El dolor en mi cabeza era insoportable, como si mil agujas se clavaran en mi cráneo sin descanso. Mi garganta ardía tanto que sentía que se consumía en llamas.
Llevé una de mis manos a la frente, intentando inútilmente calmar el dolor. Me senté en la cama y, al hacerlo, el ardor en mi garganta se intensificó al percibir un aroma que me paralizó: Fabricio.
El dulce y embriagador olor de su sangre circulando por sus venas me enloqueció. Cada latido de su corazón resonaba en mi mente como un tambor hipnótico. Mi cuerpo entero tembló, mis colmillos hormigueaban.
—Mierda... —gruñí en voz baja, sintiendo cómo mi autocontrol pendía de un hilo.
Escuché el sonido de una puerta abriéndose y su aroma se hizo aún más intenso, anestesiándome. Era una mezcla de calor, vida y tentación pura.
—Paulina —su voz sonó llena de alivio y felicidad mientras se acercaba.
Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera procesarlo. Me alejé de golpe, sosteniéndome la garganta con ambas manos, presionando con fuerza, como si eso pudiera contener la sed abrasadora. Me arrinconé en la habitación, sintiendo que cada paso que él daba hacia mí era un peligro inminente.
—¿Paulina? —su tono cambió a uno de preocupación.
Mis colmillos punzaban mis labios, deseosos de perforar su piel, de hundirse en la fuente de vida que era Fabricio. Lo deseaba con una intensidad aterradora, pero no iba a lastimarlo. No podía hacerlo.
Era la primera vez que sentía la necesidad de beber su sangre y eso lo hacía peligroso. ¿Y si no podía detenerme?, ¿Y si su sangre era demasiado adictiva para mí?, ¿Y si le hacía daño?
Él seguía acercándose y yo luchaba por mantener el control. Contuve la respiración, intentando bloquear su aroma. Pero no era suficiente.
—E-Estoy... b-bien... —balbuceé, la garganta me ardía como brasas encendidas—. S-Sal de aquí...
Era una súplica desesperada. Pero él negó y siguió avanzando.
—Tómala —dijo suavemente, acariciando mi mejilla con ternura.
¿Qué?
Seguramente mis ojos estaban encendidos de rojo, hambrientos, descontrolados. No entendía cómo podía estar tan tranquilo, tan seguro de lo que decía.
—No te preocupes por mí.
Mi cuerpo entero se tensó. Ya no podía resistirlo. Perdí la batalla.
Tomé su muñeca con fuerza y clavé mis colmillos en su piel.
El sabor fue... indescriptible.
Era cálido, fuerte, exquisito. Como si cada gota de su sangre estuviera hecha para mí. Sentí la energía recorrer mi cuerpo, apagando el ardor en mi garganta, devolviéndome el control. Cada trago era un deleite puro, adictivo, algo que jamás había experimentado con ninguna otra sangre.
Pero me detuve.
Saqué mis colmillos y lamí la herida con cuidado, asegurándome de no desperdiciar ni una gota. La piel se regeneró sola, dejando apenas una cicatriz momentánea.
Mis mejillas ardieron de vergüenza.
—Lo siento... —murmuré con la mirada baja. Me avergonzaba haber cedido. Había jurado nunca beber de él. Pero lo hice.
Él no parecía molesto. Todo lo contrario. Tomó mi rostro con su otra mano y entrelazó nuestros dedos.
—No te preocupes, amor —sonrió con dulzura—. Todo de mí te pertenece.
Mis ojos se abrieron con sorpresa. Fabricio sonreía, feliz.
—Te extrañé mucho... —susurró, con un amor tan genuino que mi corazón se encogió.
Sonreí un poco.
—Gracias por todo...
Mis ojos se llenaron de lágrimas sin saber por qué. Me lancé a sus brazos, abrazándolo por la cintura, aferrando mi mano a la suya. Fabricio me sostuvo con fuerza y besó mi cabeza.
—Te amo... —dijo, apoyando su mentón en mi cabello.
Y yo solo lloré. Sin entender por qué.
Respiré hondo y, entre sollozos, logré preguntar:
—¿Erika...?
—Está mejor.
Me aparté un poco y lo miré con los ojos hinchados.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
No respondió de inmediato. En cambio, besó mis labios. Su beso fue suave, lento, como si quisiera asegurarse de que cada rincón de mi boca recordara la suya. Le seguí el beso, aunque mi mente se llenó de preguntas.
Cuando se separó, unió nuestras frentes y cerró los ojos.
—Temía que no despertaras...
Un escalofrío recorrió mi espalda ante sus palabras.
—Paulina... pasó casi un mes.
Mi cuerpo se tensó.
Un mes.
No era solo el tiempo que había estado sin alimentarme, algo más no cuadraba.
—Toda la manada está a salvo gracias a ti... —continuó, sin despegar nuestras frentes—. Todo está bien...
Quise creerlo. De verdad quise.
Pero un escalofrío recorrió mi columna.
Algo no estaba bien.
Me separé de golpe y miré a mi alrededor, alerta. Lo sentí.
Un destello en el balcón me puso en guardia.
Sin pensarlo, me lancé sobre Fabricio, tacleándolo contra el suelo.
¡BOOM!
Una bala colisionó contra la pared. Nos habrían matado.
Me incorporé de un salto, gruñendo, con la rabia hirviendo en mi interior.
Salí disparada hacia el balcón. El responsable moriría.
Mis raíces atravesaron el suelo y, en un solo movimiento, acabé con el atacante. Un chillido ahogado se escuchó y, cuando llegué hasta el lugar, su cuerpo se desintegraba en cenizas negras.
Solo quedó un sello de papel maldito que se desvaneció con el viento.
Bufé.
Regresé a la habitación con teletransportación.
—¡¿Dónde está Paulina?! —el rugido del lobo de Fabricio, Matt retumbó en el aire.
—¡Maldición, salgan de mi camino! —la voz de Fabricio estaba llena de furia.
Me dejé caer en la cama, agotada. No tenía fuerzas para enfrentar una discusión. Solo quería descansar.
Tomé a Fabricio conmigo y lo teletransporté a mi lado.
Se sobresaltó, pero en cuanto me vio, su expresión cambió. Me abrazó con fuerza, besando mi rostro una y otra vez.
Cerré los ojos, permitiéndome un momento de paz.
Sabía que mi vida estaba lejos de ser tranquila. Era la reina del clan y del aquelarre. Y había una mujer que quería matarme.
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Editado: 15.07.2026