Ya había pasado una semana desde que desperté. No había noticias de ella ni de otro ataque a la manada. Los suyos se disculparon conmigo por las acusaciones que hicieron, pero les aseguré que no había problema. No podía culparlos. En situaciones como esta, cuando el peligro acecha, cualquiera es capaz de desconfiar hasta de su propia sombra.
Mi tío seguía en el castillo con Margarita... fabricando minis-Margaritas y minis-Oliver.
Sí, por "fuentes confiables" descubrí que Margarita entró en celo, y el celo de los Morg dura casi un mes. Solo pensar en la escena me hacía estremecer.
Agradecía con todo mi ser no estar allí para eso.
Por su petición, me quedé en la manada. No me molestaba demasiado, sobre todo si la alternativa era escuchar frases como "Ah, sí, más duro, más rápido" a todas horas. Mi mente es hermosa e inocente, y me niego a someterla a semejantes torturas auditivas.
Las cosas estaban tranquilas. Demasiado tranquilas.
Darol se encargó de la impostora. La mató sin dudarlo. La forma en que lo hizo fue rápida, precisa. Ella ni siquiera tuvo oportunidad de suplicar. Y mejor así. La muy perra jugó con mi familia durante demasiado tiempo.
Ahora Darol estaba esperando la llegada de sus cachorros, y su panza era notoria, como en un embarazo normal. Cuando lo veo, me invade una alegría inmensa. Sé cuánto ha sufrido, y ahora, finalmente, podrá tener la familia que siempre soñó.
Por otro lado, Marcus y Kate eran... excesivos cuando estaban juntos. Demasiado empalagosos. A veces parecían más una comedia romántica que una pareja real. Pero si había alguien a quien adoraba de ellos, era Lucía. Diosa lUna, esa niña era un amor. Lista, risueña... aunque últimamente había pasado mucho tiempo con Fabricio, y sinceramente, eso me preocupaba.
Fabricio era un corruptor nato.
Ya la estaba llevando por el mal camino, y lo peor es que Kate y Marcus lo sabían. Pero quizás era lo mejor. La vida no es fácil, y en este mundo, ser ingenua es sinónimo de estar muerta.
Sora y Arhis también estaban felices. Aunque... aunque Sora jamás podría tener hijos.
Las constantes violaciones que sufrió la dañaron irreparablemente. Su propio padre la obligó a abortar a los doce años.
Cuando lo descubrimos, ya era tarde. Ella no supo el daño real hasta que intentó tener cachorros con Arhis... y su mundo se rompió.
Pero ella es fuerte. Se sobrepuso, y ahora ambos estaban considerando adoptar a una niña, María. Una pequeña rubia, de ojos miel y piel trigueña. Me alegraba verlos sonreír de nuevo.
Mi padre y Erika también estaban en paz. A pesar de todo lo que Erika sufrió, logró perdonarlo por no haber reconocido a la impostora a tiempo. Pero él... él no podía perdonarse a sí mismo. Saber en qué condiciones estuvo cautiva lo destrozaba cada día.
Y yo...
Yo me sentía inquieta.
La maldita esa era casi idéntica a mí.
Paola.
Cada vez que la veía, sentía que me observaba a través de un espejo distorsionado. Como si quisiera ser mi clon. Como si quisiera borrar mi existencia y ocupar mi lugar.
Y eso me ponía de los nervios.
Las relaciones entre vampiros y licántropos estaban mejorando, aunque todavía había resistencia. A los que se oponían los ejecutábamos o los obligábamos a aceptar la paz. No podía arriesgarme a que la tregua se rompiera.
La Reina Alfa estuvo de acuerdo conmigo. También estaba cansada de estas disputas absurdas.
Aun así, no podía quitarme de la cabeza la sensación de que Paola planeaba algo grande. Algo devastador.
Si podía crear demonios can con semejante facilidad, entonces no había límites para lo que podría hacer.
Y yo... yo tenía miedo de estar en lo cierto.
—Amor.
La voz de Fabricio me sacó de mis pensamientos. Parpadeé y giré la cabeza hacia él.
—¿Estás bien? —preguntó, con el ceño fruncido.
Le sonreí.
—Solo estaba pensando en algo.
Estábamos en el jardín, tomando el té. Lucía jugaba con María, la niña que Sora y Arhis querían adoptar.
Esa pequeña les había devuelto la ilusión de tener una familia. Aunque no fuera de sangre... la amaban como si lo fuera.
—¿Segura? —insistió Fabricio.
Rodé los ojos.
—Sí, idiota.
—¡Idiota! —repitió Lucía con su vocecita infantil, causando que estalláramos en risas.
—¡Les pedí que no dijeran eso frente a ella!, ¡Luego lo repite como disco rayado! —se quejó Kate, mientras los demás seguíamos riendo y Lucía seguía diciendo "idiota" sin parar.
Más tarde, mi tío me llamó.
—Me alegra que todo esté bien allá, tío.
Me informó que Margarita ya había pasado su celo y que podía regresar cuando quisiera. Pero no lo haría aún. Podía imaginar la peste a feromonas en todo el castillo, y no, no pensaba soportar eso.
—Lamento lo que pasó —dijo por enésima vez.
—Tranquilo, tío Oliver. Mejor busca la forma de darle algún anticonceptivo a Margarita si no quieres hijos aún.
—Ella dijo que lo tomó.
Asentí, aunque él no podía verme.
—Pau...
La voz de Fabricio me llegó entrecortada desde la sala. Mi corazón dio un brinco.
—Te dejo, tío. Hasta pronto.
—Cuídate, Paulina. No hagas cosas estúpidas y arriesgadas.
Reí un poco.
—No prometo nada, tío. Adiós.
Colgué y guardé el aparato.
De pronto, una extraña sensación recorrió mi cuello.
El aire se sintió pesado.
Mi piel se erizó.
Algo andaba mal.
Me dirigí a la sala con pasos apresurados. Y entonces, cuando llegué al umbral de la puerta...
Mi mundo se derrumbó.
Ahí estaba ella.
Paola.
Sonriendo con la locura en los ojos.
Sostenía una daga de plata, con la hoja presionada contra la garganta de Fabricio.
—No te muevas, querida —dijo, con su voz melosa y retorcida.
Desde afuera, la alarma de la manada resonó con fuerza.
—Oh... llegaron rápido —murmuró con fingida inocencia.
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Editado: 15.07.2026