Reina ( I I libro )

Capitulo 45 - Paulina

Lanzaba hechizos sin descanso, cada uno más poderoso que el anterior, tratando de matarlo, debilitarlo o al menos dañarlo lo suficiente como para noquearlo. Cada conjuro que conjuraba dejaba un rastro de chispas en el aire, una mezcla de fuego y energía que se disipaba rápidamente con el viento cortante. No había espacio para titubeos, no podía permitirme el lujo de dudar. Cada movimiento, cada palabra, cada conjuro, todo dependía de mi capacidad para mantener la calma y la concentración.

El demonio, cubierto por una piel oscura como el ónix, se movía con una agilidad sobrenatural. Sus ojos, dos pozos incandescentes de rojo, me atravesaban con su mirada. Cada vez que me fijaba en ellos, un escalofrío recorría mi espalda, como si su mirada pudiera atravesarme y arrancar mi alma. Era una presencia que lo envolvía todo, que dominaba el aire y se filtraba en mis pensamientos, haciéndome dudar, aunque solo fuera por un segundo. No debía ceder. No podía.

De repente, el lobo de Matt irrumpió en la pelea, lanzándose entre nosotros. Mi instinto de proteger a los míos se disparó, y gruñí con frustración. Pero me detuve al ver cómo el demonio lo esquivaba con una facilidad aterradora, como si no fuera nada más que una molestia para él. En su lugar, el demonio se abalanzó sobre mí, y una sensación de terror irracional me atravesó. Mi mente gritaba que debía tener cuidado, que debía estar alerta, pero algo dentro de mí ya sabía que el verdadero peligro no venía de esa criatura, sino de lo que representaba.

Eso disipó cualquier duda. El demonio canino no era más que un truco, una creación de esa mujer... y no iba a permitir que pusiera en riesgo a la manada. No dejaría que tocara a nadie más, no mientras yo pudiera impedirlo.

Detrás de mí, los gritos y llantos de los más débiles resonaban en la noche. El terror, el miedo palpable en sus voces, me empujaba a seguir peleando. Sentía el peso de cada grito como una carga que me empujaba hacia adelante, como si no tuviera derecho a rendirme. A pesar del ardor insoportable en mis manos, del dolor que me oprimía el pecho por mantener el viento constante a mi alrededor, no podía parar. No podía. La manada dependía de mí.

Darol gritaba, su voz quebrada por el miedo, desquebrajando el aire con su angustia. Fue como una lanza directa a mi corazón.

—¡Paulina, suéltame!

El dolor en su voz me atravesó. No era solo su miedo, era también la desesperación de alguien que no podía comprender por qué estaba haciendo lo que hacía. Pero no podía detenerme. No ahora. No cuando lo que estaba en juego era más grande que cualquier dolor personal. La vida de la manada, de la gente que amaba, estaba en mis manos, y nada podía hacerme flaquear. No cuando estaba tan cerca del final.

Un calor espeso recorrió mi rostro y sentí cómo un líquido frío me resbalaba por la nariz. Llevé la mano a mi cara, y al mirarla vi que mis dedos estaban manchados de sangre. La vista me nubló momentáneamente. La sangre, el sabor metálico en mi boca... todo me decía que ya había cruzado el límite. Pero no importaba. No podía pensar en mí ahora. No cuando el destino de todos dependía de lo que quedaba de mí.

Reí, una risa amarga, ladina, esa que salía casi por inercia cuando el dolor parecía ser lo único real.

—¡Si sigues así, morirás! —gritó Darol, su desesperación atravesando el aire como un cuchillo. —¡No los usas jamás y ahora los estás usando todos de una vez!

Reí de nuevo, esta vez con más fuerza, con una risa que retumbaba en mi pecho y se elevaba al cielo. Sí, tenía razón. Mi cuerpo ya no podía más. Mis manos ardían, mi piel estaba tan inflamada que sentía que iba a estallar. Pero no podía detenerme. No podía permitir que su sacrificio fuera en vano.

Los lobos guerreros se acercaron, formando un círculo de ataque alrededor del demonio. Sus ojos, llenos de ira, brillaban con determinación. Pero era un círculo que se cerraba, cada uno de ellos arriesgando sus vidas para proteger a los demás. Yo era la única que podía hacer frente al demonio de frente. No me detendría, no ahora.

Matt, en su afán por acabar con la amenaza, seguía intentando acortar la distancia entre él y el demonio. Pero este le huía, como si supiera que el mismo infierno lo perseguía. Algo no cuadraba. Algo no estaba bien.

—¡Aléjense! —gruñí con furia, mi voz cargada de una rabia que no podía contener. Estaba más allá de todo, más allá del miedo. Sentía la furia desbordándose dentro de mí, golpeando mis venas con fuerza. Los guerreros seguían adelante, ignorando mi advertencia, pero yo no tenía tiempo para detenerme.

Corrí hacia ellos, mi cuerpo ya tan agotado que cada paso se sentía como una lucha en sí misma. Salté sobre la cadena de energía que los guerreros habían creado alrededor del demonio, impulsándome con toda la fuerza que me quedaba. El aire me golpeó con fuerza cuando caí sobre su lomo, pero no había tiempo para pensar. No podía darme el lujo de pensar.

Levanté las manos, mi energía desbordándose en un torbellino de fuerza bruta. Un remolino gigante comenzó a formarse, elevándonos a ambos, y el viento rugió, como un huracán atrapado en una botella, frenético, violento, clamando por liberarse. Mi corazón palpitaba con una rapidez peligrosa, mis pulmones ardían, pero no podía detenerme. No podía. Mi mente se había apagado, solo quedaba la pura voluntad, la necesidad de ganar.

Mi nariz sangró otra vez, la sangre resbalando por mis labios, cayendo en gotas sobre el demonio. El pitido en mis oídos se intensificó hasta volverse un sonido insoportable, pero lo ignoré. Todo a mi alrededor se desdibujaba. Solo importaba el objetivo.

El mareo comenzó a nublar mi visión, la oscuridad se colaba por los bordes de mis ojos. Pero lo ignoré. Cerré los puños, extendí mis brazos hacia el cielo, y llamé a la fuerza de la tierra, a la fuerza de todo lo que me rodeaba. El lago cercano respondió. Sus aguas comenzaron a ascender, rodeando el remolino, como si mi voluntad hubiera desbordado todo lo que conocía.




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