los calabozos del castillo, la impostora yacía en el suelo de piedra fría, su cuerpo cubierto de heridas y moretones. La tortura que había soportado había sido implacable, pero el dolor físico no se comparaba con el tormento de su alma. Lágrimas silenciosas resbalaban por su rostro sucio, mientras en su mente revivía una y otra vez los momentos que la llevaron a ese punto. Había perdido todo. Su vida, su propósito, su identidad. Ahora, solo quedaba el vacío.
Lejos del castillo, en un rincón oculto del bosque, una mujer de cabellos oscuros y ojos llenos de odio planeaba su próximo movimiento. Su corazón latía con fuerza al pensar en la reina vampira. La furia y el rencor la consumían.
Paulina le había arrebatado lo que más amaba. O al menos, eso creía ella.
Fabricio había sido su amor platónico desde la infancia, pero con los años, aquella admiración inocente se había transformado en una obsesión enfermiza. Cuando se vio obligada a separarse de él y mudarse a Claro de Luna con su madre, juró que un día regresaría para reclamar lo que le pertenecía. Y ahora, con la oportunidad frente a ella, no pensaba desperdiciarla.
Sus labios se curvaron en una sonrisa maliciosa mientras tejía los hilos de su venganza. Había fallado en su primer intento de deshacerse de Paulina, pero esta vez no cometería errores. Y tenía un as bajo la manga: la verdadera Erika de Moon.
A lo lejos, en un estado lamentable, la auténtica Luna de la manada Claro de Luna luchaba por mantenerse consciente. Sus fuerzas flaqueaban, su cuerpo temblaba por la presión abrumadora que la rodeaba, pero se negaba a ceder. Sabía que si caía, su amado también lo haría. No podía permitirse ese lujo. Así que, con cada latido de su agotado corazón, se aferraba a la esperanza de encontrar una salida.
Paulina cruzó el portal.
La sensación de la energía mágica recorrió su cuerpo cuando emergió en el bosque de Claro de Luna. Sus patas se hundieron en la tierra húmeda, y un escalofrío le recorrió el cuerpo al reconocer aquel aroma familiar. Nostalgia.
La golpeó con fuerza, pero no dejó que la debilitara. Con la cabeza en alto y el porte digno de una reina, avanzó con paso firme hacia la manada, flanqueada por su padre y su mate.
Las miradas se clavaron en ella en cuanto emergió de entre los árboles. Los lobos de la manada se quedaron paralizados por la sorpresa. Algunos jadeaban incrédulos, otros lanzaron aullidos felices a la luna. Su alfa había regresado... o al menos, su cuerpo lo había hecho.
Star, su loba, irradiaba felicidad al reencontrarse con su hogar. Por otro lado, Sitney se mostraba incómoda, arrugando la nariz cada vez que captaba el olor de los lobos. “Apestan a chucho”, murmuró entre dientes, pero no podía evitar sentirse feliz de sentir a su portadora con esa sensación de felicidad en su interior.
Paulina ignoró las miradas inquisitivas y continuó avanzando sin mostrar ninguna emoción. No podía permitir que nadie sospechara que había recuperado la memoria. Su única razón para estar ahí era acabar con la mujer que había lastimado a su impostora.
Cuando llegó a la casa principal, su imponente figura se detuvo frente a la puerta. Con un movimiento elegante, se transformó en su forma humana. Su cabello largo y oscuro caía en ondas rebeldes sobre su espalda, y su vestimenta se reducía a un simple short azul y un top blanco. Sin embargo, lo que más destacaba era la tiara encantada que descansaba sobre su cabeza.
—Vaya, sí que trae sorpresa esta cosa... —murmuró, tanteando su peso con una mano.
Su voz resonó con firmeza cuando se dirigió a los otros dos.
—Vamos.
Juan, el alfa de Claro de Luna, la miró con una mezcla de emoción y confusión.
—Es tu hogar...
Paulina arqueó una ceja y, siguiendo el plan trazado, respondió con frialdad:
—Mi hogar está en el castillo, Alpha. —Su voz fue lo suficientemente alta para que todos la escucharan. Varios lobos jadearon sorprendidos. Su mirada se endureció cuando dirigió su atención al alpha. —Recuerde que estoy aquí solo por la alianza entre los vampiros y la manada Claro de Luna. Alpha Juan, espero que no confunda las cosas.
Los susurros explotaron a su alrededor.
—¿Qué le pasó a la alpha? —preguntó una mujer con voz temblorosa.
—¿Viste la tiara en su cabeza? —respondió otro, con el ceño fruncido.
—Y ese aroma... huele a chupa sangre.
Las palabras flotaron en el aire mientras Paulina ingresaba a la casa sin prestarles atención. En el interior, Fabricio cerró la puerta detrás de ellos y la miró con una mezcla de orgullo y alivio.
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Editado: 15.07.2026