Reina ( I I libro )

Capitulo 44 - Fabricio

Marcus me llamó avisándome que habían llegado a la manada, junto con el hijo de la estrella y su pareja. Sin embargo, al llegar, escuché varios murmullos provenientes de Paulina, quien murmuraba cosas como que ella era una "chupa sangre maldita" y que no debía estar allí. Decía muchas cosas más que me hirieron profundamente.

¿Cómo se atreven a hablar así de ella? Después de todo lo que ha hecho por nosotros, de dar su vida entera para protegernos, ¿y ahora nos pagan con desprecio?, Malditas hipócritas.

Furioso, entré al cuarto en busca de Paulina. Ya me había bañado, pero ella no estaba allí. Vi que el balcón estaba abierto, lo que solo aumentó mi preocupación.

—Papá... —salí rápidamente del cuarto, bajando las escaleras, y justo cuando llegué al final, vi a Cristhian entrar a la mansión. —¿Has visto a Paulina? —le pregunté, notando que tenía la tiara de Paulina en las manos.

—Supongo que sí... —respondió, mientras yo terminaba de bajar las escaleras.—¿Dónde está?

—Salió, pidió que no la buscara, que regresaría —explicó, entregándome la tiara.—Toma.

—Mierda... —murmuré, tomando la tiara entre mis manos. El miedo me comenzó a invadir.

—¿Es verdad? —me preguntó Cristhian, viéndome con los ojos llenos de duda.

Lo miré sin comprender, hasta que lo entendí. Asentí en silencio.

—No lo creo... —respondio. Cristhian me miró, una pequeña sonrisa apareció en su rostro. —Era la misma expresión dulce de siempre, incluso arrugaba la nariz como cuando mentía.

—Supongo que no se te puede engañar... Eres como su segundo padre —comentó entre risas.

—Lo sabía —respondió él, celebrando con una sonrisa.

—No lo digas... —le dije, dejando la tiara sobre una mesa.—Por favor.

Cristhian asintió, algo dudoso, pero comprendió. Agradecí su discreción y le dije:

—Gracias. Puedes seguir con lo que hacías.

Con una sonrisa, salió de la mansión.

“¡Algo no anda bien!” —gruñó mi lobo, poniéndome alerta.

—¿Qué pasa? —pregunté, intentando calmarme.

—No siento la esencia de tu padre —respondió, con tono preocupado.

Mi corazón dio un vuelco al instante. Corrí al despacho de mi padre, abriendo la puerta de golpe, solo para encontrarlo tirado en el suelo cerca de su escritorio, inconsciente, como si estuviera muerto.

—¡Papá! —grité, acercándome rápidamente.—¡Papa! ¡Papa! ¡No! ¡Mierda, mamá! ¡¡ALGUIEN VENGA!! —grité con desesperación. En pocos segundos, se escucharon pasos corriendo hacia la habitación, y varias personas entraron rápidamente.

—¡Alpha, joven! —dijo alarmada una sirvienta, mientras el guardia que había subido se acercaba a mí.—Tenemos que llevarlo al hospital.

Sin dudarlo, asintiendo, comencé a cargar a mi padre y corrí fuera de la mansión. No tenía idea de lo que estaba pasando, pero algo me decía que no podía perder más tiempo.

(...)

El camino al hospital fue interminable. Al llegar, entré desesperado, sosteniendo a mi padre en mis brazos.

—¡ALGUIEN AYÚDEME! —grité, mi voz quebrada por el miedo. Un par de enfermeras se acercaron rápidamente, y otras corrieron en busca del doctor.

—Luno... —dijo el doctor, mientras tanteaba el pulso de mi padre y se asustaba.—Su pulso es débil. ¡Traigan una camilla! —ordenó rápidamente. Una enfermera apareció con la camilla, y sin pensarlo, la coloqué allí con sumo cuidado.

Corrimos hacia una habitación, y el doctor entró con mi padre. Él parecía pálido, casi muerto.

—Quédese aquí, Luno —me dijo la enfermera, mientras yo me sentaba en una silla junto a la puerta.

“¡Desde lo que pasó hace dos años, así me llaman los de la manada!” pensé con amargura mientras observaba la puerta cerrarse ante mí. Mi mente estaba llena de miedo y desesperación.

(...)

Una hora y media después, el doctor me dio la noticia que temía.

—La conexión de mates... le está afectando —dijo, mirándome con preocupación.—¿Dónde está ella?

Al oír su pregunta, sentí un nudo en el estómago, pero no respondí. Simplemente, comencé a llorar. Mi madre... ¿qué le estaba pasando? Además, Paulina no había regresado en más de dos horas, y esa incertidumbre me estaba destrozando.

De repente, los gritos comenzaron a llenar el aire fuera del hospital. Mi corazón latió con fuerza al escuchar los alaridos.

La alarma aún no sonaba, pero me levanté de inmediato, corriendo hacia la salida, preocupado por lo que podía estar sucediendo. Al llegar, vi a Cristhian corriendo hacia el hospital con mi madre en brazos, su rostro pálido por el agotamiento. Un olor a quemado llenó el aire, y un fuerte remolino apareció de la nada, proveniente de la dirección en que Cristhian venía. Raíces enormes se alzaban y caían incesantemente, como si la tierra misma estuviera rebelándose.

Mis sentidos se desestabilizaron al ver a un chico de ojos morados correr hacia nosotros, con su pareja detrás de él.

Corrí hacia ellos, con la calma de saber que Cristhian ya llevaba a mi madre al hospital. Los alcancé y observé a Paulina, cuyo cabello se movía con el viento, lanzando fuego desde sus manos mientras controlaba las raíces a su alrededor. Ella estaba luchando contra un monstruo, un perro demoníaco negro, mucho más grande que cualquier licántropo.

“¡Un demonio can...” —gruñó mi lobo, sintiendo que me moría por dentro.

—¡NO LO USES ASÍ! —gritó el chico con los ojos morados.—¡SI TE SOBREPASAS, MORIRÁS! ¡PAULINA, NO ESTÁS ACOSTUMBRADA A USARLOS TODOS! —gritó, mientras su pareja lo detenía.

—¡ESCUCHAME, MALDITA SEA! —siguió gritando, ahora llorando de frustración.

Observé con horror como Paulina atacaba al demonio, lanzando bolas de fuego que, a pesar de su fuerza, el demonio esquivaba sin esfuerzo. La batalla se intensificaba.

—NO TENGO DE OTRA —gritó Paulina, mientras elevaba al can en un remolino gigantesco.—¡NO DEJARÉ QUE LA MANADA DE MI MADRE MUERA! —exclamó, y con un fuerte estallido, lanzó una bola de fuego que golpeó al demonio, haciéndolo tambalear.




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