Reina ( I I libro )

Capitulo 42 - Paulina

De pronto, sentí unos brazos rodeándome y un hombro empapado con lágrimas. La calidez de su abrazo me sorprendió, porque había algo en la dureza de mi vida actual que me había hecho olvidarme de la posibilidad de consuelo. Sin embargo, allí estaba, Cristhian, rodeándome con una ternura que contrastaba completamente con la frialdad que sentía en mi pecho.

—Niña Paulina... —murmuró con tristeza, su voz casi un susurro, como si no quisiera romper la fragilidad del momento.

Suspiré profundamente, dejándome envolver por su abrazo. No sabía cuánto tiempo había pasado desde la última vez que me sentí así, vulnerable. Durante años, mi vida había sido un juego de máscaras, de disimulos y de supervivencia. Pero ahora, entre sus brazos, sentí la necesidad de ceder, aunque solo fuera por un segundo. Sentí la presión de las lágrimas contenidas, pero me resistí. No quería mostrarme débil, ni siquiera a él. Por eso, le devolví el abrazo, buscando una estabilidad que no encontraba en mi interior.

—¿No te molesta mi olor a chupa sangre? —pregunté, mirando las nubes con una mezcla de desesperanza y resignación. Mi voz salió rasposa, como si las palabras me costaran más de lo que me atrevía a admitir. La pregunta estaba dirigida a él, pero era también un eco de mis propios pensamientos. Sabía lo que se decía en esta manada, lo que murmuraban a mis espaldas. Y si ellos, aquellos que se suponían mi familia, pensaban así de mí, ¿quién más quedaba? No podía evitarlo. Mi alma herida lo sentía en cada rincón de mi ser. No solo me rechazaban por ser vampira, sino por lo que representaba. Mi existencia misma les disgustaba.

Cristhian rió entre dientes, y la risa sonó amarga, pero cálida al mismo tiempo. Me separó ligeramente de su abrazo, dándome espacio para respirar, pero al mismo tiempo asegurándose de que no me fuera a escapar.

—Sigues con ese humor malísimo… —comentó, como si tratara de aliviar la tensión. De alguna manera, su intento de hacerme sonreír fue un pequeño consuelo.

Lo miré con fingida indignación, dispuesta a no dejar que me viera tan vulnerable, ni siquiera en ese momento en que mi mundo se sentía tan quebrado.

—¡¿Qué te pasa?! Soy divertidísima —exclamé, exagerando mi tono, fingiendo una ofensa que ni yo misma creía. Pero era lo único que podía hacer. Una carcajada tonta y forzada fue todo lo que podía ofrecerle, como si intentara engañarme a mí misma.

Cristhian rió con más fuerza, un sonido familiar que me hizo recordar aquellos tiempos en los que las cosas parecían más simples, cuando los días no estaban llenos de sombras y decisiones difíciles.

—Cristhian —dijo, extendiendo su mano hacia mí con una sonrisa—. Fui tu niñero cuando eras pequeña… y también tu amigo.

Tomé su mano con una sonrisa que, esta vez, fue genuina. Aunque las memorias de la infancia se desvanecían, su presencia me traía algo de paz. Lamenté no recordarlo, lamenté no tener esos recuerdos tan vívidos de cuando todo parecía posible. Pero la amnesia era la consecuencia de un pasado que aún me perseguía.

—Lamento no recordarte, señor... —respondí con pesar, una sensación amarga envolviendo cada palabra. Ni siquiera podía aferrarme a los pocos recuerdos felices que podría haber tenido con él. Todo se había desvanecido como el polvo.

Mis ojos se posaron nuevamente en la tiara que todavía sostenía en mis manos, el peso de la corona en mis dedos parecía más pesado que nunca. Era una carga, pero también una responsabilidad que no podía eludir. El destino me había empujado hacia allí, hacia un lugar que no reconocía, pero que ahora, con la tiara en mis manos, se había convertido en mi prisión.

—¿Me harías un favor? —pregunté, mi voz más seria ahora, llena de una preocupación que no había dejado que saliera antes. La decisión estaba tomada, pero las palabras seguían atascadas en mi garganta.

Asintió sin vacilar, como si supiera que lo que pedía era algo urgente, algo que no podía esperar.

—Claro, ¿qué necesitas? —preguntó con la confianza de quien siempre está dispuesto a ayudar, como si yo fuera la misma Paulina de antes, la niña que había sido su amiga. Pero ya no lo era. No era la misma.

—Llévala a la casa del Alpha Juan. Tengo que salir… y creo que no hace falta decirte para qué —respondí, sin poder evitar que mi voz temblara al decir esas palabras. ¿Qué había de la niña que había conocido Cristhian? ¿Dónde había quedado aquella parte de mí que confiaba en las personas? Ahora todo parecía estar lleno de oscuridad y de dudas.

Suspiré, el aire pesando en mis pulmones. El peso de lo que estaba a punto de hacer, las decisiones que me habían llevado hasta este punto, me atormentaban. Pero no había vuelta atrás.

—No le digas nada a Fabricio. Podría ponerlo en peligro, y tampoco quiero que nadie más salga herido —añadí, mi mente nublada por el miedo. Estaba en juego algo mucho más grande de lo que podía comprender.

Cristhian tomó la tiara con un gesto solemne, una seriedad en su mirada que nunca había visto antes en él.

—Tenga cuidado, niña Paulina —dijo, y su voz fue un susurro lleno de preocupación.

Le sonreí, aunque mi rostro estaba marcado por una tristeza profunda. La gratitud que sentía por él, por su apoyo incondicional, se desbordaba, pero no podía permitir que lo viera. No podía mostrar debilidad.

—Gracias, Cristhian.

Sin decir una palabra más, me giré y empecé a correr hacia el bosque, mis piernas moviéndose rápido, impulsadas por una mezcla de miedo, ira y una extraña determinación. El viento acarició mi rostro, pero no me detuve. El bosque era mi única salida, mi refugio temporal, el único lugar donde aún podía sentir algo parecido a la libertad. Dejé atrás los murmullos de los guardias, las miradas llenas de incertidumbre, y el peso de la tiara en mis manos. Sabía que el camino por delante sería peligroso, que nada sería fácil. Pero ya no había marcha atrás.




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