Reina ( I I libro )

Capitulo 49 - Paulina

El aire estaba cargado de un hedor metálico, un olor familiar que me heló por dentro: sangre y desesperación. La batalla se desataba a mi alrededor como un eco lejano, pero todo lo que podía escuchar era el golpeteo frenético de mi corazón en mi pecho. Cada latido era un tambor de guerra, retumbando en mis oídos, cada respiración era un fuego recorriendo mis venas, caliente, abrasador, como si estuviera a punto de desbordarme.

Mis manos, apretadas en puños, temblaban por la tensión. Las uñas se clavaban en mi carne, dejando marcas rojas, pequeñas líneas que sangraban, pero ni siquiera eso lograba calmar la furia que ardía dentro de mí. Había algo en mi interior que se estaba desmoronando, algo que nunca creí que fuera capaz de romperse. La furia, esa oleada incontrolable de rabia, crecía con cada segundo, devorando cada resquicio de autocontrol que quedaba.

Y frente a mí… ella reía.

Era una risa que me caló los huesos. No era una risa humana. No tenía ni un vestigio de humanidad. Era una risa que venía de la oscuridad, del abismo más profundo. Sus ojos, que antes solían ser fríos como el hielo, ahora no eran más que un vacío sin fin. Huecos, inalcanzables. Como si su alma ya se hubiera ido, o tal vez nunca la tuvo. Después de todo, ella había jugado con demonios. Con algo tan repulsivo y destructivo, que ahora se reflejaba en su propia esencia.

—Te ves tan… alterada, querida —dijo, su voz cargada de burla, su mirada fija en mí con una sonrisa torcida y falsa—. ¿Qué te molesta? ¿La daga en el cuello de tu amado?

Sus palabras cayeron sobre mí como una bomba de relojería, haciendo estallar algo dentro de mí que no había sido capaz de soltar antes. Mi pecho se comprimió, y el aire que intentaba respirar se volvió denso y pesado, como si estuviera sumergida en agua helada. Los gritos de dolor que se filtraban a través de las paredes se mezclaban con los ruidos de la batalla. El choque de acero contra garras, los alaridos de lobos heridos, los gruñidos guturales de los vampiros, todo formaba un caos ensordecedor. Pero esos ruidos no me importaban. Nada me importaba. Solo ella.

Pero había algo más en el aire. Algo oscuro. Algo que no pertenecía. Demonios.

La peste de su existencia se filtraba en cada rincón de la casa, como un veneno sutil, envenenando todo lo que tocaba. Mi poder reaccionó de inmediato, como si respondiera a una amenaza directa. Mi coronilla, ese poder ancestral que latía dentro de mí, se activó como un instinto. Mis sentidos se agudizaron, mi piel se erizó, mi mente se enfocó.

Dentro de mí, Sitney y Star rugieron con violencia.

"¡Déjanos salir!"

"¡Acabemos con ella de una vez!"

El deseo de desatar toda mi furia sobre Paola era tan fuerte que sentía como si mis muros mentales fueran a ceder. Ellas golpeaban con tal fuerza que, por un segundo, temí perder el control. Y si eso sucedía... si ellas tomaban las riendas de mi ser… no habría sobrevivientes. Ni ella, ni nadie.

Paola, como si percibiera la tormenta que se desataba en mi interior, se inclinó hacia Fabricio, deslizando los labios cerca de su oído. Su voz, esa dulzura venenosa, me cortó como una cuchilla.

—Calma, mi amor —susurró—. No querrás lastimarte...

Presionó la daga contra su piel, y pude ver cómo Fabricio se tensaba, su lobo luchando por liberarse. La furia de mi interior ardió con más fuerza. No podía permitirlo. No podía permitir que le hiciera daño.

Ella rió.

—No te preocupes. Pronto me desharé de ella y seremos solo tú y yo.

Las palabras de Paola eran un veneno, pero la respuesta de Fabricio fue lo único que me dio esperanza. La miró con puro asco y odio.

—Jamás.

Pero eso solo encendió su furia. Sin previo aviso, apretó la daga contra su cuello. Un corte. Un grito ahogado.

Mi mundo explotó en rojo. Cada fibra de mi ser se tensó, y todo lo que pude ver, oír y sentir fue esa maldita daga, esa maldita herida abierta sobre su piel. El control que con tanto esfuerzo había mantenido se hizo añicos.

Me lancé hacia ella como un depredador que se abalanza sobre su presa. Mi embestida fue brutal. La empujé con toda la fuerza que tenía, y Paola salió disparada, chocando contra la pared con un golpe seco. La daga cayó de sus manos, repiqueteando contra el suelo, mientras Fabricio se desplomaba, jadeando, su cuerpo temblando por la falta de oxígeno.

Dentro de mí, las voces de Sitney y Star rugían con ansia. Pero no querían solo lastimarla. No. Ellas querían despedazarla.

"¡Hazlo!"

"¡Dale lo que se merece!"

Mi respiración se volvía cada vez más pesada, como si el aire mismo fuera incapaz de llenarme. Me costaba pensar, me costaba controlar el torrente de emociones que se arremolinaban dentro de mí. El odio. La rabia. El deseo de venganza. De venganza por todo lo que me había arrebatado.

Paola tosió, y cuando la vi, su expresión fue una mezcla de sorpresa y terror. Eso me hizo sonreír, una sonrisa cargada de veneno y furia. Y mientras sentía mi cuerpo temblar por el deseo de destruirla, mi mente no hacía más que repetir una y otra vez lo que me había hecho: me robó mis recuerdos, me alejó de Fabricio, me alejó de mi padre. Me hizo olvidar quién era, y me arrancó mi identidad, mi esencia.

Entonces, lo hice.

Levanté mi brazo, y con un solo movimiento, la elevé del suelo, presionando su cuello contra la pared. Mis dedos, temblorosos pero firmes, la asfixiaban, y todo lo que podía pensar era en el deseo de verla sufrir, de sentir su vida desvaneciéndose bajo mi agarre.

Mi piel ardía, y en ese momento, el control de mis emociones se rompió por completo.

Sitney estaba ansiosa, muy ansiosa por tomar el control. Por hacerla pagar.

"¡Hazlo!"

"¡Mátala!"

El sonido de pasos fuera de la habitación me sacó de mi trance momentáneo. Cuatro demonios can avanzaban hacia mí con intenciones asesinas. Paola, aunque claramente a punto de sucumbir bajo mi fuerza, rió con una mueca torcida.




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