Reina ( I I libro )

Capitulo 46 - Fabricio

Gruñía con frustración, rabia e impotencia mientras Paulina caía del cielo, como el maldito ángel que era. Cada vez que la veía, me sorprendía más su poder, algo que nadie en la manada hubiera imaginado que ella podría desatar. Sabía que sus poderes estaban más allá de todo lo que pudiera comprender, pero no había previsto el precio que tendría que pagar por ello. El dolor que estaba atravesando, el sacrificio que estaba haciendo, me hacía hervir la sangre. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué ella, que solo quería protegernos, tenía que cargar con algo tan pesado?

Las raíces que aprisionaban al hijo de la estrella se deshicieron con una fuerza que me hizo temblar. En ese instante, él fue liberado de su tormento. Apenas tuvo control de su cuerpo, pero, al ver a Paulina a lo lejos, un grito desesperado se le escapó de la garganta. Corría hacia ella, arrastrado por algo más fuerte que él mismo. Y no pude evitarlo: mis piernas se movieron más rápido, no por un instinto, sino por la necesidad de llegar antes que él.

Salté con toda mi fuerza, deshaciéndome de mi forma lobuna en pleno aire, con la esperanza de llegar justo a tiempo para recibirla. Vi cómo su cuerpo, aunque frágil, seguía irradiando calor, la vida fluyendo dentro de ella. La abracé con fuerza, envolviéndola con mi propio cuerpo, asegurándome de que no sufriera más daño. No podía dejar que el impacto de la caída la destruyera. No después de todo lo que había hecho por nosotros, por mí.

El estruendo llegó con una violencia que me sacudió hasta los huesos. El hielo que Paulina había creado se estrelló contra el suelo con una explosión de cristales que se esparcieron por todas partes. Fue como el rugido de una tormenta desatada en tierra firme. El sonido de la explosión nos paralizó a todos, dejándonos atrapados en el tiempo, atónitos. Todo a nuestro alrededor quedó congelado, inmóvil, hasta que, antes de que siquiera tocáramos el suelo, algo nos detuvo.

Sentí que flotaba. La sensación era extraña, como si una fuerza invisible me levantara, me arrancara de Paulina. Un gruñido se me escapó, un rugido de furia y desesperación. ¿Quién se atrevía a separarme de ella en ese momento? Levanté la vista, y ahí estaba él. El hijo de la estrella, el que la sujetaba con desesperación, temblando, como si fuera a perderla para siempre. Y sus palabras, esas palabras llenas de rabia y dolor, me atravesaron como dagas.

—¡Estúpida, estúpida, estúpida! —gritaba, su voz rota por el sufrimiento.

Mis ojos se encontraron con los suyos. El dolor que veía reflejado en su rostro solo lo entendía alguien que había perdido algo más de lo que estaba dispuesto a perder. Nadie en la manada dijo nada. El aire se llenó de silencio, ese tipo de silencio pesado que te aplasta el pecho, y solo los gritos de él fueron los que rompieron la quietud.

Me acerqué, sin pensarlo. Necesitaba llevarla de nuevo a mis brazos, protegerla como fuera. Mi mente no lograba procesar todo lo que había pasado en tan poco tiempo, pero una cosa estaba clara: no iba a dejar que nadie más se acercara a ella, no mientras tuviera algo que decir en esto.

Antes de que pudiera hacer cualquier movimiento, él me miró con furia, y fue entonces cuando me di cuenta de lo que necesitaba.

—¡Tu mano! —exigió con urgencia.

No dudé, y extendí la mano sin vacilar. En un abrir y cerrar de ojos, él clavó uno de sus colmillos en mi palma, el corte limpio, rápido. La sensación de sus colmillos atravesando mi piel me hizo apretar los dientes, pero nada de eso importaba en ese momento. Lo que realmente importaba era Paulina, y el precio que estábamos pagando por mantenerla con nosotros.

Abrió la boca de Paulina con cuidado, y vi cómo mi sangre comenzaba a deslizarse dentro de su boca. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo, como si cada célula de mí mismo supiera lo que estaba pasando, y mi respiración se detuvo. El mundo entero parecía detenerse, no había nada más que nosotros tres. El latido de mi corazón retumbaba en mis oídos.

Un instante de pura tensión, donde no ocurrió nada. El aire se volvió denso, cargado con la expectativa. Pero, de repente, algo cambió.

El cuerpo de Paulina reaccionó. Se estremeció ligeramente, su pecho se alzó con una bocanada de aire profunda, como si despertara de un sueño demasiado largo. Su piel recuperó algo de color, y vi cómo sus labios, antes pálidos, se tornaban más vivos. Era un alivio en mis venas, pero al mismo tiempo, algo dentro de mí se retorció con una mezcla de sorpresa y temor.

Entonces, su instinto se desató.

Se aferró a mi muñeca con una fuerza desesperada, buscando más de mi sangre. Su necesidad de alimentarse me heló la espalda, un escalofrío recorriéndome entero. Cada segundo que pasaba, la ansiedad dentro de mí crecía, y no solo por el hecho de que ella estuviera buscando más, sino por la intensidad con que lo hacía. Su hambre me atrapó en una sensación extraña, como si nuestra conexión se hubiera vuelto más fuerte, más peligrosa. Antes de que pudiera hacer algo, Darol la apartó bruscamente de mí, obligándola a soltarme. Su acción fue casi dolorosa, y mi cuerpo se tensó al instante.

El silencio volvió a caer. Pero no era un silencio cualquiera, era ese tipo de silencio que se siente cargado de una incertidumbre terrible. Mi respiración era más pesada de lo normal. Los pensamientos chocaban en mi mente, y mi corazón seguía latiendo con fuerza, aún procesando todo lo que acababa de ocurrir.

Miré a Darol, mis palabras saliendo de mi boca antes de que pudiera contenerlas.

—¿Estará bien?

Él asintió lentamente, pero su rostro seguía tenso, como si estuviera aguantando algo más grande que todo lo que habíamos vivido hasta ahora.

—Al ser tú, su tua cantante y su mate, tu sangre actúa como un elixir para ella —susurró, como si las palabras le costaran. Parecía como si se estuviera esforzando por decir lo que acababa de comprender—. Su lado vampírico la absorbe y la regenera más rápido que cualquier otra cosa. Es como... como si le estuvieras dando la energía vital que necesita para sanar.




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