Reina ( I I libro )

Capitulo 50 - Fabricio

La batalla rugía a mi alrededor, un caos de gruñidos, el estrépito de los cuerpos chocando y el sonido metálico de armas cruzando en medio del combate. Estaba completamente sumido en el frenesí, mi forma lobuna dominaba el terreno, con cada movimiento un zarpazo letal, con cada salto, una mordida mortal. Los demonios canes que se abalanzaban sobre nosotros parecían más débiles que antes, quizás por la fatiga de la batalla o porque la muerte de la líder, esa loca que había sido calcinada por Paulina, les había robado algo de su esencia. Pero no iban a rendirse sin luchar.

Los lobos de la manada y los vampiros trabajaban como una unidad, cubriéndose unos a otros mientras mantenían a los demonios alejados del pueblo, que ahora se encontraba en evacuación.

Nadie debía sufrir, nadie debía morir hoy. Los guerreros lobunos peleaban ferozmente, sus cuerpos cubiertos de sangre y tierra, mostrando una valentía sin igual.

Al mismo tiempo, los vampiros de la guardia real del clan se movían con una gracia mortal, sus espadas y dagas cortando el aire, derribando demonios con precisión letal. Cada movimiento de ellos era meticuloso, como si se tratara de una coreografía diseñada para aniquilar a cada enemigo que se les cruzara.

De pronto, tres demonios canes más grandes que los anteriores surgieron de entre las sombras, rodeándome. Su piel negra y rugosa reflejaba la luz de la batalla, mientras sus ojos brillaban con un resplandor siniestro. De su hocico caía una baba viscosa, y el hedor a podrido se colaba por mis fosas nasales, empujando mi agresividad al límite. La oscuridad de sus formas era espeluznante, y el sonido de sus patas al golpear el suelo retumbaba en mi pecho. Mi respiración se aceleró, mi mandíbula crujió con rabia. Estos eran diferentes.

Pero no me dejaría intimidar. No mientras Paulina estuviera en juego.

Luché con fiereza, los colmillos afilados desgarrando la carne del primer demonio que se me acercó. Mi zarpazo desgarró su costado, y en ese instante, una flecha cruzó el aire y se clavó en la nuca de uno de los demonios, derribándolo al instante. El ser comenzó a disolverse en humo negro, como si nunca hubiera existido, una ilusión rota por la precisión de la flecha.

No tuve tiempo de procesar el asombro por el hechizo que acababa de presenciar, porque el segundo demonio se lanzó hacia mí, su mandíbula abierta y llena de colmillos afilados, como cuchillos listos para destrozarme. Pero en ese momento, una enorme raíz emergió del suelo y se clavó en su pecho, atravesándolo con una brutalidad imparable. El demonio soltó un último grito gutural antes de que se desintegrara en polvo negro, como una sombra extinguida por la luz del sol.

El último de los tres demonios canes fue un desafío aún mayor. Se lanzó hacia mí con una fuerza desmesurada, pero en cuanto se acercó, el calor del fuego que invadió el aire lo rodeó. Con un rugido inhumano, se desplomó en el suelo mientras las llamas lo envolvían, reduciéndolo a cenizas en un instante. El olor a carne quemada y azufre impregnó el aire, y mi respiración se tornó pesada mientras observaba cómo la criatura desaparecía en la nada.

A lo lejos, mi mirada se encontró con la figura de Star, la loba de Paulina, que luchaba a la par con un hombre de pie junto a ella, vestido con el uniforme oscuro de la guardia real de los vampiros. Este, con su arco sin flecha, apuntaba directamente hacia mi dirección.

"Te protegerá, no permitiré que algo te pase", gruñó Star, su voz llena de una ferocidad protectora que no podía ignorar. La conexión que compartíamos resonaba en mi mente, y aunque sentí el impulso de rehuir su consejo, sabía que no podía. Estábamos juntos en esto.

De fondo, los vampiros seguían arremetiendo contra los demonios, sus movimientos rápidos y letales, degollando a los canes con espadas, dagas y manos desnudas.

Con una precisión mortal, algunos de ellos se movían entre las sombras, desintegrando a los demonios con el mismo arte con el que un pintor usa su pincel para crear una obra maestra. Los guerreros de la manada luchaban con ferocidad, usando su fuerza sobrehumana para desgarrar gargantas, partir huesos y destrozar cuerpos con sus poderosas mandíbulas. Cada uno de esos seres era una máquina de guerra, impulsada por la supervivencia, por la necesidad de proteger su hogar.

Pero aún así, sentí el peso de la culpa oprimiéndome el pecho. Esta batalla era mi culpa.

Si no me hubiera enfrentado a Paola, si no hubiera dejado que la rabia y la ira tomaran el control, nada de esto estaría ocurriendo. Pero no había tiempo para arrepentimientos ahora. Los demonios seguían avanzando, más de ellos saliendo de las sombras, y la batalla se intensificaba.

Una oleada de energía me recorrió, y al mirar hacia un lado, vi una figura que se acercaba rápidamente. Era Isis, la loba rojo cobrizo de Kate, su postura erguida y confiada, liderando un grupo de batalla, peleando con el orgullo de una beta, su mirada feroz en el campo de batalla.

En un abrir y cerrar de ojos, Isis saltó hacia la mayor de las criaturas, un demonio aún más grande que todos los anteriores, y con un movimiento certero desgarró su garganta con sus poderosas mandíbulas. La criatura cayó sin vida al suelo, dejando que el grupo avanzara.

(...)

La batalla contra los demonios había llegado a su fin. El aire aún estaba pesado con la tensión de la pelea, y los ecos de los últimos enfrentamientos se disipaban lentamente en la atmósfera. A pesar de la adrenalina que aún recorría mi cuerpo, un profundo cansancio se hacía presente. El campo de batalla estaba cubierto de rastros de destrucción, pero también de victorias.

Los demonios que habían desatado su furia sobre nosotros ya no representaban una amenaza, y todos los que habíamos sobrevivido ahora celebraban el triunfo. La manada se regocijaba, mientras algunos de los vampiros se reunían en grupos pequeños, compartiendo risas y la satisfacción de la victoria.




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