Reina ( I I libro )

Capitulo 41 - Paulina

Desperté por los murmullos provenientes del exterior. Me removí en la cama, intentando volver a dormir, pero el espacio junto a mí estaba vacío. Fabricio ya no estaba. Una sensación de incomodidad se instaló en mi pecho al darme cuenta de que la habitación estaba extrañamente silenciosa. Sentí un vacío que no podía identificar, como si alguna parte de mí se hubiera ido con él. No era solo la ausencia física, sino una ausencia emocional. Había algo en su tono de voz que no podía entender, algo que me inquietaba profundamente.

Me incorporé lentamente, apartando todo rastro de sueño, mi mente aún envuelta en un halo de confusión. Quería volver a dormir, ignorar todo y desaparecer por un momento en la tranquilidad que me daba el sueño, pero algo me impulsó a quedarme despierta. Algo no estaba bien.

—Pero ella no tiene la culpa... —murmuró alguien detrás de la puerta.

La voz de Fabricio. Mi corazón dio un vuelco, y un nudo apareció en mi garganta. Fruncí el ceño, incapaz de contener la ansiedad que comenzaba a crecer dentro de mí. Intenté escuchar con más atención, pero el sonido de su voz se desvaneció un momento.

—Que sea una vampira ahora no la hace mala... ni diferente. —Bufó con molestia—. Que dejen de decir esas cosas. Los de la manada no saben nada…

El aire en la habitación parecía volverse más espeso. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral, y una mezcla de rabia y tristeza me envolvió. No era solo la frustración en su voz, sino esa falta de comprensión hacia lo que realmente significaba ser una vampira. Estaba claro que para Fabricio, este hecho no cambiaba lo que sentía por mí, pero ¿y para los demás? ¿Para la manada? Todo el peso de lo que había escuchado comenzó a hundirme.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza, pero no sabía si era por la desesperación o por el miedo. La realidad de lo que éramos, lo que estaba sucediendo, estaba ahí frente a mí. Yo, una vampira, con toda la historia que eso implicaba. Sin embargo, estaba tan atada a lo que creía ser mi vida que no quería enfrentar lo que representaba para mi manada. No quería que Fabricio se viera atrapado en este lío conmigo. Sin embargo, sabía que era demasiado tarde para ir atrás.

—Haz que dejen de hablar de ella. No saben nada... —se quejó con evidente frustración—. Claro, Marcus, gracias por avisarme... Nos vemos más tarde, amigo. Saluda a la niña de mi parte.

Había algo en sus palabras que me hizo sentir más sola que nunca. Esa desconexión que, aunque disimulada, era palpable. ¿Era su forma de consolarme? ¿Estaba tratando de encontrar una manera de protegerme de algo que ni siquiera yo entendía completamente?

Hubo un breve silencio, un espacio donde mis pensamientos se atropellaban, donde me quedé con la sensación de que lo que había entre nosotros comenzaba a desmoronarse, como si cada palabra de Fabricio estuviera clavando un clavo más en el ataúd de nuestra relación.

Me levanté de la cama y caminé hacia el baño justo cuando escuché su voz de nuevo.

—Claro, adiós.

En ese instante, la puerta de la habitación se abrió, y pude escuchar sus pasos acercándose a mí. Mi mente estaba en guerra, luchando con las emociones contradictorias que no sabía cómo manejar. ¿Qué era lo correcto aquí? ¿Debía callarme, seguir adelante y fingir que todo estaba bien, o confrontarlo directamente?

—¿Paulina? —me llamó, su voz llena de esa preocupación que me hizo sentir más vulnerable de lo que deseaba.

Tragué el nudo en mi garganta. No podía mirarlo directamente, no podía enfrentar esa preocupación que sentía que me estaba devorando por dentro.

—Aquí —respondí sin mucho ánimo, mi voz era apenas un susurro.

Escuché sus pasos acercarse, pero en lugar de sentirme aliviada por su presencia, la ansiedad me creció aún más. Quería estar cerca de él, pero a la vez no sabía si podía soportar lo que vendría después. Sabía que algo estaba cambiando entre nosotros, y no sabía si estaba lista para aceptarlo.

Sin pensarlo, giré el seguro de la puerta del baño, dándome un respiro temporal. Al menos podría esconderme tras el vapor del agua, cubrir mis pensamientos tras la cortina de la ducha.

—¿Estás bien? —preguntó, con un tono de preocupación que hacía que mi pecho se estrechara.

—S... sí —dije, abriendo la llave de la regadera, el agua cayendo sobre mi piel fría—. Solo me estoy duchando, ya salgo.

—Bien —dijo, aunque su tono dejaba en claro que no estaba convencido.

Lo escuché alejarse, aunque no pude evitar sentir que lo que realmente quería era quedarme ahí, bajo el agua caliente, dejar que las gotas me borraran los pensamientos, los sentimientos, todo. Pero no podía, no quería rendirme tan fácilmente. Me quedé bajo el agua, tratando de ordenarme, de entender lo que estaba pasando, de entender mis propios pensamientos. Pero todo era un caos, como un río de emociones que me arrastraba y no sabía cómo nadar en él.

Me bañé rápido, sin detenerme a pensar en nada más, y una vez lista, me dirigí al clóset. Necesitaba ponerme algo que realmente me hiciera sentir algo, algo que me sacara de esta nebulosa emocional en la que me encontraba. Opté por una blusa de mangas largas y caídas, con un par de tiras adicionales en los hombros que dejaban al descubierto mis brazos. El tejido se sentía extraño sobre mi piel, pero al mismo tiempo me ofrecía una falsa sensación de control.

Combiné con unas medias altas que llegaban hasta la mitad de mis muslos y un short de mezclilla negro. Todo en tonos oscuros, haciendo contraste con mi piel pálida, tratando de reafirmar lo que aún pensaba sobre mí misma. Yo era la misma Paulina de antes. No había cambiado. No era la vampira que los demás pensaban que era. No lo era... o eso quería creer.

"Mi manada... mi familia..." pensé con amargura. "Con una familia así, ¿quién necesita enemigos, Diosa?"

Bufé con frustración, el pensamiento haciendo eco en mi mente. Todo parecía estar desmoronándose a mi alrededor, y no sabía cómo detenerlo. No sabía cómo enfrentarlo. Y, lo peor de todo, era que sentía que ya no tenía un lugar al que regresar.




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