Reina ( I I libro )

Capitulo 43 - Paulina

No había cazado nada. La verdad, ni siquiera sentía hambre, pero algo extraño me hacía seguir un pequeño sendero impregnado de un aroma a magia. Llevaba rato rastreándolo, sin saber exactamente qué encontraría al final.

A lo lejos, una casa abandonada emergió entre los árboles. Fruncí el ceño.

"No recuerdo este lugar..."

Me acerqué con cautela, sintiendo cómo el aire se volvía más denso, cargado de un hedor putrefacto. De repente, el olor a sangre golpeó mi sistema como una bofetada. Me cubrí la nariz con el antebrazo y arrugué el rostro en una mueca de asco.

—¿Qué mierda...? —susurré, pero mi voz se apagó cuando un matiz familiar en el olor de la sangre me heló la sangre.

Era ella.

Abrí los ojos de par en par. Erika.

El reconocimiento me estremeció. Me lancé dentro de la casa sin pensarlo, con los sentidos en alerta máxima. Por fuera parecía vieja y en ruinas, pero el interior estaba sorprendentemente intacto, como si alguien lo mantuviera en buen estado a propósito.

Mis pasos resonaron en el suelo de madera mientras seguía el rastro de sangre. Llegué hasta una puerta destrozada por arañazos profundos. Algo dentro de mí gritaba que no la abriera, que me diera la vuelta, pero ignoré el presentimiento.

Empujé la puerta con cuidado y me escabullí dentro.

El hedor era insoportable.

Un retorcijón me subió por el estómago cuando mis ojos captaron la escena. En el rincón más oscuro, atada con gruesas cadenas de plata, yacía Erika. Su cuerpo era un mapa de heridas abiertas, moretones oscuros y sangre seca.

Jadeé.

Estaba molida a golpes, irreconocible.

Me apresuré hacia ella, con el corazón en un puño.

—Erika... —susurré, agachándome para ver si aún respiraba.

Apoyé los dedos en su cuello y casi solté un suspiro de alivio al sentir el débil latido de su corazón.

"Si sigue así, morirá."

Apreté la mandíbula y, sin perder tiempo, jalé con todas mis fuerzas las cadenas. La plata me quemó las manos, pero no me importó.

Erika gimió de dolor, con la voz ronca y rota.

—Pa-u..li..na.. —balbuceó, con los ojos apenas entreabiertos.

—Shhh... Te sacaré de aquí.

La cargué en brazos con sumo cuidado y me precipité fuera de la casa, corriendo tan rápido como me lo permitían mis piernas.

El frío de la noche mordía mi piel, pero no aminoré la velocidad. La mansión ya estaba cerca.

—¡AYÚDENME! —grité con desesperación. No me importaba si alertaba a toda la maldita manada. Erika estaba al borde de la muerte y yo no iba a dejar que muriera en mis brazos.

Escuché un gruñido gutural detrás de mí.

"Mierda."

Sentí algo pesado acechando a mis espaldas, la maleza crujiendo bajo el peso de su cuerpo.

No lo pensé dos veces. Con un gesto rápido, invoqué raíces del suelo que se alzaron como látigos, arremetiendo contra la criatura que me seguía.

Cristhian apareció de la nada, corriendo hacia mí.

—¡EVACUEN LA MANADA Y LLEVA A ERIKA A URGENCIAS! —le grité, sin detenerme.

Solté otra oleada de raíces, bloqueando el paso de la bestia.

—¿Qué es eso? —preguntó Cristhian, tomándola en sus brazos.

—Un intento de demonio cánino —escupí con desprecio.

Un perro enorme, de pelaje negro como el carbón y hocico babeante, saltó hacia mí. Sus ojos brillaban con un fulgor maligno.

Me lancé de lleno contra él, estrellando mi puño contra su hocico. El impacto fue brutal, pero la criatura no se inmutó.

—¡SAQUEN A ERIKA DE AQUÍ! ¡QUE NADIE SE ACERQUE! —grité, mientras el animal me embestía, derribándome.

Rodé por el suelo y detuve sus fauces con ambas manos justo antes de que mordieran mi garganta.

—Joder, come mentas, can —dije entre dientes, repugnada por su aliento fétido.

Cristhian desapareció con Erika, corriendo hacia la mansión.

El maldito perro volvió a lanzarse sobre mí, pero esta vez me impulsé con las piernas y lo pateé en el pecho, apartándolo.

Aproveché la distancia para invocar más raíces, enredando sus patas y dejándolo inmovilizado.

Por un segundo, pensé que lo había detenido.

Pero el maldito creció.

Su cuerpo se expandió grotescamente, sus huesos crujieron, su piel se estiró hasta convertirse en algo aún más monstruoso. Las raíces se partieron como hilos débiles.

—Mierda... —susurré, levantándome de golpe.

La bestia se quedó quieta, observándome con ojos inyectados en sangre. Pero yo no iba a retroceder.

—No dejaré que llegues a ellos... —musité, apretando los puños.

El fuego ardió en mis manos, crepitante.

El viento silbó a mi alrededor, respondiendo a mi llamado.

—Será una puta masacre.

Di un paso al frente, con el poder danzando entre mis dedos.

—Juguemos, animal de mierda.




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